El Zulia queda muy lejos

I

Nacer en Maracaibo significa que uno anda,

casi siempre, no se sabe de qué sitio, muy lejos

Hesnor Rivera.

Desde que era niño, me llamó poderosamente la atención el hecho de que al mapa de Venezuela se lo hubieran ido cayendo pedazos con el correr del tiempo y se fuera achicando por los costados del Este, del Sur y del Oeste. La única frontera que parecía quedar intacta era la del norte, acaso porque el Mar Caribe no tenía pretensiones territoriales. Un tiempo después, entendí que no, que no se nos estaba cayendo el país, que no se desaparecían esas porciones de tierra, que nuestro mapa estaba pegado a otros mapas que crecían a medida que el nuestro se achicaba, o sea, que esos otros mapas, que deberían ser, como nos decía la maestra del colegio, países hermanos, se estaban comiendo a pedazos a Venezuela, sobre todo por una cuestión del subsuelo, de las riquezas submarinas, del espacio aéreo, del acceso marítimo. Se iban comiendo el país, pensaba yo entonces, como si entre ellos, los países vecinos, los hermanos latinoamericanos, se estuvieran repartiendo un botín, como si de corsarios se tratara. Entonces, ya por aquellos días pensé en el sueño de Bolívar y me dije a mí mismo que era eso, en verdad, lo que devoraban con ansia pero también con mucho miedo. Pero esa es, digo, una imagen de mi niñez.

 También de niño, jugaba con la idea de que, en algún momento, iba a quedar solo un trozo muy pequeño de ese mapa, algo así como el centro del pastel y el país iba a dejar de tener la forma que me habían enseñado los libros de geografía que mostraba la maestra desde detrás de su sabio escritorio y que yo a duras penas había aprendido a dibujar en mi cuaderno de hojas blanquísimas y que imaginaba como un elefante levantando la trompa y emitiendo ese sonido de los elefantes que no sabía entonces cómo definir. Como al mapa le iban a seguir comiendo de a poco o de a mucho por todos lados, menos por el mar Caribe, quedaría solo la capital y a ese pedacito de tierra, un punto apenas en mi mapa, deberíamos seguir llamándolo Venezuela. Era una manera de atender al desenfado con el cual el tema era tratado por la política nacional, pero también del centralismo bajo el cual se articulaba una conciencia de país.

 Por otro lado, por el lado del sueño y la utopía, estaba la certeza de que, en lugar de que los países latinoamericanos se encarnizaran en una eterna disputa fronteriza, deberían borrarse las líneas imaginarias que dividen a nuestros países, a nuestros pueblos; que deberían, pensaba, suprimirse los discursos nacionalistas que nos distancian, para así poder construir una heterogeneidad que salve las diferencias, respetándolas. Acaso en esos años en los que jugábamos a defender la idea de una América Latina unida, la América Nuestra, la de Bolívar y Martí; aquellos días en los cuales pasábamos las tardes calurosas de Maracaibo corriendo entre los semerucos y los cujíes de un enorme terreno deshabitado, jugando a ser guevaristas, a ser sandinistas, cantando las canciones de Alí Primera que en aquellos días para nosotros se llamaba solamente Alí; aquellas tardes en las que una prima cuyo nombre ahora mismo no viene a cuento, pero que estaba ya en la universidad, nos obligaba a tomar un amargo pero amoroso caldo de hierbas como una preparación para cuando empezara la revolución, no teníamos, no tenía yo conciencia de la presencia silenciosa de un Poder cuyos intereses estaban ya contradiciendo nuestros juegos infantiles, un poder supra latinoamericano que nos hacía débiles a punta de divisiones, de remarcar esas fronteras, de moverlas también, y que era ahí donde podía encontrar con mucha más certeza el signo o la cifra de nuestra ‘debilidad’, antes que en nuestra incapacidad de escucharnos, de atendernos y de entendernos.

 II

Los espejos no reflejan la exacta figura que ante ellos se detiene. Los espejos son, como en la Alicia que soñó Lewis Carroll, la puerta a un mundo bizarro, el revés de todas las cosas. Después de todo, acaso esa sea la razón por la cual Jorge Luis Borges nunca gustó de los espejos, a pesar de que tanto jugó con la idea del doble en sus textos. El espejo nos muestra nuestro propio rostro y nos hace bifrontes como Jano, vemos a nuestras espaldas mirando al frente. Pero por eso mismo, los espejos nos permiten ver quién se nos acerca por el lado de la traición y qué intenciones trae consigo. Si no nos quedamos encantados mirando nuestro reflejo como torpes narcisos, podemos aventurarnos a lo que se abre a nuestras espaldas y que le está negado a los ojos verdaderos pero que la magia especular le brinda a esos falsos ojos que nos miran sin vernos.

 El espejo es el presente del atrás, la superficie plana de nuestro reverso, el frente de un mundo espaldar que se nos niega, el fantasma de lo que no vemos nunca. Como un in-fiel amigo, el espejo nos encanta con nuestra propia imagen, devolviéndonosla cautivadora, pero al mismo tiempo nos cubre las espaldas. Muchas veces he oído que hay que saber mirarse en el espejo del otro, que el otro es nuestro espejo. El otro, con sus formas, con sus maneras, con sus gestos, nos alerta, nos avisa, nos dice de algo que sin el otro no vemos. El otro está ahí no para que nosotros ‘lo’ veamos, sino sobre todo para que nosotros ‘nos’ veamos.

 III

 El Zulia, muy particularmente el gobierno del señor Manuel Rosales en el Zulia, se ha convertido, desde hace varios años en el doble especular y del Gobierno bolivariano. Como en una cámara de los espejos, la realidad se duplica en una imagen deforme que engaña a los ojos pero no a la conciencia. Lo que en el resto de Venezuela se denominó Barrio Adentro, en el Zulia engendró un doble bizarro conocido como Barrio a Barrio; a Mercal se le contrapuso Mezul, Con Buenos Ojos podría ser algo así como la escuálida sombra de la misión Milagro y no vale la pena seguir con la numeración, pues se volvería odiosa; pero sí debo señalar algo más, algo a lo que debe prestársele suma atención. Cuando el presidente Chávez llegó los restos de Guaicaipuro al Panteón Nacional, gesto político símbolo del rescate de la memoria indígena nacional, Manuel Rosales, meses después, hace lo propio con Venancio Pulgar el 19 de enero de 1995, llevándolo al “Panteón de la Zulianidad”. Pulgar es símbolo de la rebelión en contra del Estado venezolano y en pro de la independencia del estado Zulia. Pulgar lo intentó una y otra vez, en reiteradas ocasiones, casi con una obstinación perversa. Pero lo que aquí importa resaltar es el gesto de Rosales. Hace unos meses, en el Zulia se escucharon de nuevo voces que proclamaban ‘un rumbo diferente’, pero el escándalo no pasó a mayores, nombres muy importantes, apellidos muy influyentes, a pesar de ser antibolivarianos, estaban involucrados en ello. Ente esos nombres está el del candidato unitario de la oposición, Manuel Rosales, involucrado además en el golpe de Estado que proclamó la dictadura de Pedro Carmona Estanga, aboliendo todos los poderes democráticos.

 El Zulia parece estarse convirtiendo en la piedra angular del enfrentamiento político entre el gobierno de los Estados Unidos y el proceso bolivariano. Existen condiciones geopolíticas que lo convierten en una zona de alto nivel de conflictividad, pero también en una debilidad en el costado occidental del país. El Zulia es el corazón petrolero de la República, al menos mientras no se inicie la explotación de la faja petrolífera del Orinoco. El Zulia, o gran parte de él, está ‘separado’ del resto de la República por el lago Coquivacoa, el Zulia es frontera con Colombia, lo que involucra una serie de elementos políticos y militares que no pueden pasarse por alto. En Colombia, en la frontera con Zulia, Táchira y Apure principalmente, hay una alta presencia de paramilitares, narcotraficantes y combatientes de las FARC, organización que ha sido catalogada como ‘terrorista’ por los EUA, a la que se la ha vinculado en varios oportunidades con el presidente Chávez y cuya supuesta presencia en Venezuela todos han denunciado. En esa zona, el despliegue de militares estadounidenses es lo suficientemente alto como para que las Fuerzas Armadas venezolanas tengan con qué entretenerse un rato, es la zona de operaciones del Plan Colombia.

IV

 En los últimos párrafos he intentado dibujar, a grandes rasgos, un mapa. En ese mapa puede marcarse la ruta para un posible escenario tras las elecciones presidenciales del próximo 3 de diciembre. La oposición política al proyecto bolivariano (interna y externa), cuya cabeza visible es hoy Manuel Rosales, ha elaborado, de la mano con los medios de difusión privados, diversas estrategias encaminadas a deslegitimar el gobierno del Presidente Chávez con la finalidad última de detener el proceso revolucionario bolivariano. Se ha desmontado, al menos en apariencia, la operatividad que, desde Caracas, articulaba todas las acciones políticas que perseguían este fin. Súmate, Primera Justicia, la ola de precandidatos presidenciales minoritarios, todos seden su lugar y ponen sus maquinarias al servicio del único ‘líder’ de oposición que ha logrado anotarse algunos triunfos frente a Hugo Chávez, aunque estemos hablando de triunfos menores, regionales, (Rosales le ganó la Gobernación al candidato del MVR, pero no logró que el SÍ derrotara al NO en su Estado durante el Referéndum Presidencial). Parece adivinarse la estrategia. Los hilos que mueven el muñeco develan el montaje, la trama de la pieza, la tramoya del escenario.

 



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