¡Y uno de pendejo les llama camaradas!

Después de un largo tiempo y espera, restar de un lado y otro, pude, al fin, poner a caminar el cacharro y acepté la invitación de mi compañera para ir aquí cerca, a "Las Casitas", tomando una calle, de esas estrechas que antes, en la época de la IV República, les mal pusieron el cognomento de avenida, que corre paralela al cuartel Bacazaraza, en esta calurosa ciudad de Barcelona, con el propósito de comprar masa de maíz, en vista que para un par de viejos como nosotros conseguir harina es "misión imposible". Y porque comer arepa es como una obligación ineludible para venezolanos nacidos en esta bendita patria.

No creo necesario advertir que eso de no hallar harina de maíz, por un par de viejos que viven dentro de una comunidad de clase media, la mayoría arruinados, tanto como que somos educadores de media, no es una invención o una intelectualización pura sino la más cruel realidad. Más, si no estamos ligados a ningún grupo, de un lado u otro, que nos suministre al costo subvencionado, inflado y menos verdadero los alimentos, pues sólo para estos nos medio alcanzan los reales. Porque si bien es verdad que el gobierno tiene sus misiones para satisfacer las necesidades vitales de la mayoría, eso que solíamos llamar la clase media, una parte, esa de la cual formamos parte, ahora está en estado casi de desahucio; claro hay otra que ha mantenido y hasta subido su nivel, como muchos que conozco y de ellos sé, tiene sus contactos íntimos con proveedores. Son estos como aquellos "misioneros" pero del bando opositor y al servicio de una secta, cofradía o élite. Pueden estos "misioneros" ser bachaqueros o sólo amigos y solidarios con su clase. Ellos forman parte de los preparados y organizados para resistir hasta el final. Suelen tener de todo y al por mayor. No les suministran sus "misioneros" un paquete de harina o un litro de aceite sino pacas y cajas.

El cacharro sin dejar de protestar por sus achaques nos llevó a un sitio, una calle muy concurrida, llena de esos comerciantes llamados informales o buhoneros que, según el presidente hablando hace una hora atrás en Margarita, han desaparecido por la acción del gobierno. No obstante allí hay por demás, de lado y lado de la calle, tanto que carros y peatones se disputan el estrecho espacio. Aunque en todos aquellos donde me muevo, Barcelona, Puerto La Cruz y hasta Guanta, les hallo. ¿No sé por qué el presidente habla de ellos como una especie del pasado, ya extinguida, cual hablase del hombre Cromagnon?

Andando poco a poco, casi con la máxima disponibilidad y buena intención del vehículo, pasamos por un sitio donde ante dos camiones o unos quioscos improvisados, no logré ver bien, ni pude detenerme, era interrumpir el tránsito ya de por sí congestionado, había una larga cola e inmediatamente pude percatarme que estaban vendiendo aceite de comer o para preparar las comidas de una marca, según me dijeron, de las del gobierno y como tal subsidiada. Uno de los tantos artículos, subsidiados o no, que a mi casa no llegan desde hace tiempo.

Un señor, de unos cuarenta a cincuenta años, seguido por tres adolescentes de ambos sexos, marchaban a pie en paralelo a mi cacharro. Como la marcha era lenta, llegamos así al final de la calle y justo allí, ellos entraron a una casa. Como por obra de la casualidad, como decimos los orientales de la costa, allí, en la puerta de esa casa, encontré espacio para estacionarme. Mientras caminaban al lado de mi carro, como acompañándome, pude observar que cada uno de ellos llevaba seis (6) litros de aceite. No fue difícil saberlo ni necesario preguntarlo, porque los empaques eran transparentes. Supe por ellos mismos, que estaban vendiendo, a todo aquel que tuviese la dicha de llegar a tiempo a los espacios de quienes aquello distribuían, por supuesto después de hacer la larga cola, no apta para ancianos; la cantidad que cada uno llevaba, que llegaba a 24 litros de aceite iban para la misma casa, porque los cuatro formaban parte de una familia, de la cual aquel señor era el cabeza.

Cuando cerraba mi vehículo, el cual lanzó como un suspiro, cuyas causas no me enteré en ese momento, el señor de quien vengo hablando, salió de nuevo a la calle. Dio unos pasos en dirección hacia donde estaban distribuyendo el aceite para cocinar, y en ese momento le abordé:

-"Compatriota", le llamé así porque vestía una franela roja y creí prudente hacerlo para lograr mis fines. Uno nunca dejará de ser pendejo y soñador, "¿no puede usted hacerle el favor de venderle uno de esos tantos litros de aceite a este viejo camarada?".

-"¡Claro que sí!", me respondió con marcada espontaneidad; sin duda de ninguna especie.

-"¿Sí?", pregunté yo asombrado y hasta contento por aquel "bello gesto" de mi camarada. Luego, esta vez con timidez y por hábito, le pregunté:

-"¿Cuánto tendría que pagarle a usted por ese litro?"

Todavía, como optimista y galante, pregunte a mi presunto "camarada".

-"Pues ni más ni menos lo que le cobrarían en otra parte y va que chuta. Mil quinientos bolívares". Así, con sarcasmo, respondió mi interlocutor, personaje a quien el gobierno, con los reales de todos había favorecido con aquellos 24 litros, mientras yo, zalamero, casi le mendigaba por uno.

Era evidente que este "camarada", razonaba de manera totalmente contraria a aquellos personajes que en la televisión oficial usaron para preparar el ambiente para el aumento de la gasolina. Aquellos que fijaban precios, como infantilmente por debajo de los costos de producción.

Ante eso le respondí, consciente de estar en sus espacios:

-"¡No, déjelo así, no puedo ni debo pagar eso!". Luego con prudencia le alegué:

-"Pasa maestro, que llegué a pensar, viéndole con esa franela roja y los afiches que están pegados en la pared de su casa, poder pedirle un gesto de solidaridad con alguien que tiene los mismos derechos que usted". "Además, para que usted lo sepa, me he pasado la vida y pasaré lo poco que me queda, luchando por los derechos suyos y de sus hijos".

Me quedó mirando como quien mira a un loco que en plena vía dice pendejadas; se sonrió como con displicencia e hizo un gesto despreciativo. Y alego:

"Pues si quiere al precio que lo compré yo haga la cola".

Fui, junto mi compañera a comprar la masa y al regreso, el cacharro, otra vez, estaba dañado, había derramado el refrigerante, pues el electro ventilador, que supuestamente me habían arreglado, por falta de corriente dejó de funcionar.

Al regreso, tomadas las medidas del caso para poder llegar a casa sin contratiempo y planificar volver al mecánico, medité sobre aquello y me dije:

¿Cómo es posible que todo el esfuerzo para distribuir alimentos, en medio de estas dificultades, se pierda por la improvisación, ineficiencia, burocratismo e indolencia de quienes están al mando en asuntos como esos?

¿Cómo permitir que la inversión humanitaria, generosa para aliviar las calamidades de los venezolanos, termine de manera tan vergonzosa en manos de bachaqueros, indolentes y para mayor desfachatez vestidos de camisa roja?

¡Qué difícil es cambiarle la mentalidad a la gente! ¡Más fácil es derrumbar mil edificios! ¡El egoísmo, la ineficiencia, burocracia y hasta idiotez parecen crecer, mientras nosotros soñamos!

¡Y uno de pendejo les llama camaradas!



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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