Como conocí al Ché

Un día de mi vida, siendo quizás muy joven, un dieciséis de enero, comencé a trabajar como médico rural en el hospitalito de Río Caribe, en oriental estado Sucre. Siendo mi extinta madre de Aguasay del estado Monagas, cumplía así, en parte, la promesa que le hiciera de trabajar en su región oriental. Ese enero de 1986 avisté un enigmático médico de apellido González, sexta década de la vida (cincuentón), sobrio, aplomado, cara intelectual y de pasión por la vida. Era el cirujano del hospital y por el acento parecía argentino. Fama de ser atrevido: él mismo daba la anestesia local o raquídea a los pacientes que operaba.

Un dieciséis de diciembre del mismo año, un año y diez días después de mi acto de grado, tenía guardia en la emergencia. Un dolor de barriga me calcinaba desde la madrugada.Guapeando llegué a tomar mi responsabilidad en punto a las ocho. Ningún paciente estaba peor que yo, seguía guapeando. A las once de la mañana me acerqué a pabellón y le pedí a aquel señor con ropa de cirugía que me examinara. La determinación cantó por su voz: ¡Ché vos tenés una apendicitis!

Mi sustitución fue inminente, la preparación preoperatorio obligada. No sabía que iba a ser tocado por el sustituto de los Finocheto, legendaria familia de cirujanos argentinos de marca mundial. Pronto en pabellón entre más chistes que otra cosa, recibí la famosa y atrevida anestesia local. Vi toda la operación hasta que un diazepam cruzó mi torrente sanguíneo para dormitarme. Todo lo demás fue evolución sin complicación, excepto por un ataque asmático al otro día. El doctor González replicó: -¡Tas como el Ché…! palabras mágicas que abrían una curiosidad.

Al incorporarme fui asignado a trabajar en cirugía, lo cual fue de mi agrado y me permitía agradecerle su gestión para conmigo. Me leyó la cartilla al entrar y me invitó a tomar mate, lo cual fue costumbre por casi un año. Rígido en sus procedimientos me hizo comprender la cirugía y también que lo mío era medicina interna. Pero seguí ahí con él, como su ayudante saciando mis curiosidades histórico-políticas. Oyendo y disfrutando transcurrieron las semanas, en cada día quirúrgico anécdotas de él y Ernesto, compañeros de clases, de luchas estudiantiles, de fiestas y novias, de pararse a las cuatro de la mañana a estudiar juntos para aprender sin dejar de hacer la vida que llevaban.

Anhelaba siempre los días quirúrgicos porque estaba develando al icono que veía en franelas y calcomanías en la universidad, existió y fue médico. -Un día, estaba en el hospital y llegó el Ché y me dijo: -ya no aguanto más, no puedo ser cómplice de todo esto, me voy a la lucha verdadera. Fue la última vez que lo vio, terminó con un dejo de tristeza.

González contaba que ostentaba la jefatura del postgrado de cirugía de la universidad de Buenos Aires, profesor de filosofía y cuadro directivo del partido comunista, cuando irrumpió la dictadura argentina. Los desmanes oprobiosos de la incipiente dictadura dieron cuenta de su casa, la cual en fantasmagóricas ruinas era iluminada por una pira alimentada de la frondosa biblioteca apilada por los soldados quienes habían venido infructuosamente por su cabeza. Una de sus hijas ofrendó su vida no sin combatir.

Era la hora de partir. A pie, en carro, escondido salió de su natal país. Por diferentes medios pasa por varios países y finalmente decide quedarse en Venezuela, en Carúpano, en un rincón apartado y abandonado de éste país. Me decía que le impresionó mucho que al trasladarse desde Caracas hasta su nuevo enclave, vio tantas alcabalas militares y policiales y en donde le pedían “los papeles”, que casi se arrepiente por creer que el país estaba en guerra, hasta en Playa Grande, entrando a Carúpano, también ahí había una alcabala.

El doctor González fue mi jefe, mi maestro. De él aprendí decencia, a tomar mate, a cómo hacer un cauterio de pinza, cirugía, anestesia, asepsia y antisepsia, a dedicarme a un paciente, a no tocar la piel fuera del campo operatorio, a no infectar a un paciente quien se opera, ni a colocarle antibiótico luego de la intervención. Pero lo que más recuerdo de él y lo que me marcó, fue descubrir a su compañero, a ese estudiante quien se graduó de médico y se fue al combate, quien fue a resolver la enfermedad del mundo, Ernesto Guevara, el Ché.


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Elio Ríos Serrano


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