La sospechosa felicidad imperial con Venezuela

La reciente retórica proveniente del Despacho Oval no es solo una muestra de cinismo diplomático; es una señal de alerta para la arquitectura del derecho internacional. Cuando el mandatario estadounidense, Donald Trump, afirma estar "muy feliz" con la gestión de la Presidenta Delcy Rodríguez y celebra que se llevan "muy, muy bien", debemos despojar esas palabras de su barniz de cordialidad para encontrar la verdadera intención de fondo: la normalización de la tutela imperial sobre los recursos soberanos.

En la semántica del imperialismo, términos como "buen trabajo" o "felicidad" suelen ser códigos que traducen la docilidad de un actor ante los intereses de Washington o, peor aún, el éxito de una estrategia de cooptación. 

Al elogiar públicamente a la mandataria venezolana, Trump intenta proyectar una imagen de "protectorado funcional", donde la soberanía nacional (principio fundamental de la Carta de las Naciones Unidas) queda supeditada a la aprobación del Ejecutivo estadounidense.

Este lenguaje manipulador busca desdibujar la realidad de las Medidas Coercitivas Unilaterales que han asfixiado la economía venezolana. No es una relación de respeto mutuo; es la narrativa de un capataz que felicita a su subordinado mientras sostiene los grilletes bajo la mesa.

La parte más alarmante de las declaraciones de Trump no es el elogio, sino la invitación abierta a que países de todo el mundo "empiecen a llevarse el petróleo" de Venezuela. Aquí, el Derecho Internacional es pisoteado de forma flagrante:

Autodeterminación: Según la Resolución 1803 de la Asamblea General de la ONU, los pueblos tienen el derecho permanente sobre sus riquezas y recursos naturales.

Gestión del Recurso: Corresponde exclusivamente al Estado venezolano, bajo sus leyes y en ejercicio de su soberanía, decidir con quién y en qué términos comercializa su crudo.

Que un mandatario extranjero se sienta con la autoridad de "invitar" al mundo a extraer el recurso de otra nación es una confesión de intenciones neocoloniales. Es tratar a Venezuela no como un Estado soberano, sino como una estación de servicio abierta al saqueo bajo la supervisión de la Casa Blanca.

La "felicidad" de Trump es una señal de peligro para los movimientos antiimperialistas. No existe una "buena relación" real cuando una de las partes se atribuye la facultad de repartir los recursos de la otra. 

El pueblo venezolano y la comunidad internacional deben ver estos halagos como lo que son: una maniobra de distracción para legitimar la injerencia y convertir la autodeterminación en una mercancía negociable en el Despacho Oval.

La soberanía no se agradece ni se felicita; se ejerce y se respeta. Cualquier "dirección" que tome el país debe ser dictada exclusivamente desde Caracas, no bajo la "dirección" de una potencia que históricamente ha visto al sur como su patio trasero.



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Oscar Bravo

Un venezolano antiimperialista. Politólogo.

 bravisimo929@gmail.com      @bravisimo929

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