Murió el hombre más vergatario de la bolita del mundo

Que más quisiera yo sino sintetizar y graficar en unas líneas, desde el punto de vista literario e intelectual, de manera densa, profunda, lo que fue y significó Chávez y su obra, sobre todo en la vida de los venezolanos; un gigante como él se lo merece. Hablamos del máximo jefe de revolución bolivariana, del Presidente de la dignidad y de la integración; de un líder continental, del héroe de la reciente independencia de Venezuela, de nuestro segundo Libertador, de otro prócer de la Patria, de un ser humano que trascendió y se hizo inmortal y eterno.

Por mi madre que lo intenté, me lo tracé como reto, pero... después de haber escuchado y leído tantas opiniones y tuits verdaderamente brillantes, excepcionales, insuperables, que le atizan a uno esa aflicción contenida en la garganta, a mí lo que me brotó fue el “maracuchismo” natural de los nativos de esta tierra cuando se les “tupe la cabeza” y sólo me vino a la mente: “se murió el hombre más vergatario de la bolita del mundo”. Un coloquialismo que tampoco debemos desmeritar porque realmente se dice de corazón para expresar que alguien o algo es lo máximo. Aunque en el fondo me consuela pensar que no hay ni habrá palabras en la vida que definan en toda su inmensidad a un ser humano tan sublime como el comandante Chávez. Siempre faltará algo por decir de la gesta de ese combatiente invencible.

Yo he padecido una particularidad que conspira en contra de mi como periodista: “juego miedo”: Si redacto por satisfacción, por matar el tiempo, sin pensar en el ojo escrutador del lector, de pronto me sale bien, pero si me lo trazo de meta consciente de lo trascendental del caso, de lo que significa escribir, por ejemplo, acerca de ese grande hombre de la historia de Venezuela, corro el riesgo de que mi mente se encapote y se ponga cual cielo espeso y oscuro, crispado y estruendoso anunciando una tarde de lluvia. A veces no logro pensar ni una sola idea y entonces me presiono, me aterro, me lleno de impotencia. No se si esto le ocurre a otros redactores.

Ahora mismo me sucede. Tantas virtudes, tantos ejemplos, tantas enseñanzas, tanto consejos, tantas cosas que destacar de Chávez, pero a la cabeza me llegan todas sueltas, desconectadas, para colmo, de sopetón. Y cuando me planteo organizarlas y darles coherencia, me veo como resolviendo un sancocho de letras en el que busco desesperado formar palabras, frases, oraciones con sentido que permitan concretar ideas claras, pero de repente se me vuelven a revolver en la cabeza y mi mente queda de nuevo congestionada y oscura.

Creo, por consiguiente, que debo relajarme, tranquilizarme, inhibirme del mundo exterior y pensar y analizar que todo el accionar de Chávez esta interconectado entre sí, y no aludo a su proyecto político revolucionario que, obviamente, es un programa coherente que a Dios gracias tuvo el placer de aplicar y que nosotros podemos verlo, sentirlo, vivirlo con las misiones sociales, obras de infraestructura, relaciones diplomáticas… una articulada gestión que evidentemente fueron mejorando la calidad de vida de los venezolanos.

Me refiero a Chávez como ser humano. A ese halo conector que poseía, que lo comunicaba espiritualmente a su pueblo heroico, y que en estos momentos me está llegando de repente a la memoria en una sola palabra de cuatro letras: Amor. Sí, ese nimbo enlazante de Chávez con sus semejantes se llama amor.

La vida y el andar del comandante se caracterizaron por el amor, un amor puro y sincero, que le afloraba en su piel, que reflejaba en cada sonrisa, en cada mirada y que la gente, principalmente los más pobres, percibían y le retribuían con más amor. Amor con amor se paga.

Por eso, el beso al niño o a la niña, al ancianito o a la ancianita, el estrechón de manos al obrero o a la obrera, al profesional; el abrazo efusivo al más desvalido, siempre llegaron a lo más profundo del corazón de este pueblo que lo quiere, lo admira, lo respeta y llora sin consuelo su desgarradora partida.

Cómo no llorar a un líder que ofrendó su vida por el bienestar de este pueblo. Como no llorar a un incanzable luchador que cuando uno lo miraba veía era al padre, al hijo, al hermano, al primo, al amigo, al pana, al compañero, al camarada, al revolucionario.

¿Quién puede evitar llorar a un Presidente que regresó de Cuba a costa de su propia salud, para dar las últimas instrucciones que garantizaran aún sin él, el curso del proceso revolucionario y la paz y la tranquilidad de la población?

Quizás si Chávez no hace la campaña presidencial todavía estuviera vivo impartiendo sus enseñanzas, pero no, asumió la candidatura pese a los riesgos. Decidió -como hacen esos hombres que dice Neruda nacen cada cien años cuando despierta el pueblo- inmolarse por la Patria nueva y eso llega, arruga el alma, pone el corazón como una pasita, duele y ese dolor se desborda en lágrimas incontenibles.

A los que celebraron y celebran su muerte les advierto que apenas la gente seque la aflicción de sus ojos, ese amor infinito que siente por él, se convertirá en más revolución, una revolución inmensa, sin retorno, más grande que la bolita del mundo y que continuará con Nicolás Maduro presidente.

¡Viva Chávez por siempre!



albemor60@hotmail.com

@AlberMoran




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Alberto Morán


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