Cuando lloran los pobres

Cuando lloran los pobres no vale el sol ni la luna, porque el calor de la luz o el frío de la noche, apenas si pueden mitigarles las lágrimas ante una sociedad que sólo los observa como simples marcos degradados de una vieja pintura, cuyo presente debe quedar en el pasado.

Cuando lloran los pobres hasta el llanto ha quedado enmudecido, porque las palabras también en su tristeza se han hundido entre las vísceras del dolor. De un dolor que yace arraigado con las manos mallugadas, la piel carcomida y los labios lacerados por el desprecio de viles e hipócritas seres, quienes pretendieron desde las alturas del poder, resolver una desigualdad social con mayor explotación humana cimentada en la franquicia del capitalismo.

Cuando lloran los pobres es porque ni siquiera pudieron encontrar en la tierra, el labrado de su dignidad humana. Apenas se les permitió en el rancho de albareque o de zinc, fundirse en un chinchorro con su mujer y sus hijos a cuestas, mientras el latifundista miraba alrededor las riquezas que pertenecían a su adinerada familia.

Cuando lloran los pobres los cerúleos del firmamento y del mar han desaparecido. Los pensamientos se han convertido en flores marchitas porque en los bosques talados de sus espacios se acabaron los frutos y los pozos de agua se secaron y subsumieron hasta sus corazones.

Cuando lloran los pobres la sabiduría del más sabio se ha convertido en ignorancia, porque semejante conocimiento no fue suficiente para desterrar con su teoría, las espinas del sufrimiento, los sentimientos de la exclusión y el envilecimiento de las clases sociales.

Cuando lloran los pobres es porque la educación de nada ha servido. La escuela sólo fue lápiz y cuaderno. Tiza y borrador. Y la educación de nada sirvió porque siempre fue estulticia. Se apartó de la valoración del ser, de su identidad, de su idiosincrasia, de sus raíces culturales. La escuela dejó de ser escuela para convertirse en la empresa del “saber”, sin llegar a saber del porqué del origen de la pobreza.

Cuando lloran los pobres es porque los Estados y gobiernos del mundo han preferido en el medio de sus demandas de poder la industria de la guerra sobre los sentimientos de la paz. Los pobres lloran porque han sido condenados a esa vida, a pesar de que fueron ellos, quienes dirigidos por otros, dejaron vertida la sangre de pueblos enteros por vencer las crápulas ignominiosas que les hicieron esclavos.

Cuando lloran los pobres, las grandes urbes quedan reprimidas desde sus periferias. Irónicamente, “los seres felices sin pobreza”, esos “amos del valle” están cubiertos por esas lágrimas, por el sufrimiento de la madre que no logra consolar a sus pequeños ante las desgracias incólumes del hambre, por el arraigo de un padre que barbado yace desconsolado por la frustración de enfrentarse ante un “futuro” sin porvenir.

Cuando lloran los pobres es porque el odio, la venganza, la represión y la muerte siempre han asechado sobre los rostros de la humanidad. De una humanidad que no es tal, porque sus valores han sido desplazados por los valores efímeros de grupos conclusivos movidos por sus etiquetas, por sus fuerzas, por sus “estudios”, por sus posesiones, por el poder que han alcanzado desde la insidia y el desamparo de sus semejantes.

Cuando lloran los pobres es porque la pobreza política, intelectual, religiosa, económica, social, ética y moral no ha comprendido que los valores de solidaridad y reciprocidad, así como los sentimientos de amor en búsqueda de la eudaimonía sólo pueden lograrse cuando desterremos de nosotros la principal pobreza: La Pobreza del Ser.



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Javier Antonio Vivas Santana

Lic. en Educación en las menciones de Ciencias Sociales y Lengua (UNA) Maestría en Educación mención Enseñanza del Castellano (UDO) Dr. en Educación (UPEL) Profesor de la Misión Sucre (2003 -2012)

 jvivassantana@gmail.com      @jvivassantana

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