Renovar, refundar y moralizar la política

"Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo. La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres"

Papa Francisco: EVANGELII GAUDIUM

La política puede ser definida como "el conjunto de los principios, símbolos, medios y actos mediante los cuales el hombre aspira al bien común de la polis" .Conviene insistir en esta definición comprensiva, porque con demasiada frecuencia se limita la política a lo que se refiere al gobierno del Estado. El ámbito de la política es mucho más vasto.

Lo político sería la dimensión humana que permite que la actividad política del hombre sea un acto plenamente humano, una actividad humana. O bien, sería el campo conceptual de la actividad política del hombre.

La política es una praxis que remite a una teoría. Esta teoría en una praxis es la ciencia política. Nótese que la distinción entre lo político y la política sigue siendo todavía, en el lenguaje corriente, bastante vaga.

Dados los cambios operados en el escenario y en la cultura política actual, parece cierto que la política de los próximos años no podrá construirse únicamente a partir de pequeñas reformas de lo existente. Es preciso impulsar una renovación profunda que vaya más allá de las simples adaptaciones de los valores y practicas actuales. Es imperativa una regeneración absoluta de la cultura política y un cambio en muchos de los valores referenciales del quehacer político.

Hay que reinventar o refundar la política, porque ya no es posible su simple renovación, pues se corre el riesgo de obtener más de lo mismo. Hay que poner toda la política en cuestión y someter todo a revisión, en orden a encontrar un nuevo sentido respetuoso de los valores humanos, promotor de justicia y garante de la democracia. Luego, bajo la guía del sentido pragmático, habrá que buscar las mejores estrategias para conseguir los objetivos previstos; y, probablemente condicionados por la misma realidad, la refundación de la política tendrá que combinar reformas de lo existente con actitudes de cambio más radical, cuando ello sea posible. En cualquier caso, debe darse una voluntad decidida de transformación que neutralice cualquier gatopardismo, es decir la tentación de aparentar cambiarlo todo para que no cambie nada.

El proceso de refundación no consiste en mejorar lo que existe o se tiene, sino en ofrecer una respuesta nueva y radical a los desafíos de nuestro tiempo. En el libro "From Chaos to Mision "G.A. Arbuckle define el concepto de refundación de la manera siguiente: "Refundación significa un proceso común de retorno a la experiencia fundacional de la comunidad, con el fin de reidentificar y reapropiarse del objetivo primero, de la primera visión; de manera que la comunidad pueda encontrar nuevas energías y ofrecer con radicalidad respuestas nuevas a los problemas actuales y a sus causas."

Moralizar la política

En la sociedad contemporánea se ha producido una pérdida progresiva de la función moralizante y pedagógica que el pensamiento ilustrado había atribuido a la política, cuya acción moralizante ha perdido sus referentes últimos a base de considerar el pragmatismo como la mejor de todas las políticas posibles. De este modo, no quedan resquicios para el deber ser; este pierde su carácter de tensión innovadora, de posibilidades de cambio sustancial, y queda sometido y absorbido por aquello que de hecho es. Retorna el viejo principio totalitario de que lo real es racional y que, correspondientemente, la oposición moral practicada es irracional e irreal.

Más aun , desde determinados sectores de la sociedad tiende a propagarse una "nueva fe" fundamentada en la ausencia de referentes ideológicos. Se afirma que tal ausencia es una condición necesaria, a modo de desierto que debe transitar la cultura contemporánea, para que el hombre y la mujer modernos se desprendan de aquellas convicciones que constreñían la libertad individual e impedían su desarrollo. En las democracias occidentales, la imagen de político que se transmite se identifica con un "modelo de comportamiento desideologizado, sin otro método que la pragmática ni otra jerarquía de valores que los resultados". Sin embargo, por más necesarios que sean, los resultados no pueden significar la única validación de la acción política.

Ante la ausencia de referentes válidos, es natural que se produzca una importante escisión entre el ejercicio del poder político y la responsabilidad moral de los políticos. La escena política está dominada por dos lógicas supuestamente encontradas: la lógica del poder y la lógica democrática. Esta parcelación de la ética de dos mundos con proyectos éticos distintos tiene importantes repercusiones sociales.

Al analizar el hecho político, Max Weber observo la existencia de la "ética de las responsabilidades" propia de quienes han asumido responsabilidades politicas, y la "ética de las convicciones", reservada a los intelectuales. A diferencia de la ética de las convicciones, que quedaría recluida al campo de la ideología y que únicamente se ocuparía de los fines últimos, la ética de las responsabilidades asienta su discurso en la primacía de los medios sobre los fines. Una mirada a nuestro entorno inmediato saca la conclusión de que "no importa lo que se va a hacer desde el poder, sino estar en el poder". La existencia de estas dos lógicas produce una disociación ética entre el ejercicio de la política y el mundo de las creencias, y favorece la lógica autónoma del poder. Lo contrario de la ética de la convicción es la ausencia de ética, de principios y de convicciones, es decir, el puro pragmatismo. Sin convicciones, la ética de la responsabilidad carece de horizontes morales y reduce su sujeto humano a pura función o variable de sistemas impersonales.

Para superar esta escisión ética hay que refundar el sentido moral de la política y la capacidad moralizante de la propia militancia política. Se trata de recuperar el viejo valor del compromiso socio-político como expresión de responsabilidad personal ante las injusticias de nuestra sociedad y el sufrimiento de la humanidad. Si bien la desafección que produce la situación política induce a los jóvenes al desaliento, ello no debe suponer aceptar la pérdida del sentido del compromiso socio-político. No se puede reconstruir el nuevo rostro de la política desde el alejamiento de las realidades sociales o desconfiando de las instituciones democráticas.

Son muy orientadoras las referencias morales que podemos entresacar de la parábola del buen samaritano, cuya actitud fue propuesta por Jesús como ejemplo porque tuvo compasión de quien estaba sufriendo y, buscando un sentido pragmático a su gesto, procuró aliviar las causas de su dolor. En esta parábola se condensan los mensajes que debemos explicar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El valor del compromiso se debe tomar como expresión de la solidaridad para con quienes se encuentran sometidos a cualquier tipo de sufrimiento. El nuevo rostro de los políticos debe identificarse con la compasión que han sabido mostrar los buenos samaritanos y samaritanas a lo largo de la historia salvadora de la humanidad.

Para poder recuperar la credibilidad moral de los partidos hay que recuperar también la credibilidad de los militantes y de los cargos políticos. Estos, en su comportamiento, deben guiarse por los principios aceptados de ética pública. La propia conquista del poder no debe ser más un fin en sí mismo, sino un medio instrumental al servicio de los valores que se desean impulsar a través de la acción política. Moralizar la política significa adecuar los comportamientos de los políticos, en toda su amplitud, a lo que el pueblo y la gente en general considera admisible en su comportamiento y en lo que no. El juicio ético de los políticos ha de contrastarse tanto con los principios del Estado de Derecho como las convicciones morales de la opinión pública.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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