A los que fueron “amigos” y la burocracia los convirtió en “no-amigos”

El tiempo va pasando sin dejar a ningún ser humano por fuera de sus influencias. Nada ni nadie puede poner a su disposición individual indefinidamente el tiempo. Unos nacen mientras otros se hacen jóvenes adultos, otros se transforman en seres maduros y unos cuantos entramos en la senilidad para anunciar que ya nuestra estadía en la tierra está por concluirse. Los recuerdos van y vienen a la mente de todo ser humano. La amistad ocupa un lugar primordial en la memoria de todo ser viviente. La burocracia, por lo general, rompe los hilos de la amistad o de la camaradería cuando unos suben de escalafón y otros quedamos por debajo. No todos, por supuesto, pero sí una porción. La burocracia necesita de la adulancia y el regalo como el niño recién nacido de la teta de su madre. Y bien es sabido que el socialismo no puede construirse sin una dosis de burocracia, pero eso no significa que quien ocupe cargo de burocracia tenga que romper sus amistades anteriores por razones de política o de ideología.

Puedo decir que conocí muchos jóvenes cuando fueron estudiantes de la Universidad de Los Andes. Nos tratábamos con afecto y con respeto; dialogábamos con el interés puesto en la búsqueda de coincidencias para fortalecer el conocimiento; ejercíamos la solidaridad recíproca; asegurábamos que nos iluminaba el mismo ideal; prometíamos ser siempre los mismos en el trato, la amistad y la camaradería; sentíamos tener las mismas sensibilidades ante las injusticias y, especialmente, ante las necesidades del pueblo. Tal vez, ninguno se ponía a pensar que los tiempos cambian y los seres humanos también. ¿Cuántos se guiaban conscientemente por esa gran verdad dicha por Marx: el ser social conforma la conciencia social? El fundamento de toda sociedad es lo económico.

Desde el triunfo electoral que llevó al camarada Chávez a la Presidencia de la República muchos de esos jóvenes, ya graduados, han disfrutado y disfrutan de oportunidades en el ejercicio de la administración pública: desde gerentes o directores de instituciones municipales, regionales hasta ministros. Otros, un buen porcentaje por cierto, a lo sumo se ha dedicado al ejercicio de su profesión universitaria. Los primeros –en su mayoría- han cambiado tan radicalmente de comportamiento que casi no se les conoce salvo por el físico que si bien se modifica se necesitan años para que los cambios hagan sus efectos más evidentes e irrefutables de la metamorfosis biológica. Todo está en permanente movimiento y cambio. Los segundos, prácticamente siguen siendo los mismos, tan tratables y amigos como lo fueron antes.

Esos que han cambiado tanto, pero tanto, por ocupar un alto cargo administrativo, en la esfera que sea, ahora se sienten seres superiores, superdotados por el poder que esgrimen. No quieren, por nada del mundo, recordarse del pasado que los hizo comunes a los que nada tenemos  y seguimos siendo de los de abajo. Si llegaron a saciar su hambre en un comedor universitario, ahora creen que ese es un lugar digno para el chiripero pero no para el que tiene agarrada la burocracia por los cachos. Si antes se montaban en una buseta, ahora eso les resulta un transporte para chusma. Si antes llegaban a tomarse una cerveza porque se las brindaba otro amigo, ahora eso es como consumir un veneno porque para ellos está el whisky añejado por años que no produce –según expertos- daños colaterales al organismo humano. Si antes se montaban en un autobús para viajar de su lar de origen a la ciudad donde cursaban estudio universitario, ahora tienen esos abultados viáticos para viajar por los aires y llegar a hoteles cinco estrellas donde las comidas y las bebidas son exquisiteces. Si antes se desplazaban conversando con sus amigos por las calles de la ciudad, ahora no se bajan de automóviles blindados y rodeados de guardaespaldas. Si antes visitaban algunas casas los sábados o los domingos de algunos amigos para asegurarse un bocado de comida porque no funcionaba el comedor universitario esos dos días, ahora se les olvidó por completo las direcciones de las mismas. Si alguien de abajo consigue su número telefónico y les llama, jamás  responden y si les envían un mensaje lo borran sin leerlo.

Se han vuelto insensibles aunque algunos griten a todo pulmón que son socialistas o comunistas. El cargo los hace ver hacia abajo desde más arriba de las nubes y por eso nunca saben cuando en verdad va a llover. Si son vistos, por algunos de abajo que van por una acera de enfrente por donde ellos caminan inspeccionando obras, de sus miradas brotan centelladas o relámpagos que hablan por sí solos: no se me acerquen porque no están a mi altura. Si uno de abajo le envía un saludo con una secretaria, a ésta inmediatamente le dicen: ni se te ocurra darle mi teléfono. Si por casualidad te lo encuentras de frente y no le queda otra salida que darte la cara, en el acto te ponen una mano en un hombre y te dicen: estamos pendientes porque en este momento estoy muy ocupado. Siempre creen que el de abajo los busca para pedirles dinero o trabajo o un “favor” de un contrato. De allí se deduce que quien se burocratiza no cree en amistades. Si alguien de abajo los busca para exponerles una idea, en el acto piensan que están tramando serrucharle el puesto o las patas. Una vez burocratizados se ponen las manos en los bolsillos y dejan el corazón cubierto con una coraza de metal.

Puedo decir que conocí a muchos que ahora no los conozco por los profundos cambios síquicos o de personalidad que han padecido –especialmente- por los cargos que han ostentado u ostentan en la administración pública. Conozco y sigo conociendo, , a unos cuantos que continúan siendo –en esencia- las mismas personas, los mismos camaradas con sus hermosas cualidades de amistad y de solidaridad. Bueno, ya esos no cambian ni que lleguen a ocupar los más altos cargos en la administración pública o en el Estado. No los nombro porque se me puede escapar uno solo y eso sería imperdonable. Tampoco, por supuesto, nombro a los que han cambiado y han dejado de ser amigos. ¡Ya para qué

Hay un camarada que vive con algunas pocas comodidades, ya que él y su esposa son profesionales universitarios y las ejercen obteniendo cada uno un sueldo que si bien no es alto tampoco es bajo, y lo visito cada vez que puedo y sigue siendo –prácticamente- el mismito de siempre. Por cierto y aunque nadie me lo pregunte hace casi dos décadas me debe bolívares 16 mil de los viejos que le presté –según él- para no perder su casa que tenía hipotecada y aún espero con sobrada paciencia que me los cancele. Reconoce la deuda pero no la cancela, precisamente, por la gran amistad que tenemos. A veces, cuando conversamos de los que antes fueron amigos y ahora no son amigos por sus altas o medianas posiciones de cargos públicos, suele decirme: “Si en el país sucediera un cataclismo político –quiera Dios y eso no acontezca-, ten la seguridad que esos nos buscarán para ver si nos utilizan como carne de cañón para su salvación”. No sé si eso será o no cierto pero sí sé que muchísimos de los de abajo seguirán luchando no para llegar arriba –donde la burocracia alza su capa y torea como le viene en gana- sino para continuar en la búsqueda de un modo de vida donde imperen la justicia, la libertad, la equidad, la solidaridad y el amor. Entonces, ya no habrá necesidad de rompimiento de lazos de amistad por culpa de burocracia. ¡No le queda de otra!



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Freddy Yépez


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