Cambalache: la crisis es un tango *

Dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, en su vigésima primera edición, que Cambalache es un trueque, con frecuencia malicioso, de objetos de poco valor. Trueque, considerado con desprecio, jactancia, satisfacción, pesar u otro movimiento del ánimo que se expresa por el tono y el contexto. Cualquier trueque hecho con afán de ganancia. Trueque de diversos objetos, valiosos o no.

Hace algunos años Enrique Santos Discépolo escribió un tango que tituló Cambalache. La primera vez que tuvimos la oportunidad de oírlo fue en la segunda mitad de la década de los setenta, Alfredo Sadel era su intérprete. A decir verdad, en aquel entonces, Cambalache nos decía muy poco; nos costaba creer que el mundo fuese una porquería, ni siquiera lo imaginábamos. Sobre todo para los venezolanos, que nos encontrábamos viviendo el mayor auge de la bonanza petrolera: se podía cambiar de carro cada año, viajar a Miami de compras o para visitar al ratón Mickey, ir a Cuba y remozar, entre tragos de mojito, la nostalgia izquierdista; en fin, todo lo podíamos porque eran años de grandes ilusiones.

A comienzos de los ochenta el cantante catalán Joan Manuel Serrat nos deja oír su versión de Cambalache. Para entones la cosa se nos estaba poniendo difícil: la ilusión se nos había desvanecido, los viajes a Miami y Cuba empezaron a ser menos frecuentes; ya no podíamos cambiar de carro todos los años. Cambalache comenzaba a retratarnos el país.

A finales del año noventa y seis Julio Iglesias nos entregó su versión de Cambalache: ahora la cosa sí es difícil. No sólo el siglo XX era una porquería, sino que el país se nos había derrumbado y no nos habíamos dado cuenta; ahora no solamente nos es imposible viajar, cambiar de carro, etcétera, sino que: la desilusión, el escepticismo, el fatalismo, se apoderaron de nuestros compatriotas y seguimos actuando como si nada pasara. Hablamos de la crisis, pero no queremos entender que vivimos en ella.

De diverso orden son las explicaciones que ésta ha tenido. Para unos la nuestra es una crisis económica de carácter coyuntural, otros ponen el acento en la deslegitimación de los partidos políticos y sus dirigentes, hay quienes la explican argumentando el derrumbe ético y moral del país, etcétera. Nosotros decimos que la nuestra es una crisis global. Que ha sido un modelo de desarrollo el que ha colapsado; por tanto, el carácter económico, político, social y ético de ella son manifestaciones resultantes de la descomposición de nuestra formación social vista de manera holística.

En lo económico, el modelo rentístico, ideado desde los propios inicios de la explotación petrolera, no fue redimensionado. Se creyó que éste habría de ser exitoso por siempre, la mejor prueba de esta aseveración fue la conducta delicuescente como se dirigió al país sobre todo a partir de los años setenta: la deuda externa, la devaluación del bolívar, Recadi, la privatización y la apertura petrolera no son más que respuestas espasmódicas a esa realidad. Los planes de la nación a partir del VI y la Agenda Venezuela no han tenido otro propósito que el de servir de amortiguador de la crisis, aspiración evidentemente no lograda.

En lo político; el sistema democrático basado en el pactismo y la concertación habrían de agotarse porque los niveles de participación y decisión antes de ampliarse se reducían. La deslegitimación y pérdida de credibilidad de los partidos y el liderazgo político son consecuencia de este proceder.

En lo ético podemos decir que, desde una perspectiva de la 'sociología de los valores', el proceso sociopolítico venezolano reciente ha experimentado una tendencia creciente hacia el individualismo, el particularismo, el egocentrismo, el afectismo; oponiéndose, en tal sentido, al universalismo, a los valores colectivos, a la equidad afectiva, lo cual determina que se pierda el sentido de los logros y metas a alcanzar: el facilismo, la relación con el dirigente, el compadrazgo, el compañerismo, son conductas que terminaron por sustituir el esfuerzo, el trabajo, la capacidad. En fin, nuestra cultura muestra un enorme vacío normativo: ...hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor; ignorante, sabio, chorro, generoso estafador. Y todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazados ni escalafón, los inmorales nos han igualado. Que uno vive en la impostura, otro roba en su ambición; da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, cara dura o polizón.

*

*Este artículo fue publicado en el Diario de los Andes, de Valera; Frontera, de Mérida y El Universal, de Caracas, el 30 de enero de 1997 (hace 15 años). Lo volvemos a publicar con la intención preventiva de alertar sobre lo fatal que sería regresar al pasado. Prohibido olvidar.



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Nelson Pineda Prada / Profesor ULA


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