Buenos y malos

Hablar de afrodescendencia, negar nuestra condición hereditaria hispánica y denunciar anti históricamente la trágica destrucción de las civilizaciones autóctonas americanas, con motivo de la colonización del continente por parte de la España monárquica de los siglos XV y XVI, constituye un discurso ajeno totalmente al análisis científico de la historia. Se pretende juzgar un fenómeno histórico social de hace 500 años con base en concepciones ético-morales y, para mayor desatino, de carácter actual. Pero la confusión es mayor, pues el mismo criterio no se aplica al análisis de las conductas de las tribus aborígenes americanas, que dominaban y sometían a tribus congéneres menos avanzadas.

Esta posición ideologizada e ideologizante no puede explicar las causas de la conquista y colonización de América, su inevitabilidad, sus principales protagonistas y su significado para el desarrollo del capitalismo mundial y la derrota definitiva de la sociedad feudal, que significó progreso social y económico. Se trata de esa visión, muy estadounidense por cierto, que reduce el mundo a los buenos, nosotros, y los malos, los otros. Los buenos eran los oprimidos: los negros esclavos del África y los aborígenes, por lo que sus “descendientes” llevan genéticamente esas condiciones humanas y, por lo tanto, son también los buenos del presente, los eternamente excluidos y los liberados por los procesos revolucionarios.

Se ignora y se oculta que los negros africanos eran capturados y vendidos como esclavos a los blancos europeos (españoles, portugueses, ingleses, holandeses, etc.) por las propias tribus negras africanas, es decir, por sus hermanos de sangre, a quienes no les importó que eran seres humanos, que sentían, que pensaban y que eran africanos, con familias africanas, que quedaban totalmente destruidas. Estas acciones, a pesar de su indudable carácter trágico, significaron con el tiempo la difusión de los valores culturales negros africanos en prácticamente el mundo entero, penetrando todas las geografías, demostrando su inestimable valor humano.

La misma manipulación se da al considerar a las poblaciones indígenas, como sucesoras y poseedoras de las virtudes de sus antepasados, quienes vivían en sociedades “paradisíacas de equidad y justicia”. Fueron tribus indígenas las mejores colaboradoras de Hernán Cortés en la derrota de los aztecas, motivadas por su odio hacia éstos, quienes las habían invadido, destruido y esclavizado. Los aztecas eran más despiadados que los mismos españoles; nada que extrañar, no podían ser de otra manera.

Las comunidades primitivas, aunque sin explotación del hombre por el hombre, estuvieron muy lejos de ser el reino de la felicidad y la concordia. No conocieron la paz y siempre estuvieron amenazadas por comunidades vecinas. Ésta es la historia de la humanidad, menos idílica pero real.

lft3003@yahoo.com



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Luis Fuenmayor Toro


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