Diego Arria o la revolución levanta un muerto

            Jesús llegó a la casa de Lázaro de Betania quien había muerto. No obstante, dijo ante amigos y familiares del difunto y frente la tumba:

            -¡Lázaro, ven afuera!

            Así se produjo el milagro que la historia oral repite como ¡Lázaro levántate y anda!, que en todo caso significa lo mismo.

            Diego Arria no es en verdad la representación de aquella exitosa canción del colombiano Guillermo González Arenas, El muerto Vivo, aquél que estaba de parranda; para él no fue escrita. Diego estaba como Lázaro, en una tumba y embalsamado.

            Pero, siendo esta un área tropical y Diego un hombre astuto y hábil para el disimulo, como eso de ahora, me robaron mi Iphone, bien le evoca a uno la canción aquella escrita para el Trío Venezuela, como sí para él hubiese sido.

           Cuando Chávez llegó al gobierno, aquí casi nadie se acordaba de Arria. Usted podía ir por allí preguntando por él y sólo unos pocos, muy pocos, hallaría quienes le recordaran.

           Después de salir del entorno de Copei, pasarse para el lado de AD y acompañar a CAP, incurrir en unos cuantos actos indecorosos y sonados, como el de aquellos costosos materos que distribuyó a granel por Caracas, los autobuses Ikarus con piso de cartón, por cuya fragilidad hubo algunos muertos, aparte del derroche de dólares al comprarlos, lanzarse de candidato presidencial para intentar sumar para sí los votos de Renny Ottolina, quien no pudo competir por perder la vida, Arria se fue del país silenciosamente, a sabiendas que sus anteriores compañeros, adecos y copeyanos, le habían montado una celada por presunta corrupción. Se fue callado y así se mantuvo por mucho tiempo, no volvió a su casa, tanto que sus amigos, quizás los tenga, y enemigos también, todos le daban por muerto.

        Además, había otras razones para olvidarle. Ante la miseria del pueblo caraqueño, la violencia que ella genera, creo una macabra y cruel solución, sin antecedentes en la historia nacional. Usó la policía a su mando para asaltar de madrugaba barrios enteros, introducían con violencia a la gente con lo poco que tuviesen a la mano en autobuses, previamente colocados alrededores del barrio y los iban a soltar en cualquier población de Venezuela, lo más lejos de la capital posible. Aquí en Barcelona arrojaron varios de esos ciudadanos. Fue como él abordó el asunto de la inseguridad; la que con sus variantes aplicaría la oposición o la derecha de volver al poder.

       Cuando se fue calladamente al exterior, todos como que prefirieron olvidarle, tanto que por años aquí nadie habló más nunca de él, como un muerto sin dolientes.

           Al cabo de unos días de haber desaparecido

             encontraron uno muerto, un muerto muy parecido,

             le hicieron un gran velorio, le rezaron la novena,

             le perdonaron las deudas y lo enterraron con pena.

      Justamente, eso creyeron de aquel caballero de bastón. Le perdonaron sus deudas y en efecto, hasta lo enterraron con pena, como dice la canción. Quedó en su tumba.

      Pero las revoluciones son una cosa jodida, hasta fuerza telúrica. Entierran a algunos y levantan a otros. No es que estrictamente haya levantado y puesto a andar a Diego Arria, porque políticamente sigue siendo un cadáver. Tanto que se lanzó de precandidato en la MUD y salió con las tablas de la urna en la cabeza; volvió a Miami y por una fuerza extraña, insondable, asumió la pose cadavérica y se acostó en su sepulcro. Otra vez, estaba muerto. Le mató la IV República y la Revolución Bolivariana que produjo el milagro de resucitarle, aunque fue para una forma de vida que no es, le volvió a matar; esta vez con la ayuda de la MUD y los votantes que prefirieron a otros.

      Pasaron los días, de vez en cuando, desde lejos, se escuchaban sus resuellos que no eran más que los ruidos de la descomposición y de nuevo, Jorge Rodríguez, esta vez como Jesús, le dijo, no con la dulzura del mesías, pero sí con la sonrisa irónica del inteligente psiquiatra, que esta vez pareció no estar en sus mejores momentos:

     -¡Diego, levántate y anda!

      O quizás mejor:

     -¡Diego, ven afuera!

     Al escuchar ese llamado, observar que le habían robado su Iphone:

      ----un día se apareció lleno de vida y contento

       diciéndole a todo el mundo, se equivocaron de muerto.        

    Diego que en la oscuridad estaba, que casi no era materia, pues no pesaba ni ocupaba lugar en el espacio, se materializó, volvió a tomar aliento y a sonar como si sus ronquidos fuesen música bella y terrenal.

        Diego, de tanto nombrarlo y acusarlo sin que nada acontezca, vaya y venga como muerto vivo que hace ruido y tiene, hasta en el gobierno mismo, quien le sirva de corneta enorme, le perdonen sus deudas, va salir gritando y, pudiera algún día, dejar de verdad la tumba y venir a vivir aquí, entre quienes creemos estar vivos, a pasear por Caracas con su bastón, protegido por una fuerte escolta policial para restregarnos en la cara que:

        No estaba muerto, estaba de parranda.

        Menos mal que, pese todo los excesos e imprudencias sin sustancia, tanto con él como con otros, Diego de verdad está muerto y como dijo Gustavo Adolfo Bécquer:

        ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

        Eso digo yo, no sé.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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