El pez gordo es una nota. Se lleva 20 mil millones de dólares ¡cómo si nada!

Pensando mucho sobre aquellos que desaparecieron, como declaró recientemente el propio Maduro, que fueron habilidosos de hacer desaparecer más de 20 mil millones de dólares, sin dejar huellas suficientes para que se les castigue y aún siguen en las mismas, opté por publicar en este medio el siguiente largo y pesado trabajo.

“Los Peces Gordos” ha servido de título, por lo menos a dos libros en Venezuela. Es casi seguro que todos esos peces, aunque sea por intermediación de sus herederos, estén en la misma productiva actividad.

Eso sí, a mucha gente le tocaba su tajada, de lo que los peces engullían, para que no se alborotara el avispero o se picara el mar. En aquellos tiempos, la corruptela oficial, asociada a las clases política y empresarial, era tan escandalosa que la izquierda, usó como consigna de guerra electoral y “por el socialismo”, lo de “manos limpias al poder”. Una manera de lavar las manos colectivas empercudidas con agua y arena del mar.

La robadera era tan habitual que Gonzalo Barrios dijo “aquí todo el mundo roba porque no hay razones para no hacerlo”, de donde los dirigentes y hasta integrantes de las bases del partido o de las partidos del “status”, hoy no sabría decir con exactitud cuántos y cuáles eran, pues la vaina llegó más allá de lo que uno todavía cree, sacaron “fuerza moral”, se sintieron oficialmente estimulados, para lanzarse a participar del festín como quien juega carnaval, que dio origen a aquella consigna como astringente y pizpireta.

No sé con exactitud por qué eso de “Peces gordos”. Quizás lo de gordo sugiera el bienestar que proporciona al corrupto el acumular bastante real, sobre todo sin joderse como es debido, menos merecerlo y, contando como fue en el pasado, que la impunidad fuese para todos. Afortunadamente, este presidente en ejercicio, apegado a la moral del chavismo, ha declarado la guerra a los corruptos. Lo que no quiere decir que admitamos que el combate sea una mantequilla. Ni que pescar a los pillos o peces se vuelva un juego de muchachos.

Pero puede que, al usar el término, se haya pensado en la capacidad de los peces para eludir a pescadores sin la pericia necesaria o los instrumentos pertinentes para atraparlos. Hay una estupenda frase, que a mí, criado entre pescadores, no deja de fascinarme. “Se mueve como pez en el agua” o fulano, en esos menesteres, se siente “cual pez en el agua”. Muhammad Alí o Cassiuy Clay, prefirió al hablar de sí mismo y capacidad para boxear, “pico como una avispa y vuelo como una mariposa”; es posible no sé, ni lo voy a averiguar, el gran pugilista norteamericano nunca durmió escuchando el golpear de las olas. Ni supo de peces habilidosos para robarle la carnada al más despierto, de un picar persistente pero relancino, aun cuando unos cuantos nobles golpes acusó el también astuto combatiente.

En el mundo de la corrupción, hay quienes se mueven como peces en el agua. Tienen la soltura, capacidad, rapidez de movimientos y sobre todo la sutileza apropiadas para ser corruptos. Ninguna propuesta por muy indecorosa que sea, le resulta ofensiva y menos son capaces de “ofender a nadie” con las suyas, pues tienen la gracia, espontaneidad, elegancia, plasticidad del pez en la pecera o en medio del océano.

Por supuesto, es probable que lo de engordar sea una manera poética de mencionarles, porque no es descartable que como el dinero suele asociar a la gente a la “buena vida”, el corrupto se someta a dieta y ejercicios especiales para mantener la figura y la capacidad de reaccionar con prontitud ante cualquier alarma encendida. Lo que no puede hacer nunca, y esa es su debilidad, ocultar por muy largo tiempo el bienestar que le prodiga su exquisita ocupación; aunque sea su familia le denuncia. Entonces es susceptible que lo de gordo se refiera al valor cuantitativo del corrupto o al nivel que ocupa en la pirámide. Porque lo de pez simplemente, referido a esa velocidad para moverse, desplazarse hasta con elegancia y sorprendente capacidad para escaparse, en veces de manera sigilosa sin que nadie se percate de sus movimientos, maniobrando en espacios estrechos, está exquisita y adecuadamente tomada como calificación. Es más, pez al fin, está recubierto de una sustancia, o baba como decimos coloquialmente, que le permite desplazarse en el agua con mayor agilidad y escabullírsele a quien intente atraparlo con las manos.

No es casualidad que esos “peces gordos”, por lo que antes dije, a quienes todo el mundo termina por conocer, como tales conoce y señala con el dedo, o revirando la boca con escogido disimulo hacia el sitio cercano dónde ellos se hayan, suelen siempre ser recibidos con beneplácito, boato y hasta se les toma de primeros al hacer alguna escogencia. ¿Por qué esto? Pues porque siguen siendo “peces”, que se mueven con elegancia, de manera llamativa que nadie puede atraparles por medios convencionales. Pero también porque de manera directa o personas interpuestas, con los recursos que acumulan, se encargan de taparle la jeta a mucho que, teniendo pruebas o anzuelos apropiados que pudieran atraparles, pero más que el sacrificado y paciente trabajo de la pesca artesanal, prefieren volverse peces aunque sea sardinas pero “si para eso hay real”. Pueden hacer, comprar candidaturas y hasta forjarse solidaridades partidistas y palancas de envergadura.

Los “peces gordos” son pues una especie importante. Como poco se les pesca porque ellos no se dejan, tienden a reproducirse en cualquier tiempo y espacio. Además, son lo suficientemente escurridizos, más por peces que por gordos, que se meten en cualquier parte; si les busca por aquí te aparecen por allá, bajo formas, cuerpos e “ideologías, tendencias, grupos y partidos diferentes”. Les da lo mismo, siempre encontrarán el resquicio para estar en los espacios de quienes tienen el sartén por el mango – hasta de éste se apoderan- para joder o freír a quien se crea pez pero no pasa de pendejo. Por eso, ellos, sus similares, porque forman camadas de peces que se entrecruzan, prestan favores y se hacen la gauchada, siempre estarán en el gobierno y dónde haya. ¡Y hay que ver cómo entran y el tronío con el que son recibidos!

Lo peor que le puede pasar a uno, es encontrarse en medio de una ribazón de peces gordos sin serlo o, dentro de un cardumen de bagres, siendo guabina.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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