¿Qué pasó con la carne?

    Aquella batalla que emprendió la revolución para evitar que se disparara el precio de la carne quedó en el olvido.  En los establecimientos de venta del producto cobran lo que sea por  cualquier corte, sin embargo, reina un silencio casi sepulcral por parte de las instituciones gubernamentales encargadas de controlar y supervisar tal situación.

      Como dice el bolero: la historia vuelve a repetirse. Los comerciantes aumentaron los pecios de una manera brutal en detrimento del bolsillo de los venezolanos más necesitados, y no se observa que ocurre nada.

      La gente se ve desamparada. Los opositores en cuanto a estos incrementos tiran la piedra y esconden la mano; suelen colocarse de espaldas al pueblo y a favor de los productores y los comerciantes, eso si, que nadie los vea, sin ponerse en evidencia. En el fondo trabajan para que el pueblo sufra y se enoje, con la intención de poder capitalizar ese descontento. Y esa es, obviamente, una forma de ataque contundente al proceso. Los revolucionarios tienen que contrarrestar esta agresión ¿cómo?, dando la explicación que la gente requiere, aclarando la situación, porque hasta ahora no se sabe qué pasó, pero no lo hacen; caen en la trampa de los enemigos políticos. Con el mutismo les terminan haciendo el trabajo sucio a los mismos adversarios en contra del proyecto que lidera el presidente Chávez.

      Mientras tanto, es imposible que una familia de cuatro o cinco personas, donde el jefe o la jefa de la casa devenguen salario mínimo, pueda consumir carne. Los cortes de segunda en algunos casos pasan de 40 BsF el kilo, con el riesgo de que puede presentarse una queja generalizada a la hora del almuerzo, porque después de cocinado el alimento no hay nadie en este mundo con solidez en la dentadura ni suficiente fuerzas en las mandíbulas, capaz de triturar y digerir esos trozos que se van poniendo en la boca como pedazos de suela remojada. De la carne de primera calidad ni hablar. Y es que ni los huesos se pueden comprar; pareciera que se los chuparan antes de venderlo. Los van despojando de cualquier vestigio de pulpa y de sabor de forma tal, que se les puede echar candela todo el día que no largan nada.

      Ciertamente los establecimientos de Mercal y Bicentenario venden el alimento con una diferencia a favor del pueblo de más del 50 por ciento,  pero cuando hay, el problema es obtener aunque sea un kilo. En esos negocios cuando asoma de los depósitos el carnicero, a fin de colocar el producto en las exhibidoras, los clientes a la expectativa lo agarran, lo cargan en peso con todo y carretilla y no dejan un paquete. Y no es para menos. Es la única esperanza que los pobres tienen de comer carne.

      Pero lo más grave del caso es que reina la incertidumbre y lo peor: se desconoce si cuando se cancela en la caja, se paga el precio real o razonable del producto o, por el contrario, se es víctima de una estafa pública generalizada.

      El silencio no es aconsejable, porque ante la duda, repito, es mayor el descontento y con razón.  Si hay que darle todo el dinero a los carniceros se les da, pero ¡por Dios!, digan, por lo menos, qué ocurre y así se suelta la plata con mejor humor.

      Son muchos los casos en los que predomina la mudez revolucionaria en detrimento del proceso. Por ejemplo, uno llega a un mercado Bicentenario aquí en Maracaibo como ya lo he dicho en otros artículos, y no entiende como los productos no regulados son más caros allí que en los mercados del capitalismo salvaje, los de las ofertas engañosas; esos que siempre se han burlado del pueblo y que funcionan bajo un modelo económico que queremos borrar de la faz de la tierra, y no hay una explicación convincente al respecto. Ahora sucede con la carne.

      Creo, en definitiva, que el silencio en el proceso bolivariano hace más daño que la ración venenosa de los propios opositores en todo el país. 

albemor60@hotmail.com



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Alberto Morán


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