Síndrome de Estocolmo en el PSUV

La mayor fortaleza de un partido no son las siglas, es su militancia, son los hombres y mujeres que dedican buena parte de su tiempo al peregrinaje de sus ideales y su forma de ver la sociedad. El ideario es fruto de constantes y diarios intercambios de experiencias entre los miembros del partido y el pueblo, por tanto, es un constructo colectivo macerado con regularidad por la militancia.

La consolidación, fortaleza y durabilidad en el tiempo del partido dependerán de la empatía que sienta la militancia no con las siglas, sino con las decisiones y actuaciones de la organización en la cual milita. Ejemplos de desinfles partidistas tenemos muchos en la historiografía venezolana, por tanto, es imprescindible la interacción con las bases del partido para compactar su espíritu de cuerpo.

Por ello, la consulta diaria entre la estructura de dirección y sus militantes, es y será siempre un requisito sine qua non para el robustecimiento, salubridad y triunfo de la organización partidista. Suponer que los cuerpos de dirección tienen poderes plenipotenciarios para tomar las decisiones en nombre de la militancia, es un acto de soberbia que se aleja por completo de la realidad política del pueblo venezolano, quien decidió desde hace algún tiempo, ser protagonista de su pasado, del presente y del futuro.

La sordera de los cuerpos de dirección es un indicador catastrófico para una organización partidista, la misma es producto del “endiosiamiento” de quienes ocupan cargos de dirección. Esta conducta la asumen algunos militantes al asumir responsabilidades de dirección en la organización. La misma es consecuencia de la sumisión del cuerpo militante partidista. Elementos como estos, son los responsables de la corta vida de este tipo de organizaciones políticas que se perfilaban prósperas en el siglo pasado y, que fueron enterradas por quienes las dirigieron. De ellas solo quedan sus siglas, con las cuales comercializan.

El PSUV debe verse en ese espejo para evitar ser solo siglas, esta organización partidista debe llamar a su militancia a debatir los problemas políticos sociales que afectan al país, deben involucrarlos en los males que aquejan al gobierno, pero no panfletariamente, porque el momento político demanda rigurosidad. Están obligados a aclarar si el “Alto Mando Político” es la máxima instancia de dirección del partido y, de ser así, deben refrendarlo en el congreso de delegados de esa organización política, a menos que se presuma que la militancia sufre del síndrome de Estocolmo.


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Jiuvant Huérfano


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