Rompieron en pedacitos la ilusión que tenía de ir a ella para aprender muchas cosas, necesitaba que me ayudaran a saber más, ya conocía algunas letras y oía las palabras, pero cómo se escribían no lo sabía, me imaginaba que sería divertido construir palabras con letras que tenían sonidos. Hablaban de la escuela y los niños iban por la calle vestidos igualitos y en una misma dirección; les habían comprado libros y cuadernos que olían a escuela (Esto lo supe después). Quería ir como ellos. Finalmente mi madre dijo que ya estaba en edad, me inscribieron y la señorita me dio un beso.
El corazón me saltaba, pasé la noche soñando más que durmiendo. Es que la escuela, para un niño, es como el nirvana o el paraíso donde lo que quieres saber tiene respuesta. Uno se imagina el conocimiento de otra forma…
Llegué entre asustado y ansioso, lleno de curiosidad y dispuesto. Me mandaron a hacer una fila y estaba de primerito, era el más bajito, luego entramos a un salón que me pareció enorme, lleno de pupitres alineados uno tras otro y nos sentaron. Qué espera… pronto empezaría a aprender; pasaron la lista comenzando con el apellido y ahí estaba yo. Ese primer día fue fantástico, también lo fueron los siguientes, hasta que se le fueron cayendo las letras al cartel de fantástico. Todos los días lo mismo, ir, hacer la fila, sentarse en el pupitre y repetir lo que decía la maestra; no podías pararte, ni hablar, mucho menos salirte del salón. Ya empezaba a picarme la nariz, los pies, me picaba la lengua con ganas de hablar y la maestra sin enseñarme lo que yo quería, era lo que ella quería… pe a pa, pe e pe, pu u pu pupu… y me regañaron por grosero.
Nunca, nunca me llegaron a enseñar lo que quería, no sé lo que quería, pero sí que nunca me lo enseñaron, lo sé porque lo he sentido o más bien, porque no lo he sentido. La escuela se transformó en una obligación para llegar a ser algo que no era y que nunca supe que sería, ni para qué. Mi madre quería que fuera doctor, una tía decía que estudiara para ingeniero, pero en la escuela no me enseñaban nada de doctor, ni de ingeniero; la maestra me enseñaba lo que ella quería, sumar, restar, multiplicar, dividir; no sé para qué… dígame multiplicar con dos cifras o con tres y dividir con decimales –el fastidio en superlativo – ¡ay! los conjuntos, polinomios, hipotenusas, fracciones, catetos, pi, monocotiledoneas, raíz cuadrada, raíz cúbica, v=e/t. Vaya ensalada de recuerdos inconexos, fragmentos de una historia olvidada. Recuerdo las anécdotas, las vivencias; esas cosas que fueron armando lo que soy.
¿Mis maestras habrán logrado descubrir lo inútil de sus fastidiosas cantaletas?
Creo que ellas lo hacían porque les pagaban y con esos reales medio hacían lo que creían querer. Algunas, quizás lograron convencerse de que eran formadoras de muchachos y muchachas para el futuro, “para lo grande”. Una entelequia que no logra explicarse sin acudir a algún gastado clisé. Pero eso por lo menos, les hacía sentir bien. Que consuelo.
La escuela, el reino de la ignorancia ilustrada, donde un ciego conduce a un sin luz al barranco, debe ser cambiada.
Que necesaria es la escuela que fundada sobre la vida, educa para ella, enseña desde ella, profundiza en sus incógnitas y busca respuestas convocando el interés de quienes se educan y de quienes asumen la tarea de mostrar el camino, no como un tormento de sangre y fastidio general, sino como una aventura de descubrir, redescubrir y formarse; en un hacer cuyo transito explica y promueve una teoría inolvidable que se transforma en vida, en práctica transformadora para vivir bien.
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