Para la diputada carabobeña el pueblo no quiere poder

Todo el poder para los Salas. Las sobras son del pueblo

La diputada opositora, una señora bastante mayor ella, de cuyo nombre no puedo acordarme pese el empeño, puesta allí una y otra vez por el clan Salas, tampoco le interesa el poder sino ser títere en el tinglado de titiriteros toscos, avaros, agalludos, maniobreros pero de escasas virtudes. A ella le dan cuerda sólo hasta donde les conviene y además porque no demanda mucho, su autonomía sólo llega hasta allí. Para allá es lejos y la poca cosa que carga en el porsiacaso, es más que suficiente para satisfacer sus aspiraciones, anhelos y no porque padezca de anorexia.

Como si estuviese reproduciendo un viejo disco de acetato en el aparato que tiene atravesado entre pecho y espalda, pues el cerebro no le alcanza para albergarlo, se largó un discurso en defensa de lo que le han dictado sobre descentralización.

Su soplada idea, como la de adulantes de viejos feudales, es que el pueblo no quiere poder alguno, ni que le pongan a planificar, diseñar sus tareas, al frente de la solución de sus problemas, la administración de sus recursos, porque no sirve para nada. Por eso es pueblo, porque la incompetencia, nulidad y nadería son sus consignas y ancestrales formas de ser.

Su sabiduría, la de la diputada, fundamentada en una superficial lógica como quien camina hacia adelante porque ha visto a sus inspiradores o mejor titiriteros hacerlo por años, le garantiza que descentralización es aquello que obliga a Chávez y cualquiera que sea presidente, entregarle lo que corresponde a la “gente”, no a esa guachafita o entelequia, como dijese Betancourt, lo que Elías Jaua recordó, sino a personajes modelos y “signados por la providencia”, como los Salas.

Sólo en las manos de “gente” como el pollo, su padre y otros como ellos, esos reales rendirían sus frutos e intereses bancarios, piensa la señora. Pues la gentuza - el pueblo que no existe, ya lo dijo “el brujo de Guatire”- no sabe como manejarlos.

Esa “chusma”, según la percepción de la señora, no quiere que le empoderen porque a su parecer necesita y ansía que los Salas, pues ni ella misma sirve, les resuelvan los problemas.

¡El mundo siempre ha sido así!, clama la señora diputada. Unos mandan y otros obedecen. Por eso, piensa ella con profunda convicción, estoy aquí, no porque quiera ni por aspirar hacer lo que del forro me salga. No. Estoy para servir de portavoz de quienes deben ostentar el poder por derecho divino. No soy nadie, ni nada me merezco, sólo me orienta la obediencia a quienes están llamados a dictarnos la tarea y tocar la música que bailar debemos.

Este pensar mío, que de la orilla me viene y vengo, y se me nota por los cuatro costados, hasta por esta sumisión y mansedumbre, este lanzar loas y batir lanzas por los Salas, quienes aquí me trajeron con una cabuya corta, ha sido el mismo de los servidores de los cruzados, señores feudales, siervos de la gleba, serviles de esclavistas, pandilleros de terratenientes y “empresarios” testaferros de capitalistas que roban al pueblo en bancos y proyectos habitacionales fantasmas. Es una conducta inducida por los amos y a ella y ellos nos debemos. Por eso, porque siempre ha sido así, es muy “moderna”, tanto como la descentralización que defiendo.

El pueblo, es una entelequia, es algo irreal, no existe; si se le ve, pesa y ocupa lugar en el espacio, no tiene alma. Y siendo esta última su condición primaria, como los indios y negros, aparte de no estar capacitados para manejar sus asuntos, por nuestro Dios, tampoco les asiste el derecho de reclamar, porque no tienen la humana condición. Son sólo cosas, bolas que corren de aquí a allá si se les impulsa o arrastra la pendiente.

La diputada pues piensa que el pueblo o mejor esa gentuza, para no salirnos de su fe, sólo tiene derecho a que la “gente”, esa como los miembros de la familia que la han amaestrado, le tiren las sobras del festín.

¡La descentralización es una cosa sencilla, lineal y no chucuta! Lo jura por sus dioses y alabarderos.

La brutalidad de la gente de Chávez no tiene límites ni explicación en una percepción modernista. Los de abajo, el pueblo o mejor la gentuza, están para ser gobernados o mandados. Los reales deben manejarlos quienes siempre han mandado, los de arriba, porque así hizo Dios - ¡como castigo!- al mundo. Ellos saben como hacerlo. Aquellos deben esperar con su obligada y celestial paciencia, salvo que prefieran “empecatarse” y ser expulsados del reino de los cielos o de los Salas, que algo por goteo les llegue.

Esa es la descentralización moderna, la del FMI, la única posible para salir del atolladero en el que estamos metidos. Bueno, no tanto yo, porque al fin y al cabo siempre vivo de las sobras, que no me dan en plato, más bien en el reguero que dispersan los festines, sino los bondadosos que me permiten entender estas cosas que chavistas no y poder decirlas nada más y nada menos que en la Asamblea Nacional.

¡Vivan las sobras desperdigadas por el suelo! ¡Viva el padre, el hijo y sus incontables hermanos de festines, boludos, bolsas llenas de cosas mal habidas y abiertas para que la descentralización las llene!

damas.eligio@gmail.com


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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