El matemático Juan Manuel Cajigal, quien murió loco en Yaguaraparo

El 10 de agosto de 1803 nació en Barcelona, don Juan Manuel Cajigal, uno de los hombres más extraordinarios del siglo 19. Cuando tiene 13, el joven Juan Manuel se embarca rumbo a Cádiz, donde piensa realizar serios estudios en la Academia militar. En 1818 ingresa en el Real Cuerpo de Ingenieros de Alcalá de Henares, y lo hace hasta la invasión de los Hijos de San Luis en 1823.

         De 1825 a 1827, Juan Manuel Cajigal asiste a los cursos avanzados que se imparten el Instituto de Francia.

         En 1827, cuando Bolívar se encuentra en Caracas, llega Juan Manuel. El 13 de octubre de 1830 el Congreso Constituyente aprueba la creación de la Academia de Matemáticas, que había sido propuesta por Cajigal a comienzos de 1829.

         En 1833 encontramos a Juan Manuel como presidente de la Comisión de Artes y Oficios de la Sociedad Económica de Amigos del País. En agosto de ese mismo año, asciende a la Silla de Caracas, y recolecta especímenes de la flora. Publica su relato en las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País.

         En 1834 es nombrado primer comandante de ingenieros y ese mismo año persigue en los Valles de Aragua al insurgente Cayetano Gavante.

         En 1835, siendo presidente de la República José María Vargas, Juan Manuel Cajigal es nombrado conjuez de la parroquia Catedral en las elecciones de mayo, y en octubre nombrado senador por la provincia de Barcelona.

         En 1837 es miembro de la comisión de Hacienda de la Cámara del Senado.

         En 1837, junto con Ángel Quintero forma parte en la comisión para el informe de los límites con Colombia.

         En 1839, funda el Correo de Caracas.

         En 1838 es Director de Instrucción Pública.

         Cuando el general Carlos Soublette, en 1843 es presidente de la República, Cajigal actúa como representante principal ante el Congreso Constitucional.

         Muere Juan Manuel Cajigal en Yaguaraparo, el 10 de febrero de 1856.

         La historia es un como un gran rompecabezas que va tomando forma con los minúsculos detalles que los investigadores día a día van rescatando del polvo, la desidia y el olvido. Pudiera decirse que no existe un sólo documento, que por zonzo no deje ser esencial para la comprensión de los hechos del pasado, la ambientación de una época en particular, los sentimientos, las preocupaciones... Sobre todo, quien investiga en este campo debe aprender a leer entre líneas.

El historiador se asoma al espíritu de los hombres en esas tenues fisuras sicológicas que dejan entrever las palabras. Investigando la vida de Juan  Manuel  Cajigal me parece haber descubierto otras cargas de desesperación, tristezas inenarrables, aberraciones políticas, miserias y desolación de la eterna condición nuestra.

         Juan Manuel Cajigal no era un hombre con cualidades de guerrero, tampoco de político, no obstante que padeció una época, en la cual sin estas dos "cualidades" era prácticamente imposible sobrevivir. Todavía, con todo el "progreso" del cual nos jactamos, vemos como a ciertas luminarias de la ciencia, ciertas consagradas crismas del intelecto les es imposible sustraerse del pequeño mundo de la diatriba partidista. Acaban por cambiar los solitarios salones de las bibliotecas y de los laboratorios, del silencioso batallar de las ideas, por el amargo enfrentamiento con los intereses personalistas de grupos poseídos de necias ambiciones: el capricho tropical del mando, del disfrute de honores y prebendas.

         A Juan Manuel Cajigal le fue imposible vencer la estupidez de su época, y su trágico final, no es sino el resultado de un hombre ante la visión derrotada de su Destino. Que mira su talento hecho añicos por la jauría de los partidos. Su vida y su talento irremediablemente perdidos. Nunca tuvo paz para pensar, para ordenar sus ideas en medio de la exigente disciplina que requieren el estudio de las ciencias exactas.

Y fue así como Cajigal terminó muriendo loco. Hubo una época en Venezuela en la que, quien no se volvía loco ante el caos que le rodeaba, ante la insidia y la total falta de dignidad del país, era porque realmente debía ser un tarado.

         Sin embargo uno se conmueve imaginando cuánto pudo hacer Cajigal, en medio de terribles adversidades. De la capacidad infinita para tolerar tanto "atraso", él pudo haber abandonado el país, cultivar su talento en una ciudad como París o Roma; olvidarse de que tenía patria y sacrificar todos esos símbolos que uno a veces no sabe si en verdad tienen algún valor, sólo por sacar de sí cuanto podía crear, producir. Su voz pidiendo orden: Lo que más deseo es que se acaben las convulsiones, y que entremos en el orden legal; nosotros tenemos sed de orden legal (**) . Cajigal tuvo que resignarse a vivir en el infierno de las eternas guerritas, en los montes y en la soledad de su pueblo y murió cara al mar como Bolívar.

         Es insoportable esa visión de Páez, patán con el rebenque en la mano, enfurecido contra el pensador, a quien destituye de su cargo de profesor de "matemáticas sublimes", en la universidad, por considerarlo autor de un anónimo en el Correo de Caracas.

Indudablemente para mí, la figura del prócer Páez es mil veces inferior a la de Juan Manuel Cajigal. Hay que ver cómo se han reproducido cantidades enormes de paecitos en tanto que hombres de la categoría de Cajigal parecieran poco práctico emularlos.

         Cajigal triste, con los ojos hechos cenizas de tantos indagar. Su agonía de pensador. Nada más cruel que uno no tenga con quien comunicarse en los niveles profundos que exigen las ciencias abstractas; si hoy es difícil soportar tal aislamiento, cómo debió haber sido entonces.

Se percibe esa condenación irremediable que padecieron un Ramos Sucre, Pío Argenis Rodríguez, Reverón, Cecilio Acosta.

         Con todo lo matemático que tenía Cajigal, es necesario hacer la observación, que no fue de esos investigadores y estudiosos unidimensionales, obcecados de una parcela del conocimiento, incapaces de mirar un poco más allá de sus números y fórmulas. Cajigal buceaba en casi todos los campos del espíritu, porque es necesario decir que un hombre restringido casi exclusivamente a una parcela del saber jamás podrá aspirar a la comprensión de nada.

Es imposible obtener ideas nuevas, incluso en el propio campo de las matemáticas, sino se conoce la historia, por ejemplo. Todo conocimiento parcial del hombre lo empequeñece, y esto lo entendía muy bien los sabios, quienes llegaban a dominar varias lenguas, y que como Cajigal conocían algo de buena música, literatura, botánica, pintura.

Quizás por esto nuestras universidades, en el presente, se encuentren tan degradadas.

         Cajigal formó 164 venezolanos que trasmitieron de algún modo su infatigable capacidad para el trabajo, la paciencia que requiere la investigación científica. En medio de tanta barbarie esta fue una proeza increíble, tan exigente y cruel como ganar batallas en la época de la independencia. Quizás más ardua porque para las batallas siempre sobraban hombres que pudieran servir con la lanza y la espada, en cambio para abrirse caminos en la abstracción del pensamiento, en la honestidad del conocimiento, hace falta un valor demencial consigo mismo, en la soledad más absoluta.

         Y si antes se podía ser maestro de un grupo de jóvenes, esa virtud en el presente está prácticamente vedada, casi extinguida, pues vamos al galope sin mucho orden, con demasiadas complicaciones en el día a día, en medio del relajo de unos escuálidos que odian a muerte a la patria y que dominan escuelas, liceos, universidades y academias, todavía con el relajo pertinaz de huelgas, dominados por la avidez por el capital y las preocupaciones por una vida mecanizada y a la vez frívola, donde lo que importa son los bienes materiales y el mundo de las sensaciones egoístas.

Y en medio de ese caos, personajes como Cajigal parecen incluso a los ojos de las nuevas generaciones como seres realmente extraños e inconcebibles.


(**) Ut supra, pág. 50.


jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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