Tiempo de crisis, tiempo de esperanza

"Esperanza sin acción no saca un país de la crisis"

Jill Ávila

"Cuando lleguen los tiempos difíciles, tenemos que recordar que los instantes más oscuros son los más próximos a la Aurora, y así, no perder nunca la fe y la esperanza"

Vázquez Borau

"¿Que esperamos? ¿Que nos espera?"

Ernst Bloch

¿Cómo liberar la Revolución de la aporía en que se encuentra? ¿Es posible recuperar la Revolución? Nos faltan fuerzas. Dicho de otra forma, nos faltan la fe y la esperanza necesarias, y quizá también el amor, para mantenernos en pie y caminando. En estos tiempos turbulentos y críticos, la esperanza es una joya preciosa que se encuentra oculta bajo restos de proyectos y planes fracasados, cubierta de polvo por la parálisis que causa el desaliento. Es necesario, más que nunca descubrir y cuidar amorosamente la esperanza para que vuelva a brillar con esplendor. Esta joya es poderosa, casi mágica. Es capaz de sacarnos de la inercia e impulsarnos al movimiento, a la acción. En una situación de crisis profunda, ¿cómo distinguir la esperanza de una mera ilusión vacía? ¿Cómo pensar con confianza y entusiasmo en el presente y en el futuro personal y colectivo?

La esperanza pertenece al grupo de vivencias o experiencias fundamentales que llegan al fondo de la existencia, movilizando los resortes de la vida y suscitando las cuestiones del sentido. La esperanza es un rasgo antropológico natural, aunque ya desde la fase protohistórica de la humanidad se manifieste en intima conexión con creencias, ritos y ceremonias. Detrás de todo sentimiento de esperanza late el afán de una vida mejor o, lo que es lo mismo, el deseo de librarse del dolor o el mal en sus diversas acepciones. Este es, en esencia, el trasfondo de la motivación que guía a toda esperanza, llamémosle felicidad, eudaimonía, beatitudo o vida bienaventurada.

El hombre es intrínsecamente esperanza, porque no es nunca una criatura acabada y bastándose a sí misma, porque es un ser deficitario, también porque la conflictividad raramente interrumpida de la existencia humana le obliga, lo quiera o no, a concebir situaciones personales o colectivas de signo gratificante. Eso explica a su vez el papel decisivo que la proyección utópica ha jugado en la historia humana tanto en su versión secular como religiosa. La esperanza no es una parte más del hombre, sino que constituye el punto de apoyo arquimediano de su raíz óntica. De ahí que sea también el principio motor de su praxis, incluido el impulso volitivo que hay detrás de ella. Como todas las manifestaciones de la vida humana, la esperanza está sometida a un proceso de mutación más o menos constante e intenso.

Esta historicidad o temporalidad explica que en cada ciclo histórico o modelo de civilización se manifieste de manera distinta. Existe, no solo la dialéctica de la historia descubierta por la ilustración en general y por Hegel y su discípulo Marx particularmente, sino también una dialéctica de la esperanza. Sin ella, la dialéctica de la historia resultaría incomprensible. Lo que por inercia o automatismo mental llamamos evolución o progreso es la expresión objetiva de algo tan subjetivo o personal como la esperanza. Y, a la inversa, todas las fases estáticas o regresivas del acontecer histórico son la consecuencia de la desesperanza.

La sociedad venezolana atraviesa no solo la crisis económica más grave de su historia, sino una crisis general de valores a la que pertenece, en lugar preeminente, la crisis no menos profunda de la propia esperanza. De ahí que el estado de conciencia hoy predominante sea la inquietud, el miedo y la incertidumbre ante el futuro inmediato y mediato.

Tal vez la única posibilidad de liberar a la revolución (y a la sociedad venezolana) de la aporía en que se encuentra es recuperar la esperanza y devolverle el sentido genuino que le corresponde. Al hablar de esperanza, no nos referimos en modo alguno al deseo de retornar al estado de cosas anterior a la crisis en la que estamos sumidos todos los venezolanos sin excepción, sino a una esperanza capaz de concebir una sociedad completamente distinta de la que tenemos ahora. La inmensa mayoría de los venezolanos somos mujeres y hombres de buena voluntad por eso nos entusiasma el Socialismo. Pero también somos mujeres y hombres de frágil voluntad. Por eso, nos sentimos incapaces de poner en práctica la Revolución Socialista. Tenemos mucho que hacer juntos en común y desterrar por siempre este azote neoliberal que se predica tan inamovible como la luz del sol. Tenemos que desterrar la programación mental que considera que la explotación del hombre por el hombre forma parte de la naturaleza. No hay ni habrá revolución sin revolucionarse. Lo que menos puede hacerse es reducir la esperanza al ámbito de nuestro yo y olvidar que a nuestra vida pertenece intrínsecamente la vida de nuestros semejantes.

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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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