De Juan Peña, Rosales a Carpiles

“Demóstenes comía arena. Shakespeare era un pilluelo”.

De esa manera hablaba el pueblo caraqueño, de Juan Peña, el personaje del “Niño del Diente Roto”, de Pedro Emilio Coll, de los introductores del Modernismo en la literatura venezolana.

El carajito fue una verdadera ladilla. No había vecino sin una queja por sus travesuras y jodiendas. Un buen día, alguien le rompió un diente de una pedrada. Aquello le volvió taciturno, tanto que sus padres hubieron de llamar al médico.

“Su hijo de usted”, dijo el galeno, “sufre de lo que llamamos mal de pensar. Es un filósofo precoz, un genio tal vez.”

A partir de aquel accidente, se dedicó sólo a jorungarse allí con la lengua, y por opinión de la “ciencia”, repetida en cada esquina, le vieron como sabio y pensador profundo. Hasta su maestro, quien le tenía por idiota, quedó atrapado en aquella singular matriz.

Por jorungarse el diente, sin aprender nada, ni siquiera a hacer trampas, casi llega a presidente de la República.

Manuel Rosales, es lo contrario de Juan Peña, no pierde el tiempo jorungándose los dientes y es tan jodedor y chanchullero como cuando niño. Aprendió cosas sórdidas, de esas que no vienen en libros, a los cuales es alérgico, pero le dieron buen arsenal para abrirse “un camino” en pozo de caimanes. Al contrario de Juan Peña, es locuaz, audaz y desarrapado intelectualmente, lo que le enorgullece.

Cuando ubicó a Voltaire, Rousseau o Montesquieu, antes de Cristo, dejó al entrevistador sin aire, y salió de allí campante sin importarle un pito lo dicho. Se conformó con pensar que para algún sector “se la había comido”, “pues hablé como los intelectuales”. Sospechaba que la había puesto, pero feliz porque fue una postura suya y hasta audaz, lo supo por la sorpresa que denunciaron rostro y gestualizaciòn de Carlos Croes, quien le entrevistaba.

Capriles es otra cosa. Su sonrisa “no es de y loco”, pero ella, sus juicios y opiniones, no tienen esa pertenencia que exhibe Rosales. En verdad es algo discreto o poco locuaz; sus discursos son breves como Carmona, no callado como Juan Peña; pero sí, como éste, nada piensa o por lo menos no mucho.

Rosales siente placer en decir lo que dice; sus enredos o dislates suyos son y por eso los goza.

Capriles apenas es un aparato fonador prestado para reproducir lo que otros mal piensan, aunque allá dentro, eso que llaman “instinto o simple lógica clasista” le dicta. Por eso, es triste y lánguido, cual hombre de hojalata.


damas.eligio@gmail.com


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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