El deseo, la apuesta, el riesgo

Nuestro principal deseo en el momento de emprender la construcción de una actitud crítica, desde posiciones de izquierda y chavista, es el de que la conducción política del proceso bolivariano revise, rectifique y relance el proyecto revolucionario en Venezuela. Nada más, pero también nada menos. La apuesta es la de abrir nuevos espacios de reflexión y debate, en los cuales participe esa heterogeneidad identificada como chavismo, para que, desde la base, puedan elaborarse los balances y las propuestas necesarias para esa rectificación y relanzamiento.

La principal debilidad, también la principal amenaza, que hoy tienen las fuerzas chavistas es la pésima política económica que emprendió el gobierno durante todo estos años. Algunos analistas dicen que desde hace 3 años (con Maduro), otros que desde hace 5 años, cuando el FONDEN quedó las órdenes del ejecutivo sin casi control, y el Banco Central perdió su autonomía. Un tercer grupo, desde que se emprendió una ofensiva de ataques a la empresa privada sin prever mecanismos gerencial eficientes y, peor todavía, sin tener claro cómo transformar las relaciones sociales en ese camino de "transición". Casi todos los analistas críticos coinciden en que mantener el diferencial cambiario más de la cuenta, incentivó la corrupción, el contrabando, la especulación monetaria y la inflación. Igualmente, hay consenso en lo absurdo que fue decidir no aumentar la gasolina, por temor a la reacción popular, cuando ya la inflación, el desabastecimiento y la recesión son motivos de sobra para el disgusto generalizado.

Pero la revisión debiera ir mucho más allá de las políticas económicas, que muy bien, en enero o febrero, puede empezar a corregirse, ojalá que con acierto, para combatir la inflación y reactivar las inversiones nacionales e internacionales. Hay que analizar el desmontaje del modelo del rentismo periférico y empezar a marchar hacia una economía soberana. Hay que balancear las ventajas y desventajas de esa fusión estado-gobierno-partido, tan parecida al período de Lusinchi, que ha caracterizado la gestión chavista. Igualmente, hay que evaluar, sin ninguna consideración de grupo o personal, a ese puñado de funcionarios que se han rotado en las mismas carteras, sin acertar y hasta, muchas veces, haber cometido decisiones oscuras, teñidas algunas con sospechas de corrupción.

También habría que revisar la identidad política misma del chavismo. Chávez fue un gran líder político, de estatura continental y mundial. Nadie puede negarlo. Pero no fue un teórico, menos un filósofo. Sus discursos, su pensamiento, evolucionaron, se adecuaron a coyunturas concretas. No cabe ningún tipo de sacralización, ni a su figura, ni a su palabra, aunque todavía resuene esa ácida crítica a sus colaboradores de octubre de 2012, en un discurso televisivo que fue editado bajo el título de "Golpe de timón". Todavía el timón aguarda por ese cambio tan rotundo exigido por el Comandante.

La apuesta es entonces a la reflexión y al diálogo interno. El chavismo carece de una adecuada cultura o costumbres de discusión. Algunos compañeros, apenas escuchan unas palabras que suenen a crítica, se encrespan, y apelan a la acusación de traición. No advierten que en las actuales circunstancias históricas, lo más leal es precisamente señalar las cosas que hay que revisar urgentemente.

Ante esto, muchos opondrán la inconveniencia de discutir en período electoral. Bueno, ya todos sabemos más o menos qué va a pasar. Habrá voto castigo por la situación económica, de la cual responsabilizarán (con razón) al gobierno. Habrá un voto leal que desea continuar con el sueño o el proyecto revolucionario, y que se niegan a darle paso a ese saco de gatos de la oposición, que lo primero que desean es perseguir la base chavista, suscribir un acuerdo terrible con el FMI, aniquilar cualquier posibilidad de avance popular, acompañar todas las políticas hegemonistas norteamericanas. De este choque de intensiones, saldrán unos resultados en los cuales la cantidad de diputados que saque la oposición no se corresponderá con sus votos. Habrá gritos de fraude (señal de esto es su negativa a suscribir acuerdos de respeto, a participar en el simulacro, sus críticas al CNE, sus peticiones absurdas). Posiblemente haya "guarimbas" y pronunciamientos norteamericanos. Hay la posibilidad de que la oposición forme una directiva exclusiva en la AN. O tal vez, se logre un acuerdo de "cohabitación". En todo caso, hay que cerrar filas en torno al respeto a la institucionalidad y los resultados oficiales. En esto se centrará la polémica política durante varios meses. Pero no hay perder la vista de hacer el balance de todo el proceso. No debemos perder otra vez las perspectivas.



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Jesús Puerta


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