El discurso de Obama

El 44° presidente de los EE.UU. ha tomado posesión en medio de la inmensa expectativa mundial resultante de la crisis sistémica en desenvolvimiento. Es el fin del gobierno más desastroso que recuerden los anales de la Casa Blanca y las peculiares características del nuevo mandatario, afrodescendiente, carismático y de imagen atractiva en medida igual a la repulsiva del otro. El hecho da para el júbilo interior norteamericano y el alivio planetario, aunque el entramado de poder real, que permite el juego de contradicciones pero sólo bajo inexorable control, está allí para confrontarnos con la realidad y evitar desbordamientos optimistas. Y ese doble carácter se halla inconfundiblemente presente en el discurso de investidura leído el 20 de enero, así como en los pronunciamientos y decisiones iniciales y en la composición del gabinete inaugural. Tales movimientos, en mi opinión, empiezan a mostrar que la vuelta de la ilusión a ese país, proclamada por la hija de John Kennedy, será en el sentido estricto de la palabra, una quimera. Y no en el figurado de esperanza que ella le imprimió, restando por descifrar la incógnita de cuanto le llevará al encanto hundirse en el tremedal gatopardiano.


Cuando se leen expresiones como “una nación no puede funcionar durante mucho tiempo si favorece sólo a los ricos”, “rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales”, “el mundo ha cambiado y tenemos que cambiar con él”, “nos comprometemos a colaborar con las naciones más pobres”, “fieles a los ideales y las demandas fundacionales”, “nuestro poder solo no puede protegernos ni nos da derecho a hacer lo que nos place”, “lealtad”, “honestidad”, “juego limpio”, y se recuerdan las promesas dichas en un ambiente de tan deprimida conciencia social, no es sorprendente la eclosión de tanto feliz augurio y anhelante espera.


Pero cuando el mismo texto nos golpea con afirmaciones que no por edulcoradas ocultan su inquietante meollo, como “en guerra contra una red de alcance de violencia y odio”, “volver a la tarea de rehacer a los Estados Unidos”, “no vamos a pedir perdón por nuestro estilo de vida, ni vamos a vacilar en su defensa”, “comenzaremos a dejar Irak, de manera responsable, a su pueblo, y forjar una paz ganada con dificultad en Afganistán”, y se observan, de bulto, la absolución automática de la agresión sionista y el trato agresivo a nuestro gobierno sin averiguaciones ni pruebas, Bush no se ha ido. La línea de choque entre las prioridades de signo imperial y las ofertas democráticas y reivindicativas se divisa nítida. ¿Violencia y odio? Véase la viga en el ojo propio, búsquesela en los ocupantes israelíes. ¿Rehacer a los Estados Unidos? ¿Será, acaso, como cuando se diezmó a las etnias originarias, o se cercenó más de medio México, o se birló la victoria anticolonial a Cuba, o se colonizó a Puerto Rico, o se arrancó Panamá para el canal, o se pusieron y depusieron sargentones sangrientos y lacayos como presidentes, o se hicieron decenas de expediciones de marines a costas nuestramericanas y a otras latitudes, en desprecio del derecho ajeno, todo para succionar los recursos de los pueblos y amasar desproporcionada riqueza sobre la pobreza de ellos, construyendo de ese modo su dilapidador y antinatural estilo de vida?


Irak, ¿cuánto rodeo habrá para finalmente quedarse, clavada en el alma de ese pionero de civilización la “embajada” más grande del planeta? Afganistán, ya está dicho, a lo Bush, que seguirá el martirio de ese pueblo. Permítanos Barack Obama creerle suspendiendo el bloqueo a Cuba y estableciendo con ella, así como con Venezuela y el resto de Nuestra América y del mundo, incluyendo Irak, Afganistán y Palestina, relaciones de igualdad y mutuo respeto. Digo, es un decir, él sólo es un gerente y quienes disponen son otros.


Además, él puede ser sincero, Fidel avala esa cualidad, pero es un representante de la burguesía negra, más cercano de los wasp que de las gentes “de color” y aunque sensible, bondadoso, inteligente y menos papista; más afín a Condoleeza y a Powell, que a Martin Luther King o a Muhamad Alí. Tal vez, y mucho diera por equivocarme, más en la línea del Tío Tom que de los luchadores de Harlem. El imperio necesita cambiar de cara y éste parece el hombre a la medida.


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Freddy J. Melo


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