Las contradicciones entre la política social y la económica – El camino al fracaso

Mis estimados lectores, una vez más vuelvo por estos fueros para escribir unas líneas de reflexión sobre el acontecer nacional. Como es mi costumbre, casi siempre trato de explicar el origen de estas reflexiones, en este caso, las mismas surgen de hechos como haber presenciado parte del acto de lanzamiento de la Misión “hijos del pueblo”, por otra parte, un comentario que me hiciera un amigo, señalándome que el gobierno estaba convirtiendo a Venezuela en un país de mendigos, otro comentario de otro amigo, planteando que el Presidente Chávez había sincerado la situación, en el sentido de asumir que este es un país que vive de la renta petrolera, la cual financia lo social, y así será mientras el petróleo dure, y por último, una afirmación de mi hijo menor que vive en Chile, diciéndome que Brasil había superado a Chile en ingreso per cápita, y que Lula era muy bien visto por revistas como Newsweek y The Economist.

De toda esa mezcolanza de cosas me surgió la idea de escribir este artículo, que me llevó a plantearme que hay algo que no está funcionando en la articulación de políticas en la Venezuela actual, en particular entre la política social y la económica.

Siempre he señalado, y pienso que es un hecho notorio e innegable que el gobierno del Presidente Chávez, en primer lugar, hizo visible la pobreza en Venezuela, la colocó en el tapete como la problemática número uno del país. Además, de alguna manera la desvinculó de otros aspectos. Para los gobiernos anteriores, la pobreza era un tema que se resolvería por la vía del crecimiento económico, por la vía de la industrialización, por la vía de la Gran Venezuela. Es decir, la pobreza se resolvería por la vía de la creación de empleos debido a un crecimiento económico sostenido. Si ustedes analizan los discursos de los precandidatos de la oposición, esa línea de pensamiento la vemos vigente en todos ellos. Todos plantean que el término de la pobreza se da cuando la gente percibe una remuneración justa por su trabajo, y que en ese momento, las misiones están demás. Creo que por razones electorales no se atreven a decir que en su mente si está el liquidar las misiones en el más breve plazo posible, no podemos olvidar que un argumento en contra del gobierno es la “regaladera de dinero” al exterior, pero creo que también opinan que esa regaladera se da al interior del país con las misiones para los pobres.

Prácticamente, hay consenso entre los economistas (a excepción de los recalcitrantes neoliberales como Milton Friedman) que el crecimiento económico no ha bastado para resolver el problema de la pobreza. En los años 60, tuvimos el caso de Brasil, un modelo de crecimiento pero que terminó aumentando la desigualdad social, para finalmente caer en crisis. Por otro lado, tenemos a Chile, señalado por muchos como el milagro de la economía de libre mercado, pero que tiene la peor distribución de la riqueza en el continente, y ahora, está azotado por protestas multitudinarias por una educación gratuita y un mejor sistema de salud. El caso de Perú, también alabado como un milagro económico neoliberal, pero que termina eligiendo a un presidente reconocido como de izquierda. Todos estos ejemplos debieran bastar para concluir que una política de libre mercado salvaje no conduce a la erradicación de la pobreza, y que por lo tanto, es necesaria una política social vigorosa que transfiera riqueza a los sectores más pobres de sociedad sin que haya una retribución.

Sin embargo, para muchos, y es el caso de mi amigo que señalaba que se estaba creando un país de mendigos (por cierto, un hombre de extracción más bien humilde, pero que con esfuerzo fue a la universidad y terminó convirtiéndose en un empresario, algo sin duda loable) la pobreza es vista como un problema de índole personal. Mi amigo debe pensar (claro es una especulación mía) que si él pudo vencer la pobreza cualquiera lo puede hacer, y él lo hizo en tiempos de la Cuarta República, sin que nadie le regalara nada, y sin inscribirse en ninguna misión. En este punto recuerdo una conversación entre mi padre y un amigo, ambos médicos psiquiatras y con buena posición económica. El amigo de mi padre le argumentaba que ellos eran la prueba viviente que se podía vencer la pobreza (ambos con historias de una niñez de pobreza, uno en el Uruguay, y el otro en Chile), a lo cual respondió mi padre con una sonrisa y un dejo de sarcasmo, diciendo – es que nosotros somos excepcionales. Mi padre en verdad se refería al hecho de que ellos eran la excepción que confirma la regla, de que la pobreza es un círculo vicioso del cual muy pocos pueden escapar.

Si nos venimos a los tiempos actuales, y observamos lo que ocurre en los países desarrollados, donde en el caso de Europa, y tal como lo señalan revistas como The Economist, las economías de la Euro zona están al borde del precipicio. Millones están siendo empujados hacia la pobreza en Europa y Estados Unidos. Esto debería bastar para señalar que la pobreza no es un problema individual, sino que es un problema social, que las políticas económicas de los gobiernos, y las decisiones de unos banqueros inescrupulosos pueden de la noche a la mañana poner en la pobreza a millones de personas.

Por lo tanto, una política social que atienda las necesidades de los más pobres no debe entenderse como una regaladera. Más aún, si la conectamos y la articulamos con una política económica razonable y sólida.

Fue Keynes (insigne economista) quien vio que para salir o evitar una recesión económica, el Estado debía intervenir en la economía, y esto lo podía hacer por la vía de la transferencia unilateral de recursos a los sectores más necesitados. Para Keynes este no era ni siquiera un problema de justicia social, sino de racionalidad económica. Los pobres con recursos económicos se convertían en consumidores, elevaban el nivel de la demanda y el aparato productivo se reactivaba. Desde el punto de vista social, la ayuda a los pobres lo podemos ver como un mandato moral, pero desde el económico, lo podemos ver como la receta para mantener un crecimiento económico sostenido.

Es obvio que las misiones y en términos generales, la política social del gobierno ha terminado en un incremento de la demanda, los Bs. 300 que se les dará a las madres pobres por cada hijo terminarán en alguna bodega a cambio de leche, arroz, harina, atún, etc. Esto implica que será necesario producir mayores cantidades de todos los bienes.

Aquí radica justamente el problema, si no existe un aparato productivo en expansión, la política social derivada en un aumento de la demanda dará lugar a un proceso inflacionario y junto con la inflación vendrá la especulación. Ese es el problema que hoy se presenta en Venezuela, una revolución llamada socialista que ha puesto el énfasis en lo social y lo político pero que ha descuidado el aspecto productivo. Y más que descuidarlo, cuando ha querido ponerle atención lo ha hecho a través de iniciativas que han fracasado rotundamente como las cooperativas, los mercados de trueque y las expropiaciones de empresas que no han podido seguir con el mismo ritmo de producción (para muestra un botón, SIDOR). Aquí podemos citar la experiencia chilena de Allende, durante el primer año de gobierno hubo crecimiento económico e inflación cero. Allende hizo una política social que incrementó los ingresos de las clases populares presionando la demanda y reactivando el aparato industrial. Sin embargo, cuando el gobierno implementó una política de expropiaciones y confrontación directa con la burguesía industrial y terrateniente, la inversión se paralizó, hubo acaparamiento y la inflación se disparó a un 800%. Todo terminó con una dictadura que borró todas las reivindicaciones que los trabajadores chilenos habían logrado, reivindicaciones que aún no recuperan.

Más aún, el gobierno se ha enfrentado abiertamente con el sector empresarial, sin duda alguna, estos últimos no son unos niños de pecho, y en un momento determinado intervinieron en política de una forma directa buscando tumbar al gobierno. El resultado podemos decir que ha sido malo para todos, hoy seguimos teniendo una economía de puertos. Es decir, que el gasto social ha propulsado la demanda pero ésta tiene que ser satisfecha con importaciones masivas, lo que significa que aún con un barril de petróleo a US$ 100 el dinero no alcanza, y debemos recurrir al endeudamiento. Venezuela es un país con una alta tasa de crecimiento poblacional, lo que implica que será necesario en el futuro aumentar la producción petrolera y que el petróleo siga por las nubes para mantener el trote. Enfrentados al gobierno y con la amenaza, y en muchos casos cumplida, de expropiaciones de las empresas, el sector privado de la economía sencillamente ha dejado de invertir, y en la medida de lo posible, ha buscado convertir sus ganancias en dólares y sacarlas del país.

Ahora, ¿estamos condenados a seguir esta vía? Creo que condenados no, pero que hay cierta obstinación en seguir por una senda errada sí. Ahora, de donde viene esta ceguera. Creo que esto tiene que ver con la herencia nefasta del socialismo del siglo XX. Ese socialismo que vimos en la URSS y Cuba, que se fundamentaba en la erradicación de la propiedad privada de los medios de producción como condición sine qua non para la existencia de un Estado socialista. Como he señalado en otros artículos, creo que el fundamento teórico marxista estaba errado, y creo que ese error fundamental, llevó finalmente a la desaparición de la URSS y a una sobrevivencia a duras penas de Cuba, que ahora finalmente, se está abriendo a una economía de mercado en algunos sectores. En los demás países ex socialistas se ha abrazado el capitalismo salvaje, con excepción de la empobrecida Corea del Norte. Debemos estar claros que los chinos que vienen hoy en día a Venezuela a vender sus productos e invertir no lo hacen por una solidaridad revolucionaria y socialista, ellos negocian con todo el mundo, y lo hacen en función de sus intereses. Por eso, una parte de los créditos los otorgan en yuanes, que sólo sirven para comprar productos chinos. Ellos negocian con Venezuela porque tiene petróleo con que pagar, si no fuera así no los veríamos por aquí. Con esto no quiero decir que los acuerdos con China sean en perjuicio de Venezuela, no tengo elementos para concluir tal cosa, sólo quiero recalcar que estamos en otra época donde impera el pragmatismo, estoy casi seguro que ninguno de los chinos que vienen para acá se hayan leído las citas de Mao, estos señores son seguidores de Deng Xiao Ping, que como sabemos, tiró a la basura todas las tesis de Mao, y enrumbó al país al capitalismo. Se podría decir que en China se cumplió eso de que el socialismo de Mao fue la ruta más larga para salir del feudalismo al capitalismo.

A quienes abrazan el socialismo hoy, y que alguna vez fueron entusiastas defensores del socialismo soviético, les resulta muy difícil abandonar la idea de la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, simplemente porque si la abandonan se quedan sin nada, si abandonan esa idea central pero siguen insistiendo en la búsqueda de la justicia social, caen entonces en algo muy parecido a la socialdemocracia, algo tan o más odiado por los marxistas de antaño y de hoy.

Sin embargo, si tratamos de ser objetivos, no podemos ocultar que ese socialismo del siglo XX, enemigo a muerte y por cuestiones doctrinarias, de la burguesía industrial y financiera no pudo en el campo de la producción y la innovación tecnológica superar al capitalismo, eso es un hecho duro e inobjetable. Pero, por otro lado, aquellos que defienden a capa y espada el capitalismo, hoy se ponen tartamudos tratando de explicar los que sucede en USA y Europa. Al parecer, estamos en un momento de quiebre de las ideologías, el hundimiento de las teorías económicas de uno y otro lado, simplemente porque la economía real no se ha comportado de acuerdo a los modelos ideológicos dogmáticos. Ni la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción nos llevó al paraíso de la justicia social y la equidad, ni la competencia perfecta resultó en definitiva ser tan perfecta como para llevarnos también a un mundo mejor.

Enfrentados a estas realidades, muy duras, porque hay que ver lo que representa para un ser humano haber creído en algo durante muchos años para ver como sus creencias se derrumban en un naufragio apocalíptico, algo así, como que a un creyente en Dios se le pudiera demostrar que en verdad éste no existe. Por lo general, cuando esto pasa, la gente reacciona con negación, no lo quiere creer, no lo acepta. Veamos Cuba, 60 años de revolución para terminar aceptando a cuentagotas que el Estado no puede con la economía de ese país, y que hay que regresar al juego del mercado. Lo que señalara Fidel no hace mucho, de que ellos creían que sabían lo que era el socialismo, pero que finalmente se daba cuenta que nadie sabía y había que inventarlo, es una frase patética después de 60 años de revolución (como se dice por ahí, es para matarlo, claro en sentido figurado, pero una mentada de madre se le puede echar).

Ahora bien, creo que hay un camino, y ese es el que decidió transitar Lula Da Silva. Lula fue consciente que podía impulsar una política social para sacar de la pobreza a muchos brasileños, pero que era necesario pactar con la burguesía industrial del país. Convencerlos que una política social que saque de la pobreza a muchos los convierte en consumidores, y mientras más consumidores haya, eso es bueno para los negocios. Lula no llegó a hacer una revolución, llegó a hacer una reforma trascendental, pero con una visión política clara de que era necesario negociar con Dios y con el Diablo, y así lo hizo. Y aunque muchos me querrán insultar por lo que voy a decir, creo que es la hora de dejar a Bolívar en paz y seguir la senda de Lula Da Silva, la senda del realismo, del pragmatismo, del buen juicio, de la negociación inteligente con el enemigo, la senda del gran estadista, y creo que cuando Lula decidió no ir por un tercer mandato, a mi juicio eso lo colocó en el pedestal de los grandes y conquistó mi admiración, y creo que la de muchos en todo el planeta. Es la hora de dejar a un lado a Marx, a Lenin, a Mao, a Gramsci, a Bolívar, de dejar atrás las utopías y comenzar a pensar creativamente en diseñar políticas articuladas y negociadas que funcionen en lo social y lo económico, buscando no la redención total de ser humano, sino una vida un poco mejor para todos.

htorresn@gmail.com


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Hernán Luis Torres Núñez


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