Las mismas caritas de siempre

La historia es la memoria de los pueblos: Don Francisco Herrera Luque.

El Generalísimo Pablo Morillo, Comandante supremo del Ejército español durante nuestra guerra de Independencia. Fue un hombre justo, en medio de algunos excesos, que contribuyó a su manera a nuestra emancipación. No se les olvide que Morillo era uno de los liberales de Riego. ¿Quién era Riego? Un prestigioso militar español que se opuso al absolutismo de Fernando VII, luego que éste retornó al poder, al ser derrotado Napoleón. Fernando VII y Francisco Franco han sido los únicos dictadores que ha tenido España en la Edad Moderna. El mismo pueblo en un rapto de estupidez emocional que habría de pagar muy caro lo recibió al grito de:

¡Vivan las cadenas! ¡Viva el rey absoluto y absoluto! ¡Que gobierne sin cortes, para que haga lo que le venga en gana! Fernando VII, a quien también por breve tiempo se le llamó El Deseado, le pareció bien lo de vivan las cadenas y fuera el Parlamento, y gobernó a España como el peor de los tiranos, hasta que Riego y sus partidarios se levantaron en armas y le hicieron jurar la Constitución de Cádiz.

¡Viva Riego! ¡Viva la Constitución! ¡Abajo las cadenas!

Cuando estalló en España la Revolución de Riego, veinte mil soldados se disponían a embarcarse hacia Venezuela, con el objeto de aplastar a Bolívar y a su gente. Por influencia de los liberales, que comenzaban a comprender el derecho de las naciones de nuestra América de ser libres, la expedición no se llevó a cabo y Venezuela se salvó de recibir el impacto de aquellos veteranos bien disciplinados y mejor armados ante el cual hubiese sucumbido, muy probablemente, la República.

Esto quizá nos explique mejor la decisión de Pablo Morillo, luego de entrevistarse con el Libertador en Santa Ana, de renunciar a su cargo de Comandante Supremo y retornar a España. Esto le dijo al mariscal de la Torre, su segundo en mando, al despedirse: Nada se puede hacer cuando un pueblo lucha por su libertad. El mismo luchó por la Independencia de España como guerrillero, y al lado de Wellington cuando Napoleón Invadió la Península.

Y si en un comienzo sintió un profundo desdén por las tropas de Boves que con Morales a la cabeza se ofrecieron para combatir a los insurgentes, años más tarde le escribiría al Rey: Dadme cien mil llaneros venezolanos y llevaré triunfal la bandera de España por todas las naciones de Europa. Con el correr de los años, Morillo comprendió su error de despreciar a los llaneros que, ante el rechazo, se echaron en brazos de Páez.

Nadie niega la capacidad de persuasión del Libertador y los nobles ideales de Morillo, de renunciar a su lucha contra la revolución americana. Pero es probable que el hecho de quedarse sin el poderoso ejército que contuvo Riego, más el conocimiento que tenía de la combatividad de nuestros llaneros, hayan pesado más en su decisión que las palabras del Padre de la Patria, como pretende la historia romántica.

El 17 de diciembre de 1820, se embarcó definitivamente para España. Seis meses más tarde el Libertador vencía definitivamente en Carabobo. No estuvo errado en sus cálculos el Pacificador. Morillo sin embargo guardó un gran recuerdo de Bolívar, como se lo expresó a Soublette cuando éste lo visitó en Galicia, donde ejercía el cargo de Capitán General.

Aunque Fernando VII lo hizo noble al concederle el título de Marqués de la Puerta por su victoria de 1818, es verosímil que además de liberal y masón fuese también republicano. Era pastor de cabras en su mocedad; y siempre esquivó, tanto en Caracas como en Bogotá, vincularse a la mutante oligarquía, que un día gritaba ¡Viva el rey! y mañana ¡Viva la República!

Cuando su ejército se acercaba triunfante a Bogotá, al tener noticias de que a una legua de la ciudad lo esperaban entre arcos triunfales notabilidades y mujeres de la nobleza, decidió cambiar su brillante uniforme de general en jefe por el de un simple explorador; y sin más compañía que dos escoltas, tomó la delantera a su ejército, y salió al encuentro de sus felicitadores.

Tal como lo suponía, un arco triunfal de flores y marquetería donde podía leerse: "¡Viva el invicto General Pablo Morillo!" le salió al paso. Caballeros de punta en blanco y hermosas damas rodeados por su servidumbre lo esperaban para darle la bienvenida. Apenas vieron llegar a Morillo y sus acompañantes, supusieron que eran gente de menor monta. Una bellísima mujer (Bernardina Ibáñez la amante de Bolívar) arriba de una yegua jerezana le salió al paso entre afable y seductora: Señorita: (Amable) Perdonad, señores. ¿Sois acaso adelantados del ejército del General Morillo?

Morillo: (Seco) En efecto, señorita.

Señorita: Seáis bienvenidos a nuestra ciudad. Aquí como podréis ver, está reunida toda la nobleza de Bogotá, dispuesta a tributarle a vuestro jefe todos los honores que él merece.

Morillo: (Reticente) Él lo sabrá valorar en su justo precio.

Caballero: (Altivo) Decidme buen hombre, ¿a qué distancia estará el general Morillo?

Morillo: (Enigmático) Es difícil calcularlo; lo mismo puede estar llegando que a media milla…

Caballero: (Dirigiéndose a sus compañeros) ¿Qué esperamos? Salgamos a su encuentro. No, no… no pueden venir todos… el grueso de la gente debe permanecer aquí para darle la bienvenida al Pacificador como es debido. Iremos apenas cuatro… Su Merced, su Ilustrísima, el señor Conde, y nuestra "bellísima amazona". Y dadle de comer y de beber a estos pobres hombres que deben venir exhaustos.

De una sola pieza se quedó el caballero y sus acompañantes cuando al toparse con el ejército real alguien les dijo: ¿El General Morillo? Pasó a vuestro lado disfrazado de explorador.

Caballero: (Fuera de sí) ¡Oh, Dios, que disparate hemos cometido! Con vuestra venia, general.

Morillo siguió camino y llegó a Bogotá. Pidió noticias sobre la casa destinada al Pacificador y se dirigió a ella. Los guardianes de la casa y algunos cortesanos al verles el aspecto humilde los miraron desdeñosos:

Morillo: (Imperativo) ¿Cuál es la habitación del General Morillo?

Guardián: (Vacilante) Pero… decidme antes ¿Quién sois vos?

Morillo: (Violento) Obedeced y callad ya de una buena vez…

Guardián: (Balbuceante) Por aquí, seños… Esta es la alcoba que hemos destinado al General Morillo.

Morillo: (Satisfecho) Bien, se echa sobre la cama.

Guardián: (Sorprendido) ¿Pero qué hacéis, buen hombre, es que acaso estáis loco? ¿Cómo os atrevéis a echaros en la cama del Pacificador?

Morillo: (Rugiente) Porque yo soy el general Morillo. Decidle de inmediato a esa chusma que desaloje la casa inmediatamente y vos y vuestros servidores me garantizaréis que nadie se atreva a importunarme. ¡Fuera!

Los contritos cortesanos, que lo esperaban a la entrada de la ciudad, retornaron ansiosos ante las señales de indignación del nuevo jefe. Luego de varios días de espera, Morillo accedió a recibir a una junta de notables a quienes participó con voz bronca:

"Muchas veces vuesas mercedes han recibido entre arcos y flores a los jefes triunfadores, tanto del rey como de la insurrección. ¿Es que acaso creéis que con vuestros melindres y meneos vais a hacer que me olvide de cómo vosotros mismos masacrasteis a mis hombres? De haber sido yo el perdedor, en vez de flores hubiese recibido puñales ¡y a cambio de vivas, mueras y maldiciones! ¡Salid todos de inmediato! Y que se sepa, desde este mismo instante rige la ley marcial".

Más de 138 personajes fusiló el Pacificador en aquellas jornadas. No es que justifiquemos el rechazo sangriento que hizo de los notables Pablo Morillo; pero si los gobernantes de la Venezuela democrática tuviesen a la entrada de Palacio una galería de retratos donde personalidades de la industria, la ciencia y la economía aparecen abrazados con el último dictador o con los puntofijistas, tendrían que parodiar a Crespo, cuando luego de entregarle la banda presidencial a Ignacio Andrade, le respondió a Misiá Jacinta.

Misiá Jacinta: ¿Y quiénes estaban en la fiesta?

General Crespo: (Socarrón) Las mismas caritas del 92.

Las mismas caritas del puntofijismo, que hoy día manejan la asamblea.

¡Gringos Go Home! ¡Pa’fuera tús sucias pezuñas asesinas de la América de Bolívar, de Martí, de Fidel y de Chávez!

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!

¡Viviremos y Venceremos!



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Manuel Taibo


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