Entre dos muertes…

La Patria aguarda por Hugo

¡Calma! No haré referencia a la muerte de alguien; los “próceres criollos” de la IV República fallecieron, aunque sobra a quien eliminar dado el maligno presente de cultura adeca en los promotores cogolléricos, reformistas y burocráticos del “Proceso”. Esos a quienes Hugo llama a “amarrarse del barco”, a expertos del “abordaje” donde haya tesoro, es decir, negocio y comisión; Hugo incurre, además, en una transgresión de contextos pues Ulises es un héroe y a quienes él (Hugo, lea bien) llama a no escuchar “cantos de sirena” (los biyuyos de la Quinta) son traidores y delincuentes sin odiseas, los choros del “poder popular”; lo esperable es mirarlos perecer ahogados o muertos entre sí por el botín. Como cristiano respetable, Hugo (¡en este siglo!) hace “un llamado a la conciencia” definitivamente inútil, igual o más lamentable de aquel de su regreso a Miraflores el 13 de Abril: por apelar a la culpa cuando el Clero la anula con perdones tardíos, por esperar de la moral del “todo vale” renuncias o arrepentimientos, por ignorar que la modernidad fue una estafa, razón y luces incluidas.

Aclaratoria hecha, atiendo a las muertes.

 

Muerte súbita anunciada

La muerte del fascismo sediento y arrasante, donde socialistas, chavistas y escuálidos pendejos nos jodimos rapidito. La muerte imperial de medidas profilácticas cuya variable determinante es el tiempo y la intensidad del terror. La muerte del golpe con tres clásicos actores: 1) Ejecutores (sangrita, pues); 2) Judas (traidores y quinta columnas, valga la redundancia); y 3) Comedidos. Es decir: Cuerpos represivos, Miquilenas y Díaz Rangeles.

A esta muerte, Hugo hace constantes referencias: “No se les ocurra”, “ya no soy el Chávez pendejo”. El imperio la llama: “Él se lo buscó” (ya se lo dijeron).

 

Muerte lenta de anteojito

La muerte lenta es servidora y política de la muerte súbita. El escenario de la muerte lenta es la cotidianidad sin cosas excepcionales (ilumínalos, Che); “buen vivir” y “vivir viviendo”, quiere llamarla el Proceso; en la IV fue: “Con los adecos se vive mejor”. La muerte lenta es carencia viva, fundamento de la pena y causa de no poder; es obligante del arrebato y la grosería, ir de limbo absorto a limbo amargo, transcurre del dejar pasar al dejar hacer, detrás del miedo, rabia y/o reverencia a la miseria, ante el estigma de ser pendejo. La muerte lenta es idéntica a la dependencia forzada de una droga, a la compulsión del rabo de paja, hace celebración del autodesprecio, de la ebriedad el estado normal, del ruido la esencial compañía. La muerte lenta es subterfugio de la letanía existencial exacerbada por la publicidad: “Si no tienes, no puedes, si no puedes, quién eres…”; ella (la muerte) encarna en el “pobre guëbón”; por eso en Petare, la gente se fijó en mejores proveedores.

 

La Patria aguarda por Hugo

El pollo de Mercal no quita el hambre de ser buen comprador.

La salud de Barrio Adentro no cura lo alienado, no sana la desmemoria.

La orgullosa educación del Proceso es su principal negadora.

La riqueza repentina hasta de un jala bola, tiene muchos seguidores.

¡Evidencias por miles! Lo fundamental de la muerte política (súbita y lenta) es la impotencia y la impunidad. Hugo, por ahora, eres sentido e incluido en la impotencia (“Yo solo no puedo”; “Él no puede solo”). ¿Hasta cuándo esperar por Hugo? ¿Dónde está tu poder, Hugo? Nada se hace con llamados a la canalla de adentro, con repetir “qué puede un pobre hombre contra el mundo”. ¡Actúa, Hugo! ¡Acciones hacen corazones! La muerte suma para el candidato majunche, antes de hacernos creer que avalas la impunidad.

Antonio.rodriguez749@gmail.com



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Antonio Rodríguez


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