¿Que (NO) hacer?

Consideramos que el estancamiento, bloqueo histórico y reflujo político de la revolución bolivariana presenta causas y condiciones distintas a la unilateral atribución a un factor de “hegemonía pequeño-burguesa” en la dirección ideológica y política del proceso. Aunque hay ciertamente graves errores de derecha en el seno de la revolución (el reformismo y el burocratismo), no escapan de la mira sus conexiones ocultas con las “mascaradas de izquierda” (el sectarismo y el dogmatismo). Lo paradójico de la situación es que los actores más representativos de las prácticas de derecha (de la burocracia, del capitalismo de estado, de la acumulación delictiva de capital, del estalinismo, del cogollo bolivariano) se disfrazan de retórica ultra-izquierdista. ¡Algo huele mal en Dinamarca! ¿Es posible defender pudriciones éticas en nombre del Che? ¡Aunque usted no lo crea!

No es cuestión exclusiva de una “ideología incorrecta”, sino de la confluencia de determinaciones y mediaciones históricas que afectan la praxis transformadora en las condiciones particulares del siglo XXI. Usted puede recitar de memoria a Lenin, a Fidel Castro, al Che, a Mao, pero estimados el asunto es su hacer efectivo, su modo de existencia material, sus triquiñuelas cotidianas, su modo de gestionar las relaciones de poder, de asumir la transformación de una institucionalidad de cabo a rabo capitalista, de concebir su estatus y roles de “dirigente” del “partido mas democrático de nuestra historia”. Sencillamente lo que usted dice entra en cortocircuito con lo que usted hace, dispone y ejecuta cotidianamente. Esa es la impostura que cualquier mortal reconoce tras tanta verborrea de revoluciones “bonitas” y “rojo-rojitas”.

Así mismo, desde el año 2007 se viene imponiendo subrepticiamente un doctrinarismo ideológico típico de una izquierda despótica (bloqueando en la mayoría de los casos, las voces y los liderazgos de base de los colectivos, grupos y sectores populares) que insiste en “calcar y copiar” modelos de socialismo indeseables para grandes segmentos de la población. Pareciera que una fracción económico-política dominante nacida desde el seno de la revolución (la “nomenclatura pumarrosa”) ha encontrado a los “capataces” perfectos para ejercer el “comisariato político”, el control, disciplina y vigilancia de la crítica radical, la administración desde arriba del movimiento popular y de los movimientos sociales: los cultores del estalinismo tropical, nuestros “aparatchiki”, tanto de ahora como de otrora. Capataces bien pagados pretenden darle rienda suelta a su doble condición de opresores/oprimidos, usar su látigo ideológico y las presiones más ruines para apagar cualquier barullo crítico del movimiento popular.

Escúchese bien, desde el viejo socialismo burocrático no habrá revolución democrática y socialista alguna, tampoco podrán abordarse las cuestiones más novedosas de las coordenadas del tiempo histórico presente: ni la cuestión ecológica podrá abordarse desde el productivismo y el consumismo que caracterizaron al canon de la teoría revolucionaria bajo el dogma de la neutralidad de las fuerzas productivas, ni la cuestión transmoderna y la descolonización, producto de una crítica radical a la visión euro-céntrica y colonial del “marxismo burocrático”, ni la cuestión del “género”, el movimiento de mujeres, ni las diversidades sexuales, ni los movimientos anti-institucionales ni anti-burocráticos. En todos estos terrenos, aplicar la “teoría revolucionaria heredada” (la receta ABC del “manual de términos revolucionarios para la ejecución de prácticas reaccionarias”) conduce sin más a un catálogo de “prácticas despóticas”.

La evaluación histórica y teórico-crítica de las experiencias del socialismo real, plantea la incompetencia evidente en materia de alternativas democráticas radicales que se produjeron desde el seno de las codificaciones del “marxismo soviético”: culto a la personalidad, partido-único/Estado, burocratismo y sectarismo, comisariato político, moralina coactiva y compulsiva, han sido elementos que entrabaron sobremanera los proyectos históricos de emancipación radical, no solo en el terreno de la liberación política y social, sino en el propio terreno de los espacios singulares de libertad y de la vida cotidiana. Cuando la libertad no es sólo un privilegio económico (capitalismo liberal) sino un privilegio político de la “nueva clase” (socialismo burocrático) no hay realización efectiva de un proyecto de emancipación.

La deriva cesarista como paradigma de liderazgo no es asumida ni siquiera en clave de Simón Rodríguez (¿repite usted aquello del socialismo utópico?) cuya máquina de enunciados estuvo destinada al aprendizaje del autogobierno popular (en fin, una educación política para la libertad, la igualdad y la ciudadanía republicana).

El mito cesarista, bonapartista, personalista, caudillista no es una fatalidad de la historia, está directamente articulado a las limitaciones concretas para el despliegue de la democracia participativa por parte de la totalidad de las direcciones realmente existentes de los “partidos revolucionarios”, muchos de ellos todavía inoculados con la “verdad suprema” del “leninismo de partido único”.

Solo una pequeña orientación bibliográfica; revise página a página la investigación sobre la teoría de la revolución en el joven Marx (Michael Löwy. Editorial Siglo XXI) y se dará cuenta del antagonismo entre la auto-liberación de los trabajadores y trabajadoras, de su alienación política en cualquier figura del imaginario jacobino o del culto a la personalidad. No hay Bonapartes ni partidos-únicos que le hagan el trabajo revolucionario al pueblo trabajador.

No se trata de querencias ni de buenas intenciones de nadie. El asunto es que una maquina institucional como los partidos-aparatos, requiere de sus engranajes bien aceitados, pues es el ritual ideológico, sus liturgias, las que enmarcan los habitus, la fraseología y voluntades que allí habitan como “peces en el agua”. Hasta ahora el “príncipe moderno” no ha parido un partido democrático y revolucionario de masas que efectivamente ejerza la democracia radical interna y que exprese en un centro de dirección colectiva la voluntad mayoritaria no solo de una militancia, sino del bloque social de los explotados y oprimidos. Con el pretexto de los “cuadros bien formados” sabemos que estamos ante engranajes “bien disciplinados y sumisos”. Por tanto, lo más elemental es aprender una lección de la historia: un partido-único dominado por el “centralismo burocrático” prefigura siempre la maquinaria institucional del Estado autoritario-despótico.

Por otra parte, la ineficacia e ineficiencia de la política social depende de su escasa vinculación con el empoderamiento popular, transformándola en viejas fórmulas clientelares (las misiones presentan un grave deterioro, no hay una nueva institucionalidad revolucionaria junto a los programas sociales con eficacia, eficiencia y alto impacto). El bloqueo y cooptación desde arriba del empoderamiento autónomo de los movimientos sociales y populares muestra un esquema más interesado en el control político que la redistribución intensiva y extensiva del poder. No se trata de transferirle poder desde arriba, sino de quitar las barreras para que el poder popular de exprese como dicta cualquier noción elemental de protagonismo y soberanía popular directa (Art. 5 CRBV). Habrá que repetirlo hasta el cansancio: los órganos del Estado emanan de la soberanía popular y a ella están sometidos.

Las graves fallas de política económica muestra el camino a paso de “morrocoy mocho” de los intentos por romper con una economía rentista petrolera (como modelo extractivista de crecimiento económico), reproduciendo fallas en el modelo distributivo y redistributivo de la renta (el reparto del ingreso nacional sigue siendo desfavorable al “mundo de los asalariados” y favorable a las rentas, intereses y ganancias capitalistas). No hay coeficiente de Gini que oculte que los capitalistas (que son pocos) ganan aún muchísimo más que los asalariados, explotados y dominados (que son muchos).

Curiosee un poco como se inventó el manido coeficiente para saber que intereses de clase estaban en juego. Detrás de todas las sofisticaciones matemáticas de Gini, no hay que olvidar que Corrado Gini fue un influyente ideólogo fascista (escribió nada mas y nada menos que Las bases científicas del fascismo-1927).

La alternativa es más sencilla que un debate sobre cálculos matemáticos de desigualdad y concentración del ingreso, que ejercicios de normalización de medidas-promedio, pues cualquier coeficiente de desigualdad puede medir los “quintiles” o “deciles” más altos y más bajos de una pirámide de ingresos (de personas o de hogares), su proporción y distancia social. Por otra parte, las remuneraciones al factor trabajo en el análisis del ingreso nacional, dan también cuenta de las remuneraciones al capital. Una pequeña relación numérica Capital/Trabajo que no es nada inocente. Ninguna afición a la tecnocracia está por encima de la sintomatología de la dinámica de la explotación capitalista.

Por otra parte, en el plano teórico-crítico es palmaria la ausencia de instancias colectivas, creativas y libres de debate-encuentro entre fuerzas y movimientos de izquierda, para construir opciones sin caer en las descalificaciones, coacciones y violencias simbólicas tan características de la izquierda cavernaria, dogmática y sectaria.

Insistiremos. La revolución bolivariana ha tomado un rumbo equivocado. Requiere una reconducción radicalmente democrática del proceso popular constituyente que se inicio en 1998. La radicalización democrática es el eje de la rectificación y del reimpulso, para no calcar ni el viejo Socialismo ni perpetuar el capitalismo rentista y monopólico de estado (CRME).

La reunificación de fuerzas no puede ser pretexto para caer en manos del esperpento estalinista convertido en “propaganda bancaria”. La re-politización de la gestión pasa por una estrategia hegemónica democrática, para recuperar, reunificar y reagrupar actores, movimientos y fuerzas sociales que se han venido desactivando, distanciando y desagregando de la corriente histórica nacional-popular que amalgamó la revolución bolivariana en 1998. Es en la conjunción entre socialismo y democracia donde puede avivarse la llama que fecunda la revolución bolivariana. No su disyunción.

Hay muchos más aspectos a considerar, si se trata de hacer previsiones para el 2012. Incluso si Chávez gana mucho antes de lo que muchos suponen (diciembre 2012), con una votación que oscila entre 57% y 63% de los votos, la pregunta será: ¿Y ahora, que hacer?

Lo fundamental en un riguroso análisis de la correlación de fuerzas (internacionales, nacionales y en el seno del pueblo) para evitar la derrota estratégica de la revolución bolivariana, democrática y socialista, incluso no en manos de la oposición de derecha sino en manos de la alianza entre una nueva clase político-económica y sus capataces políticos estalinistas.

La crítica, por más desmesurada que sea, es un insumo de trabajo político. Para este elemental propósito, hay que corregir graves fallas en la definición del Proyecto Político de Gobierno y del proceso bolivariano. El dilema de las llamadas corrientes radicales es captar si tienen vocación para transformar radicalmente las relaciones de poder, y colocar al bloque popular democrático-revolucionario en el control de las palancas de la revolución. Si fuera así se habrá derrotado momentáneamente al imperialismo y sus lacayos explícitos, pero también habrá que analizar cuanto se ha avanzado en derrotar a la derecha rojita y a sus capataces estalinistas.


jbiardeau@gmail.com


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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