Estados Unidos: la guerra como política de Estado

En 2019, el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, realizó una de las autocríticas más duras que se jamás escuchadas al interior del poder estadounidense. Señaló, sin rodeos, que Estados Unidos es “la nación más belicosa de la historia”, recordando que - desde su fundación - ha pasado la mayor parte de su existencia involucrado en conflictos armados, invasiones o intervenciones militares directas o indirectas. No fue una provocación retórica, sino una constatación histórica: la guerra ha sido un eje estructural de la política exterior estadounidense.

Esa vocación bélica tuvo uno de sus puntos más dramáticos en agosto de 1945, cuando Estados Unidos lanzó 2 bombas atómicas sobre Japón, en Hiroshima y Nagasaki. Fue la primera —y afortunadamente hasta ahora la única vez— en que se usaron armas nucleares contra población civil. Más allá del relato oficial que intenta justificar ese horror como un medio para acelerar el fin de la Segunda Guerra Mundial, el hecho marcó un precedente brutal: la demostración de poder absoluto y la normalización – y sí, también el derecho de la gran potencia mundial – de usar armas de destrucción masiva, sin rendir cuentas, sin excusas.

A partir de ese momento, la Guerra Fría convirtió a Estados Unidos en el actor principal de conflictos en distintas regiones del mundo. La Guerra de Vietnam (1955–1975) es un claro ejemplo de ese período: una guerra prolongada, devastadora y finalmente perdida, que dejó millones de víctimas y evidenció los límites del poder militar frente a la resistencia de un pueblo. Vietnam no fue solo una derrota militar, sino también moral, y aun así no produjo un cambio profundo en la lógica intervencionista de Washington.

Décadas más tarde, tras el fin de la Unión Soviética, lejos de inaugurarse una era de paz, se inauguró una nueva etapa de guerras “preventivas” y operaciones militares bajo el discurso de la seguridad interna y las amenazas internacionales.

La Guerra del Golfo (1990-1991) marcó el inicio de esta fase: una demostración tecnológica y militar aplastante contra Irak. En paralelo, la guerra en Afganistán (2001–2021) se extendió por dos décadas, con un saldo de muerte, desplazamiento y destrucción que terminó en una retirada humillante y sin asegurar los objetivos proclamados.

La intervención de la OTAN en Libia en 2011, impulsada por Estados Unidos y sus aliados, repitió el patrón: bombardeos bajo el discurso humanitario, derrocamiento del gobierno y un país hundido en el caos permanente. La democracia prometida nunca llegó; pero sí abrieron las puertas a las milicias privadas, el tráfico de armas y la inestabilidad crónica.

Hasta aquí, la historia muestra una continuidad estructural: gobiernos demócratas y republicanos, con distintos discursos, pero con una misma lógica imperial. Sin embargo, el segundo gobierno de Donald Trump, ha marcado un punto de inflexión, no por romper con esa tradición, sino por radicalizarla y despojarla de cualquier máscara diplomática.

Trump no inventó el belicismo estadounidense, pero lo volvió más explícito, más descarado, brutal y mediático. Bajo su conducción, la amenaza directa, el chantaje y la desinformación pasaron a ser herramientas centrales de la política exterior. En América Latina, esto se expresó con particular crudeza en Venezuela.

La acusación hacia el llamado “Cartel de los Soles”, presentada como una supuesta red de narcotráfico dirigida por el Estado venezolano, se convirtió en una pieza clave de propaganda. Sin pruebas judiciales concluyentes y basada en informes de agencias estadounidenses, esta narrativa fue amplificada por grandes medios internacionales para criminalizar a un gobierno, justificar sanciones, intentos de derrocamiento e incluso acciones militares. Más que una investigación seria, el “Cartel de los Soles” funcionó como fake news geopolítica, diseñada para construir un enemigo y legitimar la agresión.

En los últimos años, la lógica belicista no ha desaparecido; solo ha adoptado nuevas formas. Las amenazas constantes contra Irán, el endurecimiento del bloqueo y la presión sobre Cuba, y la escalada permanente contra Venezuela, culminando en acciones directas y abiertas, refuerzan un patrón histórico: cuando un país no se alinea – voluntariamente - con los intereses de Washington, se convierte en un enemigo.

Así, las palabras de Jimmy Carter adquieren una vigencia inquietante. La guerra no es un error ocasional en la historia de Estados Unidos, es una constante. Y bajo el mandato de Donald Trump, esa constante se ha vuelto más peligrosa: menos encubierta, más agresiva y sostenida en campañas de desinformación que buscan legitimar lo ilegítimo.

La pregunta ya no es si Estados Unidos volverá a la guerra, sino cuántos pueblos pagarán el costo de una política exterior que sigue entendiendo la fuerza como su principal argumento.

 

Fuentes:

Atilio Borón

https://www.youtube.com/shorts/qB8C0VcMsW8

https://www.pressenza.com/es/2019/05/jimmy-carter-los-estados-unidos-la-nacion-mas-belicosa-en-la-historia-del-mundo/

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/30/politica/washington-declara-emergencia-nacional-por-amenaza-de-cuba-a-su-seguridad

https://www.aljazeera.com/news/liveblog/2026/1/30/live-iran

https://elpais.com/internacional/2026-01-28/trump-amenaza-a-iran-con-un-ataque-militar-similar-al-que-lanzo-en-venezuela-con-violencia-si-es-necesario.html

https://radio.uchile.cl/2026/01/07/estados-unidos-abandona-la-tesis-del-cartel-de-los-soles-y-redefine-caso-contra-nicolas-maduro/

 



Esta nota ha sido leída aproximadamente 134 veces.



Félix Madariaga Leiva


Visite el perfil de Félix Madariaga Leiva para ver el listado de todos sus artículos en Aporrea.


Noticias Recientes: