Los apagones y el tramite de la pensión

 


—Epale compadre, ¿Cómo la ha pasado en estos días de oscuranas? No lo veía desde el primer apagón, creo. Aunque ya esto parece una saga de cine: «Apagón V, VI, VII» ¡Espérelo en su lugar favorito y disfrute lo que pueda!
—Como le dijo que no, si es que sí. Así como decía la Chimoltrufia. Dígame usted.
—Imagino compadre, que perdió el comidal que tenía en la nevera con esto de los apagones.
—Usted sabe que en este estero no existen ya las neveras; lo que la gente tiene en la cocina es una piscina: agua y luz; y la última estaba ausente. Por otra parte, le dijo que lo que único tenía era un kilo de lentejas que había comprado como tres días antes por allá en Quinta Crespo.
Porque sepa usted, desde hace meses desayuno, almuerzo y cena con lentejas. He comprobado que no matan, de eso puede estar seguro.
—En entonces de esa salió bien parao. ¿Y cómo le hizo con el agua? Porque esto estuvo seco por todos lados, y en algunas partes sigue igual.
—Bueno, eso lo resolví con un tobo de agua que tenía y apliqué el baño del enfermo.
—Caramba, ¿Y cómo es eso, compadre?
—Usted sabe que antes cuando en casa había en cama un enfermo, al mismo lo bañaban pasándole un trapito mojado por todo el cuerpo y así lo aseaban. Me acordé de esa técnica y apliqué la misma. No es como darse un baño, pero algo ayuda a quitarse la mugre de encima.
¿Quién sabe cómo haría la gente para salía a trabajar? ¿Cómo se quitarían ese olor a guaralito de chorizo de encima? Porque el perfume y la colonia están caros, y tengo entendido que ya una panela de jabón azul está por los ocho mil soberanos. Dígame usted ¿Cuánto puede estar costando el Chanel Nº 5?
—Ni idea, pero la verdad es que salir a la calle sin un bañito es delicado, por las implicaciones que eso puede tener.
Y ¿pudo viajar para Ciudad Bolívar a buscar la planilla aquella?
—No me hable de eso, que para eso se necesita mucha plata. Imagine usted, que un amigo me comentó que tiene que ir a pagarle una promesa a la virgen de La Chinita allá en Maracaibo y necesita en efectivo Cien mil soberanos, fuera de los pasajes de ida y vuelta, y sin contar la comida.
¿Cuál será el santo patrono de Ciudad Bolívar? Para pedirle una ayudita.
—Será San Patete, compadre.
—Ni diga esas cosas, vale. A lo mejor es San Pascual bailón o San Juan el Parrandero, aquellos que mentaba el Cazador Novato.
—Pueden ser. ¡Ah! Carache y dígame ¿Qué pasó con lo de la pensión? ¿Pudo resolver esa guarandinga del otro papel que le mandaron a buscar? Ya está listo eso.
—Que listo y resolver nada, vale. Sin luz nada sirve, nada funciona. Si el gobierno ha empezado todavía a trabajar, en estos días está todo parado; y cómo lo va a hacer si todos esos equipos quedaron esguañingaos, la plataforma y los sistemas están por el suelo. Cómo van a hacer.
Para pagar la mensualidad del Seguro Social me costó Dios y su mundo, porque usted sabe que mientras no haga el trámite tiene uno que seguir pagando su cosa, porque si uno se pone moroso lo sacan del sistema y chaolin con ese asunto.
Mire usted, con eso de los apagones no había línea en ningún banco y yo asustado para no estar moroso con el gobierno, por allá en Bello Monte me enteré que había un banco con línea y para allá me fui apuraito y pagué.
Ahora resulta que con todo ese samplegorio a lo mejor el banco no pudo pasarle la plata al Seguro Social o se la pasó tardíamente. Lo cierto es que este mes no me salió la bendita solvencia y el Seguro me estampó por el pecho los intereses de mora. Ve usted, para eso el sistema si es ajilaito.
Para eso el sistema si es automático. Para cobrar la mensualidad y si uno se pone moroso le salen inmediatamente los intereses de mora. ¿Por qué entonces no es automático con la asignación de la pensión? Si uno llega a los sesenta años y tiene las 750 cotizas le debiese salir automáticamente la asignación de la pensión, sin estar llevando ni buscando papel alguno.
—Verdura el apio, dijo el chino.
—El sistema debiese avisarle a uno automáticamente y decirle: «mire amigo ya su pensión está lista, pase por allá para darle sus reales». Incluso no tendría uno que pasar por las oficinas. Aunque vale la pena, porque esas muchachas sí están buenas mozas y provoca ir a cada rato para allá.
Bueno, la cosa es esta, le asignan de una vez el banco en el cual le corresponde a uno cobrar, y así uno se va directo para la agencia a buscar su tarjeta de pensionado y se viene con los bolsillos llenos. Que no alcanza para mucho, eso es verdad, pero algo es algo. De esa manera sería más fácil todo ese jaleo.
—Así como usted dice compadre, sería más fácil que pelar mandarina.
—Por supuesto, que sería una manguangua. Para uno y para la gente que trabaja allá en el Seguro, o no.
Eso es como el SAIME, a uno vienen y le roban la cartera y la cédula con ella por pura maldad, porque en esa cartera lo que hay es pura pelusa. Entonces uno se va para el SAIME a sacar una cédula nueva y qué le dice el funcionario: «por favor, una fotocopia de su cédula». Pero, ¡por Dios bendito! si no tengo la cédula porque me la robaron como voy a tener una fotocopia.
En cambio, usted se ha fijao que en los bancos ahora lo que le piden a la gente es la cédula y nada más. Eso sí, lo miran a uno como gallina que mira sal y le dicen: «ponga el dedo en el capta huella» mientras lo miran de reojo; el aparatico parpadea varias veces y dice: «este es, denle sus churupos». Y allí le aflojan los realitos a uno, no mucho tampoco. Y más desconfiao que un banco ni el mismo mandinga. Y hacen eso así de fácil.
Entonces porque el mero Jefe del Seguro Social no se va para donde el Ministro, a quien le corresponde ese asunto, y le dice: «Mire señor Ministro haga que la asignación de la pensión salga de manera automática». Y si éste no puedo hacerlo, que se vaya entonces el Ministro a donde el mismísimo Presidente, que está gordo ese hombre, y le diga: «Presidente ponga la guarandinga esa de la pensión de manera automática» y éste le zampa un ejecútese y listo. Una papaya. Y todo el mundo se lo va a agradecer.
Así se acaba tanto viejo ocupando lugar en esas oficinas y todos los demás contentos y felices comiendo perdices. Dígalo ahí.
—Así mesmo, diría el difunto.
—Claro y facilito, le dijo yo.
Cuando pase todo este barullo de la luz y el agua me vuelvo a ir para esas oficinas a seguir con el trámite. Por ahora esperando las aguas de mayo y mirando para Petare por si acaso cae en estos días un chaparrón de padre y señor mío. Porque aguaceros con apagones no deben llevarse nada bien.

 

 



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Obed Delfín


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