El pueblo se equivoca

Muchos piensan que si el pueblo lo decide, bien decidido está. El pueblo nunca se equivoca es la otra forma de esta conseja. La práctica, a través de la historia, nos dice sin embargo todo lo contrario: El pueblo sí se equivoca, y lo hace con frecuencia, sobre todo en los momentos de elegir sus líderes o conductores. Se equivocó el pueblo alemán que eligió a Hitler y lo llevó a las más altas esferas del poder. Se equivocan constantemente los pueblos en la selección de sus gobernantes. Los venezolanos en diciembre de 1988 aclamaron a Carlos Andrés Pérez y pocas semanas después lo rechazaban con violencia.

Pero. ¿En dónde radica la equivocación? No puede ser equivocada la decisión que señala públicamente al líder, dirigente o adalid, pues ésta es una cuestión afectiva; es un sentimiento que impulsa a la gente a creer en determinada persona, a la que se conoce, se ha visto o nos ha sido referida por otros en tal forma que convence como alguien en quien se puede confiar, a quien se estima, se respeta, se admira y se sigue. Mientras más intensos y más extendidos estos sentimientos, mayor es la relación afectiva que se establece con el líder, mayor se hace su liderazgo y mayor el grado de dependencia que genera en sus seguidores.

En todo liderazgo existe cierta dependencia afectiva e intelectual, que produce la existencia de un importante grado de autoridad del líder. Es el liderazgo de un profesor sobre sus discípulos, de un padre sobre sus hijos, del médico del pueblo en relación con los habitantes del mismo, del cura de la iglesia con sus feligreses, del entrenador con sus discípulos. Son liderazgos naturales, que se dan en todo grupo humano y que son parte del funcionamiento social cotidiano. No son relaciones que involucran el binomio de poder y sumisión, ni tampoco están al servicio de propósitos distintos de los que se generan en la relación cotidiana.

Si bien no puede existir equivocación sobre la existencia de la relación afectiva con el líder, si puede haber equivocación en torno a la percepción de sus cualidades, sus conocimientos, sus sentimientos, sus pareceres y sus prácticas. Un médico puede tener un liderazgo y no ser necesariamente buen médico; lo mismo puede ocurrir en todos los otros casos de liderazgo y principalmente en el liderazgo político, pues éste involucra en esencia una relación de poder, en la que el líder, al controlar los recursos del Estado, se separa de la sociedad y se coloca por encima de quienes lo eligieron y decide en función de sus intereses y los de su grupo y no de sus seguidores.

La mayor perversión ocurre cuando el líder hace uso de su liderazgo sólo para mantener su condición de líder, pues en ese momento pasa a un segundo plano el bienestar de la sociedad para dar paso al continuismo personalista o grupal. El poder deja de ser un medio para trabajar por el bienestar de la nación y se transforma en un fin en sí mismo.


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Luis Fuenmayor Toro


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