La ignorancia, cultura de la revolución menguada

Aires reinantes parecen haber hecho cúmulus de ignorancia. Hoy parece que es un signo distintivo de la juventud su actividad física y su desprecio por el conocimiento. Es de mala nota pensar mucho, estudiar mucho, "complicar las cosas". Nuestra agónica revolución –la cual muere copiando el destino de la Casa Usher- no escapa de los efectos del tiempo y hace lo suyo mostrando su lado más insulso en los musicales de TVES, de sus programas matutinos, y sobre todo, en los pocos minutos que ocupa el debate político, la confrontación del conocimiento, la crítica, en las distintas programaciones de las televisoras del Estado. Somos esclavos de nuestra propia ignorancia y de la televisión, y dentro de ella, esclavos de la simplicidad, de la vulgaridad, la morbosidad, el chisme y el consumo. En plena revolución, y perdimos, más rápido que si no la hubiera, su sentido liberador. Nunca se había pensado o reflexionado tan poco sobre el sentido liberador de la revolución como ahora. Perdimos la consciencia. Inclusive, antes de Maduro, ya esa nube negra comenzaba a acumularse sobre nuestras cabezas. Poco antes de morir Chávez, ya vaticinaba su enfermedad una preferencia por el disimulo, por lo cómodo y lo práctico en las decisiones políticas; distraer al pueblo a la manera del enemigo. La revolución resultaba muy seria, como para fastidiar a la gente con ella.

El ideal

El carácter artístico debería ser común para toda la humanidad. ¿Qué es imposible?, de eso se trata la revolución, hacer posible lo que parece imposible.

En el siglo entre el siglos XIV, XV y XVI, coincidieron en Italia y en Europa uno de los cúmulos de las inteligencias más brillantes en la historia del mundo occidental. Artistas plásticos, que fueron arquitectos; estadistas, poetas, intelectuales y grandes capitanes. Carácter, fue el distintivo del hombre del renacimiento. Así de igual sería en la Grecia del siglo V a. de C.: estadistas, poetas, los grandes trágicos Sófocles, Esquilo, Eurípides, historiadores como Herodoto, músicos, escultores, pintores, arquitectos, Sócrates Platón, Aristóteles, sofistas (que muchos lo fueron siendo esclavos).

Hacer cotidiano lo extraordinario, de eso se trata. Que en las vueltas de la historia se repita como extraordinario la mediocridad y el cansancio y no lo contrario, y no que sea la mediocridad lo cotidiano. Con un ideal así se lucha sin cansancio.

Creo que la revolución es eso. Como dice el poeta Oscar Wild, acabar con la propiedad privada, para liberar al hombre de lo feo, del hambre, de la miseria, de la ignorancia. Todos hemos llegado a pensar un mundo sin necesidades y de trabajo liberador bajo la conciencia del deber social, por el deber integrador de la sociedad. No obstante, podemos pensar a esa sociedad integrada o integrándose en un estadio superior, como un mundo gobernado por las formas de lo bello.

Esa visión estética del mundo y de todas las cosas debería estar presente en nuestra consciencia, junto el sentido más elevado de justicia social, de respeto social y por el paisaje que nos da la vida, de igualdad social, de solidaridad humana. Esa visión estética del mundo es el conocimiento.

El lado oscuro de la revolución menguada

¡La ignorancia! Y no porque no seamos ignorantes. Todos somos ignorantes de algo. Sin embargo no todos creemos que nos sabemos todas. Ignorancia es, casi siempre, creer que no somos ignorantes, o que no somos mediocres. Esa es la forma más acabada de la ignorancia, creer que no se es ignorante.

Pero del otro lado de la ignorancia está su cultivo, el empeño por serlo, y el culto a la frivolidad. Por ejemplo, imitando la masa las maneras de los de "ricos y famosos", que a su vez imitan los modelos aristocráticos, que a su vez imitan a la literatura, así tenemos un atajo de tontos y tontas queriendo ostentar de su frivolidad como la marca de algo elegante. Que la Reyna Isabel de Windsor nos haga ver que no sabe dónde queda Venezuela es un "dejo" de frivolidad, pero muy distinto a que una presentadora de televisión no sepa dónde queda Inglaterra. A la primera se le perdona no conocer mucho sobre nada, en fin, es una Reyna. En la segunda este rasgo no resulta nada elegante, sino lamentable. Pero la revolución menguada ya cuenta con sus presentadoras frívolas, que están de moda.

Molesta ese desdén por la revolución en los medios. Son contravalores, el gusto por lo fácil y seguir el curso de la corriente. Es propio de los programas de televisión consolarse y divertirse con la desgracia ajena (para no pensar en la propia, por supuesto) y ya la revolución tiene los suyos en TVES. Vivir el éxito ajeno como propio en Facebook, es el tema más serio de conversación entre los jóvenes, después de los teléfonos celulares y el beisbol profesional. Desarrollar músculos y no fuerza es lo de ahora. Los conductores de televisión juzgan a sus semejantes cargados de prejuicios y ostentan de sus excepcionales gestos de bondad. Ahora todos forman parte de una revolución cultural que camina hacia atrás, que retrocede en el tiempo, sobre todo después de la muerte de Chávez. No solo se relajaron principios éticos de la revolución, como el estudio y la discusión, la planificación del trabajo y conductas similares, aprendidas gracias al comandante y su ejemplo, sino que ahora lo de moda es ser lo menos parecido a Chávez. Es decir, ser el pendejo que siempre fuimos.

Caemos en depresión. Volvemos a poner al frente el individualismo gregario clasemedia, al egoísmo y la indiferencia, al chisme y la maledicencia. Ahora no vemos el momento de poder sacarle provecho material a todo. El trabajo voluntario es de tontos "quedados". Porque es más fácil ser uno más del montón capitalista que sacrificarse un poquito por cambiar. Ser indigno no es más importante que ganarse unos dólares, vendiendo la dignidad. Ser esclavos de las necesidades capitalistas creyéndonos ser hombres y mujeres libres. Confundir el estar a la moda con la libertad.

Volvemos a estar cautivos de la ignorancia y de la desesperanza. Y la misma revolución menguada lo alienta con su frivolidad afectada. Pero de ser coquetería mediática, esa frivolidad pasó a ser un rasgo bien marcado en la conducta de toda la revolución. No detenerse a pensar en público y tampoco en privado. La superficialidad, como lo "impenetrable" de sus ideas, de sus ideas llanas, sin fondo, sin profundidad, es lo que resalta en el tratamiento de los asuntos más serios. Burlarnos de los contrarios, sin pensar en las propias pifias, tratar con desaire el tema de la caída de precio del petróleo, comprar de un solo plumazo 12 sukhoi, aprobar, y aprobar cuentas, sin pensar, impúdicamente. Esclavos de la ignorancia y de la desesperación. Una revolución que no tiene tiempo para hacer la revolución no es una revolución, es un disparate, es una farsa de revolución, un chiste.

Dar el ejemplo con nuestros actos…

Cuando le exigimos a nuestros hijos a no hablar con la boca llena hablando con la boca llena, le estamos enseñando a mentir. La identidad entre actos y discursos es fundamental para enseñar con el ejemplo. Y educar enseñando con el ejemplo es la tarea principal de una revolución, convencer con el ejemplo. Ahora la verdad y la honestidad deben ser valores para la lucha.

La desesperación no enseña nada sino desesperanza. La improvisación enseña que podemos vivir y trabajar improvisando. La indolencia enseña a ser indolente. La vacilación nos enseña a vacilar. Porque rara vez son suficientes las palabras para convencer. Nos interesa ser convencidos con palabras honestas, más que con las palabras correctas. No solo escuchamos las palabras, también vemos a aquel que las suelta; sus gestos; sus actos; todo es susceptible de ser aprendido. Pero una palabra honesta habla con la verdad y la verdad somos nosotros, todo el paquete: lo que decimos, el cómo lo decimos, el control sobre lo que decimos y sobre todo el esfuerzo por hablar con la verdad; eso se nota, eso se enseña. Ahora necesitamos mucho hablar con la verdad… ¡Cómo te necesitamos Chávez!



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Héctor Baíz

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