La calumnia

No voy a hablar de la famosa aria para bajos de la ópera “El Barbero de Sevilla”; lamentablemente no será tan agradable el tema que trataré a continuación. Me referiré al vocablo “calumnia”, cuyo significado va más allá del de sus sinónimos “mentira”, “embuste” o “engaño”. Por lo menos, así lo siento yo cuando utilizo el término o cuando lo veo escrito o lo oigo en una conversación propia o ajena, y me disculpa el profesor Alexis Márquez Rodríguez, maestro en el uso de nuestro idioma, por invadir un campo en el cual no soy especialista, por lo que aceptaría gustoso cualquier corrección que me quiera hacer al respecto. Cuando hablamos de una calumnia nos referimos a una mentira concebida y utilizada para producir daño, para perjudicar a una persona o grupo, para lesionar su honor, exponerlo al escarnio público y manchar su reputación.

Desde hace más de 11 años, he sido sometido permanentemente a este tipo de agresión, a través de la prensa escrita, la radio, la televisión y diversos medios electrónicos, como consecuencia de una situación derivada de un divorcio traumático, afortunadamente ya resuelto a mi favor en la esfera civil, pero que me ha impedido tener contacto con mi último hijo desde el año 2000, cuando éste tenía sólo dos años de edad. No he podido ejercer el derecho de todo padre a estar con su hijo, a verlo, quererlo, cuidarlo y participar en su formación, y esto se ha logrado mediante la utilización de la calumnia más infame que alguien pueda imaginar y la utilización diabólica del niño, desde su más tierna infancia, en función de los más bajos y siniestros enconos.

El niño, además, ha sido estigmatizado para toda su vida, al marcarlo y señalarlo públicamente de la forma más atroz e impune, y utilizarlo pérfidamente como un simple instrumento de satisfacción de odios y desquites infundados, sin que los organismos encargados de la protección al Niño y al Adolescente, hayan actuado para salvaguardar a una víctima inocente y ajena a la venenosa conjura. Los medios amarillistas de comunicación, ordinarios y electrónicos, escritos y televisivos, han grandemente contribuido en esta lamentable conjura. Otro tanto han hecho periodistas sin escrúpulos. El niño, no sólo no ha disfrutado de su derecho a tener un padre, sino que ha sido enseñado y adiestrado maliciosamente a odiarlo, temerle y culpabilizarlo (síndrome de alienación parental).

Mientras, la vida del niño en todos estos 12 años se ha desarrollado en la vivienda donde convive con su real agresor, día y noche, quien escudado detrás de un vínculo consanguíneo familiar, ha actuado y posiblemente sigue actuando con total impunidad y suficientes ocasiones para consumar su monstruoso delito. Los responsables de esta situación siniestra no han tenido ningún empacho en públicamente dirigir sus acusaciones hacia mi persona, validos de la podredumbre de un sistema que se hunde y de la conjunción de nexos familiares con intereses ajenos a la justicia.

lft3003@yahoo.com



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Luis Fuenmayor Toro


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