Bolívar: el Quijote nuestro, americano

Nos narra Don Miguel de Unamuno: Es el sueño del gran Libertador de América, Simón Bolívar, que pretendía dar libertad a Cuba y Puerto Rico, y establecer un equilibrio permanente entre la gran República de origen inglés y las repúblicas de origen español.

Así lo dice Don José Gil Fortoul al final del libro III de su Historia Constitucional de Venezuela, el, primero de los cinco tomos que se publicó en Berlín. Porque es ciertamente una obra que merece ser leída y conocida por todo venezolano y latinoamericano; es una obra concienzuda y sólida y, a la vez, de muy grata y fácil lectura.

Mucho hay que aprender en la Historia Constitucional de Venezuela, de José Gil Fortoul; pero debemos de fijarnos ante todo, en la figura del Libertador tal y como el Historiador nos la presenta.

Es, sin duda, Simón Bolívar un héroe para un poema, un personaje histórico como centro de reflexiones poéticas. Puede y debe decirse que hasta hoy la América de Bolívar y Chávez ha producido más hombres de acción que contemplativos de pensamiento puro; sus Aquiles superan a los Homeros; por lo general, los historiadores, aun habiéndolos tan notables, no llegan a la talla de los historiados. El pensamiento es la flor de la acción, y no florece y se encumbra la cultura filosófica, poética y científica de un pueblo hasta que, a través de dolorosas luchas, no se haya constituido en vista de un ideal común más o menos vago.

Hasta tanto, los pensadores, en discordancia con el ambiente, resultan incompletos e inadaptables, como Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, interesante figura de que nos habla José Gil Fortoul, y que no pudo entenderse con el Mariscal Sucre, que vio en él un extravagante.

El mismo Bolívar decía en 1822 que ni ellos ni la generación que les sucediese verían el brillo de la República que estaban fundando; que nuestra América era una crisálida, que era menester una “metamorfosis” mediante la formación de un nuevo tipo gracias a la fusión de razas, y en 1824 añadía que los pueblos de nuestra América no podrían prosperar en cien años y que era menester fomentar la emigración de europeos.

Y sólo cuando un pueblo se ha hecho homogéneo y se ha constituido definitivamente, cuando ha brotado en él conciencia patria colectiva y no vive sólo por el mero instinto de vivir –decía Bolívar–; sólo cuando tiene ideal es cuando comprende y siente sus glorias y cuando puede irradiar el mundo su pensamiento. Homero llega cuando están resueltas las luchas en que intervino Aquiles, cuando de Troya no quedan sino las ruinas y es Helena polvo.

¡Y qué figura la de Bolívar para el poema! Me permitiréis, benévolos lectores americanos, que, como vasco que soy por todos treinta y dos costados, me detenga en la vasconía del Libertador. Después de describirlo físicamente (págs. 320 a 330), agrega el señor Gil Fortoul: “En suma: tipo vascongado, de que descendía por línea paterna…” ¡Cuántas veces, en un verano que pasé cerca de Cenarruza, no me he detenido desde los balcones de esta vieja Colegiata, antigua hospedería acaso para los peregrinos que pasaban por Vizcaya en piadosa romería a Santiago de Compostela, a contemplar allá abajo, en el valle, el lugar de Bolívar, de donde tomó su nombre y su origen el Libertador!

“Si su organismo era, sobre todo, español –añade el José Gil Fortoul–, los ímpetus de su alma también lo fueron a menudo.” Sí, españoles y quijotescos. Bolívar fue uno de los más fieles adeptos del Quijotismo. Conocida es la anécdota que hemos leído en Ricardo Palma, sobre la última frase de Bolívar, cuando este, en sus últimos días, preguntó a su médico si sospechaba quienes habían sido los tres grandísimos majaderos del mundo, y al decirle el médico que no, contestó el Libertador: “Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y… yo” El mismo, pues, se incluyó, según tradición, con Don Quijote.

Si a Don Quijote le lanzó a esa locura caballeresca aquel amor tímido y contenido hacia Aldonza Lorenzo, según creemos, ¿no determinaron acaso la carrera de Bolívar la muerte de su mujer, María Teresa, y el dolor que le causó? “La muerte de su joven compañera (dulce y melancólica figura que la Historia deja en indecisa penumbra) –dice el señor Gil Fortoul– le arroja al punto en un verdadero torbellino: viajes que duran tres años; al principio, la nostalgia del primer amor, nostalgia que a veces se convierte en desesperación; proyectos confusos; nuevas pasiones que se suceden, violentas y efímeras; al fin, el alto ideal que se apodera de su espíritu, arrastrándole a la lucha por la libertad de la patria.” Agrega el señor Gil Fortoul que fue tal la impresión dolorosa con que acariciaba el recuerdo de su mujer, “que llegó hasta desear sinceramente la muerte.” Y el mismo Bolívar decía en 1828, en Bucaramanga, a sus amigos: “Si no hubiera enviudado, quizá habría sido otra mi vida; no sería el general Bolívar ni el Libertador.” Y he aquí como aquella María T. Rodríguez, a quien conoció y con quien se casó en España –a Bilbao, mi pueblo, fue a verla en el otoño de 1801, esa dulce figura penumbrosa que desfila por la historia, fue la Aldonza Lorenzo de aquel Quijote americano, y cómo muerta ella, se le convirtió en Dulcinea, en la Gloria.

¿Y no es acaso quijotesco aquello que cuentan dijo Bolívar, a raíz del terremoto de Caracas, en 26 de marzo de 1812, cuando, atribuyéndolo un cura a azote de Dios irritado por haberse desconocido a Fernando VII, el ungido del Señor, el futuro Libertador, que se hallaba en la turba, entre las ruinas, desenvainando la espada y obligando a bajar de la mesa que le servía de púlpito al cura predicador, gritó: “¡Sí se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”? ¿Y no es quijotesco aquello que en 11 de agosto de 1826 decía a Gual, el plenipotenciario colombiano al Congreso proyectado de Tacubaya, continuación del de Panamá, de que promoviera la expedición libertadora a Cuba y Puerto Rico, para poder marchar luego con mayores fuerzas a España…, si para entonces no quieren la paz los españoles? A caso se habrían resuelto no pocas cosas si nos hubiera conquistado Bolívar; digo, a nosotros los españoles.

Todo esto es profundamente quijotesco; pero hay algo más que acerca a Bolívar a Don Quijote, otro de los tres insignes majaderos de la Historia. (¡Y qué gloriosa, qué divina es la majadería así!) Cuantos hayan leído el Quijote recordarán aquel melancólico capítulo LVIII de la Segunda parte, en que el Caballero encontró unas imágenes de relieve y entalladura para el retablo de una aldea y las reflexiones de triste desesperanza que ellas le sugieren. Aquello fue como el Huerto de los Olivos de Jesús, el otro de los tres insignes según Bolívar. ¿Y no están llenos los últimos años del Libertador de tristes reflexiones, en que el héroe parece repetir con Don Quijote: “No sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”? En aquellos tristes momentos, en aquellas horas de desaliento, propias de todos los verdaderamente grandes, creía haber arado en el mar y desconfiaba de los destinos de las nuevas naciones que con su espada y su fe separó de España.

Pero hay una frase profunda, profundísima, tal vez la frase más profunda que he leído de Bolívar –con frecuencia hay en sus frases célebres más retórica a la española que no otra cosa–, hay una frase que nos hace penetrar hasta el hondón del alma del héroe. Es cuando en 1824 escribía al marqués del Toro: “Entienda usted, mi querido marqués, que mis tristezas vienen de mi filosofía; y que yo soy más filósofo en la prosperidad que en el infortunio. Esto lo digo para que usted no crea que mi estado es triste, y mucho menos mi fortuna.” ¿No os dice nada esto del hombre triste en la prosperidad y triste por filosofía? ¿Llegaría Bolívar a sentir la angustia metafísica de todos los grandes, la terrible voz que surge del silencio de las eternas tinieblas y nos dice: “Y todo, ¿para qué?”

No olvidemos que había leído a Rousseau, el patriarca del pesimismo, y que los dos volúmenes del Contrato social que habían pertenecido a la biblioteca de Napoleón, y que el general inglés Roberto Wilson regaló al Libertador, solía llevarlos consigo, y los regaló, al morir, a la Universidad de Caracas.

A cada hombre puede juzgársele por sus lecturas favoritas. Don Quijote leía libros de caballería; Bolívar, a Rousseau, y San Martín apacentaba su espíritu con la lectura de Plutarco. Y el decir simplemente que aquél leía a Rousseau y éste a Plutarco dice tanto para los que a Plutarco y Rousseau conozcan, como cuantos paralelos entre uno y otro puedan trazarse y los que hayan trazado el venezolano Larrazábal y el argentino Mitre, y el del chileno Santa María, el que llamó a San Martín zorro y a Bolívar águila, paralelo este último que reproduce Gil Fortoul. El uno era rousseauniano; plutarquiano, el otro, diría yo. Y no se olvide que Rousseau, por su parte, era un admirador y un lector entusiasta de Plutarco. Los últimos momentos del gran Libertador son de tan intensa poesía como los últimos momentos del caballero manchego.

Poesía, sí; ésta es la palabra, poesía. Poesía, poesía es la que rezuma de la vida de Bolívar, como es poesía lo que rezuma de la historia de la emancipación de las repúblicas hispanoamericanas.

¡Gringos Go Home! ¡Libertad para los cuatro antiterroristas cubanos héroes de la Humanidad!

¡Bolívar y Chávez viven, la Lucha sigue!

¡Hasta la Victoria siempre!


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Manuel Taibo


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