El sueño y la pesadilla

Vimos en el primer capítulo una breve semblanza de Danilo, la presión que ejerce su esposa para que salga de Cuba, el duro debate de su conciencia y los recuerdos felices de su juventud. Antes de regresar al personaje central de la novela, veamos en este otro capítulo lo que sucede en Nueva York.

Grato sueño para unos, pesadilla para otros.

CAPÍTULO 2: EL SUEÑO Y LA PESADILLA  

La siniestra fantasía

Un hombre alto y robusto de cabello rojizo y mirada feroz, que tiene los brazos cubiertos de brillantes tatuajes, está  parado en la sala de un apartamento de Nueva York y mira, a través de la ventana, los copos de nieve que caen sobre las ramas deshojadas de los árboles y los coches que transitan por la autopista que bordea el río. Una espesa niebla cubre las pequeñas lomas que están del otro lado del río. El cielo rosado anuncia la primera nevada del año.

En el propio apartamento en que el hombre de los tatuajes contempla la frigidez del invierno, otro hombre, joven también, de barba y cabellos claros, coloca sobre la mesa del comedor tres bolsas plásticas que contienen un polvo desgranado y blancuzco, y un recipiente de cristal de unos siete centímetros de ancho y quince de alto, lleno de cloro hasta la mitad.

En un rincón del comedor, un jovencito le da candela con una fosforera a una pequeña piedra carmelita oscura que está dentro de una pipa de cristal resistente. La piedra se derrite un poco y el jovencito absorbe el humo, mirando hacia el techo y poniendo los ojos en blanco.

Tres mujeres están sentadas en un sofá. Una de ellas levanta de la mesa de centro un pequeño plato de porcelana en que hay un cuarto de onza del polvo desgranado y blancuzco, toma un fino sorbete de cristal, se lo introduce en una de sus fosas nasales, sitúa el otro extremo del sorbete en un borde del polvo y lo inhala, Lo vuelve a hacer dos veces más y les pasa el pequeño plato a las otras dos mujeres que, a su vez, hacen lo mismo.

Un hombre de tez acanelada está fumando un fino cigarrillo del que absorbe el humo con fuerza, haciendo un sonido peculiar con la boca. El humo se esparce por la sala e impregna el ambiente de un raro aroma. Junto a él, sobre una mesa de chinesco perfil, hay una botella de aguardiente con sabor a anís.

Aunque el barómetro ha descendido casi al grado de congelación, la calefacción a vapor mantiene la vivienda en un clima de cálida primavera, que les permite a todos estar allí con ropas ligeras.

El apartamento es amplio, aunque modesto. Los muebles, los cuadros y los adornos son mediocres, algunos de mal gusto. No hay un solo libro, ni siquiera un periódico.

El hombre de cabellos claros que está ante la mesa, abre una de las bolsas plásticas, toma un poco del polvo blancuzco con el índice y el pulgar de su mano derecha y lo lanza dentro del frasco del cloro. Más de la mitad del polvo se hunde hasta el fondo y se disuelve. El hombre va a la cocina, echa el cloro en el fregadero, lava el frasco con agua fresca, lo seca con una toalla, lo vuelve a llenar de cloro hasta la mitad, regresa al comedor y lo coloca sobre la mesa. Abre la segunda bolsa plástica, pellizca el polvo blancuzco y lo lanza en el frasco del cloro. Otra vez, más de la mitad del polvo se hunde con rapidez hasta el fondo y se disuelve. El hombre vuelve a hacer lo mismo por tercera vez con la otra bolsa y obtiene el propio resultado.

--Shit! (1) --exclama el hombre, entre dientes, abriendo un poco más los ojos y apretando los labios--.

El hombre saca un plato caliente, lo coloca en la mesa, le conecta a un costado un termómetro eléctrico e introduce el  cordón del plato en un tomacorriente que está en una pared. Toma, entonces, una lámina de cristal resistente, le coloca encima un poco del polvo blancuzco que se halla en la primera bolsa plástica, pone la lámina, suavemente, sobre el plato caliente y sube el control de temperatura a su punto más alto. El polvo empieza a ponerse de color café cuando la temperatura aún no ha llegado a los 90 grados centígrados. A los 100 grados, el polvo se convierte en una burbuja color café; a los 110, se ha quemado totalmente, dejando un residuo de ceniza negra.

El hombre hace lo mismo con el polvo de las otras bolsas, que se convierte, también, en ceniza negra al llegar al mismo grado.  El hombre mueve con furia los brazos y, con el acento de la escoria peor, el "white trailer trash", exclama:

--Fokin bullshit! I kill da moderfuckers, I skindem alive, I scrag da fokin Dominicans, dere all da same, dees foking stof is less dan 30%! Less go! (2) 

LA SENTENCIA

El hombre de cabello rojizo que ha estado mirando desde la ventana los copos de nieve caer sobre los árboles desnudos, entra a una habitación, abre una gaveta, y saca una subametralladora UZI y un silenciador. Se guarda varios peines de balas en un bolsillo y va al comedor con el arma en una mano, apuntando hacia el techo. Mira al hombre del aguardiente anisado y al jovencito de la pipa de cristal y exclama:

--C'mon, less gerem (3)

Una de las mujeres que está sentada en el sofá  da un salto, se pone de pie, avanza sobre el hombre de la UZI con intensa furia y grita:

--¡No, mi hermanito no va! Don't get my little brother involved in that! (4)

El hombre de la UZI mira a la mujer con furia y, con el propio acento, exclama:

--Getta fok outa my way, beech! (5)

La mujer levanta un puño y le da un fuerte golpe al hombre en el pecho. El hombre coge la mano de la mujer con sus toscas manazas y se la va a torcer con toda fuerza, fracturándole de seguro la muñeca; pero, de pronto, baja la cabeza, sonríe y, con el peor acento que el idioma castellano pueda resistir, dice:

--No hay pro. Pa' dasle guiso a eso' plátano' no hace falta tu bróder. Vamo', Jairo --añade, mirando al hombre del aguardiente anisado--.

--Ya esos manes están cargando lápida en el pecho, cuñas --dice Jairo, el hombre de tez acanelada--. Tengo mi changón allá abajo. ¿Cuántos muñecos son?

--Dúo --responde Guille, el hombre del cabello rojizo que miraba por la ventana, levantando dos dedos--.

--Ma'be three (6) --añade Bob, el hombre de cabellos claros que había puesto sobre la mesa las bolsas de polvo blancuzco, cocaína--.

--We gotta get Boloña, Pulule an’ Cebolla --dice Guille, con el propio acento de Bob--. Dei most be at da Blue Mirror nou. Less go, Bobby. C'mon, Jairo (7). ¡Vaaaaamo’, coooooño! --añade, gesticulando con ambas manos--.

Los tres hombres bajan la escalera del edificio hasta llegar a un apartamento del primer piso, del que Jairo saca una escopeta recortada de dos cañones y una pequeña caja con unos veinte cartuchos, que introduce en una bolsa plástica.

Caminan una cuadra, por Riverside Drive, bajo los copos de nieve que ahora caen con menos fuerza y la niebla que es aún algo espesa, y se montan en un Hummer, un tipo de vehículo alto y cuadrado, con llantas de avión, que más parece un tanque de guerra que un coche de pasajeros y que, por lo general, usan aquéllos que quieren dar la impresión de que son más "fuertes" de lo que realmente son. Guille tiene la UZI oculta bajo su abrigo.

Unos minutos después, el Hummer se detiene frente a un bar de Broadway, entre las Calles 135 y 136, cuya fachada de cristales está iluminada por una tenue luz azul.

Guille se baja, con toda rapidez, entra al bar, va al fondo, se acerca a una mesa y le dice a los tres hombres que están allí bebiendo, oliendo el propio polvo blancuzco delante de todos y oyendo una música estridente que sale de una vitrola que está junto a ellos:

--Hay que dasle guiso e'ta mi'ma noche a El Cibaeño y a El Negrito del Batey. Hay do' luca' pa' cada loco --dice Guille--.

--¡Bangán! --exclama Pulule, mirando a sus dos amigos, que asienten con la cabeza--

Los cuatro hombres suben al Hummer y Jairo lo conduce por Broadway hacia el norte.

 

LAS VÍCTIMAS

Mientras los seis hombres se dirigen al oscuro edificio en que vive Pulule en el Harlem hispano para ir, después, al barrio Washington Heights, al norte de Manhattan, centro de la metrópolis, el jovencito de la pipa de cristal y las tres mujeres que se han quedado en el apartamento sostienen un animado coloquio.   

--Tú no te metas en la vuelta del guiso ése, mi hermanito --dice Natalia, la hermana mayor, la que le había dado un golpe en el pecho a Guille, su marido--. Mami y papi vienen pasado mañana y Rosemary, Guille, Jairo y yo vamos a esperarlos a los cayos de la Florida.

--Bueno y ¿por qué ellos no vienen en avión, dentro de la ley?

--Porque papi es miembro prominente del partido y no le dan entrada aquí.

--Bueno, pero nosotros podemos ir allá –dice el jovencito--.

--Si vamos, van a querer que vayamos todos los años y lo que hay que hacer es sacarlos de allá –dice Natalia--. Por eso es que no hemos ido en todo este tiempo. para obligarlos a que vengan. 

--Pero papi es patria o muerte, Nati, no va a venir.

--Papi ya está viejo, quiere muchísimo a mami y no puede vivir sin ella, me la juego al canelo a que viene… pero ahora sabrá Dios si con esto que va a pasar esta noche todo se complique y no podamos ir a los cayos.

--¿Y qué va a pasar esta noche? --dice el jovencito, sin dejar de absorber el humo de la piedra que ya casi ni se ve en la pipa de cristal--.

--Unos dominicanos ahí nos vendieron un perico que está fu y se los van a echar al pico. Lo de siempre. Tú no te metas en nada de eso, tú eres muy joven todavía.

--Lo mío es la piedra na’ más, Nati, yo no creo en el guiso.

--Do whatever you feel happy with (8) --interviene Nancy, la otra hermana, cuyo verdadero nombre es Gabriela, pero se lo cambió, legalmente, al casarse con el estadounidense Bob, el hombre de claros cabellos que comprobaba la calidad de la cocaína sobre la mesa del comedor, y jamás ha vuelto a hablar en español--.

--No, Danilito --dice Rosa María, la otra hermana, esposa del colombiano Jairo--.  Ten cuidado, tú eres un sardino todavía... dale suave.

--¡No, qué sardino ni sardino, yo soy un man! Tengo 21 abriles y camello como un buey.

--Sí, pero dale suave a eso, mi hermanito --exclama Natalia--.

--Bueno... ¡ustedes huelen perico! ¿No? Déjenme arrebatarme con esta piedra que la compré con mi estilla.

--Bueno, Rosita, vamos a buscar a los niños --dice Natalia y los cuatro hermanos van a un apartamento interior del mismo piso en que una señora mayor cuida a los dos hijos de Natalia y a las dos hijas de Rosa María, mientras ellos usan drogas en el apartamento que da a Riverside Drive, en el que viven Guille y Natalia--.                

Al poco rato regresan al apartamento con los niños y los acuestan. En los tersos rostros de las hermanas, demacrados por las malas noches, se refleja la honda preocupación que les causa lo que les pueda suceder a sus maridos en la violenta acción que van a ejecutar en esta noche de niebla rojiza y frágiles copos de nieve.

LA YUMA

El Hummer se ha detenido ante una discoteca latina en la Calle 179 y Saint Nicholas. La nieve se ha convertido en lluvia ligera y el escaso hielo que se había acumulado en los bordes de las aceras se ha derretido y forma pequeños riachuelos que desaparecen en los tragantes.

--Deris a dude here who nou uer da moderfokers are (9) –dice Guille, mirando hacia la entrada de la discoteca--.

Bob, Guille, Pulule y Boloña entran en la discoteca y salen veinte minutos después.

--Less go! --exclama Guille al entrar al Hummer--. We nou uer deiar (10)

--Caballero', en la yuma con la e'tilla y el perico canta, vaya, ha'ta un mudo --dice Boloña--. El que echó pa'lante a lo' dominicano' e' un parna de ello' y por tre' onza de perico na' má'. Y del mi'mo que le vendieron a Guille, o sea jiña. ¡Cooooosa má' grande! La Yuma e' bille y perico na' má'.

EL ÁRBITRO DEL FUEGO Y EL FRÍO

Media hora después, los seis hombres llegan a un edificio cuya fachada se ve ennegrecida por una gruesa costra de hollín y grasa.

En unos escalones que conducen a la entrada, hay hombres de rostros feroces y mujeres con vestidos de intensos colores, abrigos viejos y cabellos ralos, oscuros y revueltos, que miran con hosca expresión. Todo lo que se ve alrededor es sucio, mísero, deprimente: las personas, los edificios, las calles, los comercios... todo. Se ven unos automóviles muy viejos, sin pintura y cubiertos de moho, y unos muebles rotos al lado de un coche sin puertas ni llantas. Las pocas luces que salen de las ventanas emiten reflejos mortecinos. Todo es antro, aversión, desaseo.

Junto a una ventana de un quinto piso que da a la calle hay un hombre pequeño y grueso que está sentado en una silla desfondada debajo de la cual un perro tuerto, cojo y sucio se rasca las pulgas que le tupen los oídos. El hombre viste un pantalón de pijama manchado de orina y una camiseta con huecos y manchas de frijoles negros y salsa de tomate. Cada vez que termina de beber una pequeña botella de cerveza de boca ancha, la lanza por la ventana al vacío. Aunque hay varias personas caminando por la acera, no le prestan atención a los envases voladores que se revientan contra el piso, esparciendo sus cristales en todas direcciones.

No se trata de personas pobres ni obreros, sino escoria. Aquí está la hez. Los que acaban de llegar en el Hummer pertenecen a la chusma de la droga y tienen dinero, a veces mucho dinero; pero ésta es la chusma con hambre, la que ha llegado al fondo del barril, la que está por debajo de todos los niveles.

Aquí no hay obreros, sino vagancia. La lucha no es de clases, sino de fieras. No se odia al que explota el trabajo, sino al trabajo. No se le teme a la muerte, sino a la vida. Las viviendas no son hogares, sino trincheras. La conciencia está en el estómago, la piel, las uñas, los colmillos.

Sobreviven bebiendo aguardiente del peor y fumando marihuana de la más barata, cuando la consiguen, o sea cuando la roban. Se bañan cuando hay agua, es decir casi nunca, y comen sobras de los latones de basura. No viven en la calle, sino en pútridos zaquizamíes sin luz, calefacción, muebles, cocina ni baño. Cuando no pueden robar la cocaína que no es ni un 5% pura, ni la marihuana de la peor calidad, ni la piedra mal cocinada, se ponen un poco de lactosa en la coyuntura del pulgar y el índice de una mano y la inhalan por la nariz para hacerse la idea de que están oliendo perico, nieve, material, perrenque, Doña Blanca, pasodoble, Yeyo, que éstos y otros nombres tiene el clorhidrato de cocaína; o le sacan el miraguano a las hediondas colchonetas en que duermen sobre el piso, lo enrollan en papel de cigarrillo y lo fuman para creer que es marimba, yerba, cafuche, mota, Juanita, María", grifa, ruca, cilantro, que ésos y otros son los nombres que se le da a la marihuana. Son miserables con inventiva, magín, fantasía, casi artistas, a pesar del hambre, la desnudez, las enfermedades, la miseria absoluta.

¿Son seres humanos? Lo son, pero carecen de la más simple humanidad. Si viviesen en otro medio tal vez serían muy diferentes, pero aquí, en el sur del Bronx y en muchos otros barrios marginales de casi todas las grandes ciudades de Estados Unidos, son así.

 Lo único que les interesa a los dueños de estos ruinosos edificios es cobrar el alquiler. Si se rompe una ventana o se daña una tubería o cae agua por el techo o la calefacción no funciona o se rompen los cristales o las puertas se traban... el dueño no los arregla y el inquilino reacciona rompiendo aun más las tuberías, los cristales, las ventanas y las puertas, con lo cual disminuye el valor del edificio y el precio de los alquileres. El dueño exprime al inquilino y éste empobrece al dueño. Hay una justa distribución del daño y el castigo.

Cuando esta situación se ha mantenido por varios años y el edificio está próximo a ser clausurado por las autoridades sanitarias porque las personas viven en él como no vivirían los más emporcados puercos del más porcuno corral, entonces el dueño busca a alguien como Pulule, Boloña o Cebolla para que le dé candela al edificio, por la noche. El saldo puede ser de varios muertos, entre ellos algunos niños, que son los que casi siempre mueren primero en los fuegos porque no necesitan quemarse mucho ni inhalar tanto humo.

Por un incendio que deje, por ejemplo, unos trescientos mil dólares, el asesino menor recibe unos cinco mil. Buen negocio para el dueño, contra el que no hay pruebas, aunque sí algunas sospechas, y para su cómplice, pues no es difícil darle candela a un edificio tan precario. Lo único que tiene que hacer el sicario es juntar algunos cables eléctricos que estén en pésimo estado y abrir un hueco mayor en el conducto del gas que ya de por sí estaba lleno de huecos pequeños... y el fuego envolverá al edificio por debajo y el incendio será más asesino, más provechoso.

Lo hará cuando todos estén durmiendo. Como va a operar en el sótano, entrará por un hueco cualquiera y nadie lo verá ni oirá y huirá entre las sombras.

El camión de bomberos se demorará en llegar porque la estación no está cerca ni el chofer tiene prisa y las calles estarán cubiertas de escombros y coches abandonados. Si, para mayor desgracia, los hidrantes de las aceras cercanas carecen de agua, se quemará no sólo el edificio, sino la cuadra entera. Y si, en este caso, el dueño del edificio, como suele suceder, es propietario también de varios edificios aledaños, se habrá sacado el gordo de la lotería con los seguros millonarios, y el sicario será también feliz. El saldo podría ser de decenas de muertes. Esto ha sucedido varias veces en las ciudades de Estados Unidos.

La ley en estas selvas no existe porque la policía no entra en ellas, ya que no son de lilas sino de excremento. Si un miserable mata a otro o a varios, el país se beneficia, así cree la policía. Ésta es la realidad que ha existido casi siempre y se ha impuesto aun más después de la elección del alcalde Rudolph Guiliani, bajo cuyo mandato se ha reducido el crimen en las zonas ricas y medias, pero se mantiene la orden de que la policía no entre adonde... “no vale la pena”. De tal forma, casi todos los crímenes que se cometen en ellas, quedan impunes. Guiliani protege a los que viven bien no a los que se conforman sólo con vivir. 

Con los grandes recortes que se le han hecho al Welfare para aumentar los gastos de guerra del imperio más terrorista de la historia, millones de personas han quedado sin ayuda social ni atención médica. El hambre y las enfermedades cunden en las zonas más pobres, en las que aumentan las muertes por hipotermia, los incendios multicidas, la prostitución, los mendigos, los asaltos. Hay apartamentos, en los que viven hasta treinta personas, llenos de garrapatas, arañas, pulgas, gusanos, ratas, mapaches, zarigüeyas, etc. Las telarañas, que se mecen de unas ventanas a otras, opacan aun más el poco sol del invierno. Las ratas son más grandes que los gatos y las cucarachas asustan a los ratones.

A veces, una rata se acerca a un niño dormido y lo empieza a roer y soplar. Algunas veces el niño se despierta llorando y la rata huye a su madriguera. Otras, no. Hace menos de un año, en un apartamento de la planta baja del propio edificio ante el que se han detenido Guille y sus secuaces, una madre dejó a su pequeña hija de cinco meses en un moisés lleno de huecos, sobre el suelo, para ir al mercado a comprar víveres. Cuando regresó, la niña estaba cubierta de sangre de pies a cabeza, con manchas rojinegras por todo el cuerpo, muerta. Las ratas se habían dado un banquete.

La niña tuvo una muerte terrible; pero no fue peor que la de su madre, quien, unos meses después, en una ola polar en que el barómetro descendió a bajo cero, como se había atrasado en el pago del alquiler y le habían quitado la calefacción, se durmió frente a un pequeño calefactor portátil, después de cubrirse el  cuerpo con gruesos periódicos viejos, y despertó convertida en una antorcha humana. No tuvo la suerte de morir aquella noche, sino que sobrevivió, para ir expirando, lentamente, en una constante agonía de dolores y alaridos horrendos, con el rostro convertido en una masa informe y negruzca de la que no se podía distinguir si chillaba por los oídos, oía por la nariz o bebía por los ojos.

Unos meses después, en este propio edificio en que las ratas devoraron a la niña y las llamas a la madre y Guille y sus sicarios están a punto de proseguir el curso trágico de la muerte, una anciana que había vivido sola casi toda su vida y no tenía amigos ni familia, murió de hipotermia. Le habían quitado la calefacción el día anterior en medio de una furiosa nevada. La nariz, las orejas y los dedos de ambas manos se habían convertido en pedazos de hielo rojizo cubiertos por una ligera capa azulada. Nadie fue a la morgue, a no ser el empleado que introdujo el cadáver aún congelado en la tosca caja de pinotea para que lo llevaran al cementerio, y fue enterrada en una fosa común, sin flores ni tarjas ni epitafios ni adioses.

En estos casos fatales... ¿de parte de quién está la ley? ¿De los que mueren en el hielo, la sangre o las llamas? No. La ley está de parte del dueño del edificio y de las ratas que es, asimismo, el árbitro del fuego y el frío ☼

(Este capítulo concluirá el viernes)

Traducción:

1-. ¡Mierda!

2-. Yo mato a los hijueputas ésos, les arranco la piel, estrangulo a esos dominicanos. ¡Todos son iguales! Este perico no tiene ni el 30% ¡Vamos! (Fucking bullshit! I kill the motherfuckers, I skin them alive, I scrag the fucking Dominicans, they’re all the same, this fucking stuff is less than 30%! Let’s go)

3-. ¡Vamos! ¡Vamos a cogerlos! (Let’s get them)

4-. No metan a mi hermanito en eso.

5-. ¡Quítate del medio, puta! (Get a fuck out of my way, bitch!)

6-. A lo mejor tres (Maybe three)

7-. Tenemos que buscar a Boloña, Pulule y Cebolla. Deben estar en el Blue Mirror ahora. ¡Vamos, Bobby; vamos, Jairo! (We have to get Boloña, Pulule and Cebolla. They must be at the Blue Mirror now. Let’s go, Bobby. Come on, Jairo!)

8-. Haz todo lo que te haga sentir feliz.

9-. Hay un tipo aquí que sabe adónde están ellos (There is a dude here who knows where they are)

10-. ¡Vamos! Ya sabemos donde están (Let’s go! We know where they are)

Vulgarismos (por orden de aparición):

Pro: problema.

Dasle guiso: darle guiso, asesinarlo; el guiso, el asesinato.

Plátano’: plátanos, dominicanos.

Bróder: brother, hermano, socio, amigo.

Manes: men, hombres.

Cargar lápida: estar a punto de morir o de ser asesinado.

Muñecos: víctimas.

Cuñas: cuñados.

Changón: shotgun, escopeta recortada de dos cañones.

Hierro’: hierros, armas de fuego.

Ciriiiiilo: Cirilo, sí.

Luca: mil dólares o pesos.

Bangán: es así; estoy de acuerdo con lo que dices.

Mi’jo: mi hijo.

Me la juego al canelo: apuesto a que.

Perico: cocaína.

Está fu: está fulastre, está malo.

Echar al pico: asesinar.

Puros: viejos, padres.

Piedra: droga.

          Sardino: adolescente.

Man: hombre, adulto.

Abriles: años.

Camellar: trabajar.

E’tilla, estilla: dinero.

La Yuma: Estados Unidos.

Cantar: delatar.

Echar pa’lante: denunciar.

Parna: partner, socio, amigo.

Monina: socio, amigo.

Jiña: cosa de poco valor.

Bille: billete, dinero.

Consorte: amigo.

carlos.rivero@att.net



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Carlos Rivero Collado


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