La Librería Historia como un viaje al pasado

Hoy me llegan recuerdos hermosos, de mi estancia en Caracas en los años 70, cuando llegue a esa urbe que era Caracas en esos años de mozo, gracias a la ayuda de mi hermano, José Geraldo y conocí a sus amigos los hermanos Castellanos, yo un joven que empieza a ganarse la vida trabajando como aprendiz de librero, junto a los dueños también andinos de Santa Ana de Trujillo. Los hermanos Castellanos. Rafael Ramón y Jonás. En aquel lugar fue mi gran contacto con el mundo intelectual y cultural. La Librería Historia, sitio de encuentro de la intelectualidad caraqueña de esa época, gracias a Rafael Ramón Castellanos Villegas historiador, crítico de literatura e historia, biógrafo, ensayista, filósofo, periodista, pulpero – director de la Gran Pulpería de Libros Venezolanos, Presidente de la Asociación de Periodistas de Opinión de Venezuela (APOV) desde 1988.

Trabaje en la librería como ayudante de librero, me ayudo a guiarme como lector y conocedor del mundo del libro más su gran amistad. Hoy en día Don Rafael Ramón Castellano ya entrado en años, sigue como librero, en la Gran Pulpería del Libro en Sabana Grande, hombre de una vasta cultura, humilde como somos los andinos, escritor que para la época estaba escribiendo la vida y obra de Don Rufino Blanco Fombona, me acuerdo que me dijo Guerrerito venga conmigo al fondo de la librería, me encomendó a abrir dos baúles de los viejos de cuero, ya presentando el correr del tiempo de lo usado y polvorientos, que contenían las cartas que escribía y recibía Don Rufino desde todo el mundo, ordenándolas por fechas.

Como era sitio de encuentro de la intelectualidad, allí llegaban políticos y escritores, de la talla de Ramón J. Velásquez, José Vicente Rangel, Rafael Garmendia, Arturo Uslar Prieti, Gustavo Pereira, Guillermo Morón, Argenis Rodríguez, Juan Liscano, pintores como Cruz Diez, Jesús Soto, Alirio Palacios y otros. Todos los mediodías salía rumbo a la famosa casa del espaguetis esquina Piñango de la Avenida Baralt cerca de Miraflores a almorzar un manchado, o pasta larga con un bistec que era tan fino que se veía pal otro lado, je, je, con pan francés y refresco, a veces me acompañaba mi hermano mayor Juan de Mata, para la cena iba a un restaurante de unos chinos que quedaba frente al Liceo Fermín Toro a tomar atol de avena. Me acuerdo que me aprendí algo de la biografía de Rufino Blanco Fombona caraqueño nacido en 1874 y fallece en Buenos Aires, 1944. Escritor y diplomático, una de las figuras más destacadas del modernismo de nuestro país, educado en Estados Unidos, marcado por las principales corrientes como el naturalismo, realismo, positivismo, escribió poesía, prosas, novelas y ensayos donde trataba de reivindicar una trasformación de nuestras ideas publicó El hombre de hierro (1907) y otras obras.

Tuve el privilegio de abrir, leer, las cartas, oficios y documentos de Don Rufino. En esa Librería Historia, que quedaba justo frente al antiguo Congreso Nacional, hoy día Asamblea Nacional, fue donde tuve mis primeros contactos de ojear, leer los libros escritos por ese gran cumanés como lo fue José Antonio Ramos Sucre, poeta, educador y diplomático, descendiente del Gran Mariscal de Ayacucho, considerado por unos como el gran poeta que ha parido esta tierra, otros lo tildan como el poeta maldito. La azarosa vida sólo le permitió escribir La torre de Timón (1925), que a su vez incluye sus dos obras anteriores: Trizas de papel (1921) y Sobre las huellas de Humboldt, El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929). y por supuesto, escribió cientos de poemas, cartas y traducciones, que sabiamente la Biblioteca Ayacucho recoge en el libro "Obra Completa". Sus libros los leí en esos años mozos, ahora lo estoy releyendo: “Los críticos de su época lo habían definido como un poeta cerebral, impermeable a las respiraciones de la vida, y por tanto, condenado a la creación de paisajes irreales o abstractos. Sus textos permitían adivinar, sin embargo, detrás de un sutil enmascaramiento, una historia de soledad, neurosis y desinteligencia con el medio" (Martínez, Tomás Eloy, José Antonio Ramos Sucre. Caracas, Poseidón Editores, 1980).

Él escribía en Elogio de la soledad de 1925: "...Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados por el progreso...".

El amigo José Portillo en unos de sus escritos dijo: “A inicios del año pasado (2012), como en un viaje al pasado visitamos Sinforiano y quien escribe lo que queda de la vieja Librería Historia. Nos recibe Jonás Castellanos, librero. Fue esa misma tarde que Sinforiano me cuenta su último encuentro con Argenis Rodríguez: en una cervecería de La Candelaria. Iba Argenis a la Librería Historia en busca de sus amados libros y en busca de uno que otro trago para sobrevivir una tarde más, una noche más. Y fue en esos meses (de 2012) cuando comencé a leer a Ramos Sucre y a quemar mis últimas tontas esperanzas en su narrativa. Luego de leer al poeta y luego de leer El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, ya nada fue igual. O mejor dicho, me he quedado con lo esencial: la ponzoña en el alma de la cual nos hablaba Argenis en algunos de sus escritos. La misma de la cual nos habla Sant Roz en su artículo "Tener conciencia centuplica por mil el horror de la existencia".

Guillermo Morón nos dice que: “No es un oficio cualquiera el librero. Por el contrario, se trata de un oficio complejo, difícil, terco, al cual es necesario (me parece) dedicarle la vida. El librero necesita, en primer lugar, una ilimitada pasión y en segundo término una cultura sin límites. El librero siente el tumulto de los libros en sus estantes y, al mismo tiempo, el olor de cada libro. El librero selecciona con pasión éste y aquel libro, lo manosea, lo prueba al hojearlo y ojearlo, lo huele y lo acomoda cuidadosamente. Como el librero Luis Bardón Mesa, quien en su librería de viejo en la Plaza de San Martín, en Madrid, me mostró el único ejemplar de la edición del Quijote de 1647 y me lo traje para la edición facsimilar, muy “donosamente ilustrada” por Maestros Venezolanos, de 1992, y el otro en la Calle León, Madrid de los Austria, donde se encuentra la Real Academia de la Historia, a quien le compré un Diógenes Laercio traducido directamente del griego y editado en 1914.

Un librero puede ser filósofo como el de la novela Ella que todo lo tuvo, o historiador como mi amigo Don Rafael Ramón Castellanos, en su bien ordenado laberinto llamado La pulpería del libro. Lo traigo a esta página porque en mayo de 1970, en Bogotá, me dedico su libro Rufino Blanco Fombona y sus coterráneos. Es librero y biógrafo en su obra fuera de pote Rufino Blanco Fombona – Ensayo bibliográfico (Ediciones del Congreso de la República, Caracas 1975, 514 págs. 21 cm.).”

Quiero expresar el cariño y gran aprecio al gran maestro y amigo Don Rafael Ramón Castellano Villegas, sin esa oportunidad de aprendizaje me abrió camino en el trajinar de colaborador y articulista de varios periódicos de la región, así como de varias páginas de internet, como lo son www.ensartaos.com.ve y www.aporrea.org.

Viviremos y venceremos

Lealtad por siempre

sguerrerolobo@hotmail.com



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Sinforiano Guerrero


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