La Casa Blanca es como la rafflesia…

Está sita ella sobre un territorio interminable de acuerdo a como van las cosas, robado en guerras genocidas la mayor parte y donde todo ocurre o es capaz de ocurrir para aguda preocupación del resto del mundo.

Allí pues se fue capaz de falsificar -cuando no manipular- información de inteligencia para relacionar a Saddam con la red terrorista al-Qaida, antes de la invasión a Irak, amén de la forja de sus inexistentes armas de destrucción masiva… Pero es donde al mismo tiempo Bush se muestra tan impúdico que se atreve a ofrecerle a Ban Ki-moon su tan farisaico concurso para frenar los conflictos internacionales… ¡Hay que tener un par de globos terráqueos!

Allí se es capaz de afirmar sin rubor -y con la grave complicidad de Europa- que Guantánamo es una “prisión modelo” donde una de sus tantas delegaciones (dentro de ellas presumo que la de Aznar) afirmaría que era tan modelo que “la gente es mejor tratada allí dentro que en las prisiones belgas".

Allí se es capaz de amar al carro más que a los hijos.

Allí es posible que un pasajero sea picado por un alacrán en pleno vuelo, no obstante que los pilotos comerciales van armados hasta los dientes.

Allí un padre enojado con su hija de dos años es capaz de apalearla hasta matarla y luego concebir la coartada de colocarla cerca unos rieles en plena helada para tratar de hacer ver que murió por hipotermia al extraviarse. (Este es el típico padre que pareciera haber sido instruido en la Escuela de las Américas).

Allí un hombre es capaz de fingir un retraso mental por veinte años para que su madre pudiera cobrar una retribución gubernamental, pero allá hasta los tíos de Bush se pueden dar el lujo de ser tracaleros en paralelo.

Allá también con anglosajona majadería se envidian el usufructo de los bienes públicos, como el caso del republicano Hastert que le envidiara el avión a la Pelosi... “Que el mío ayer era más mediano que el tuyo hoy” le ha reprochado con inmadura actitud derechista en una realidad donde gastándose todos los reales del mundo en ejército e invasiones es necesario a la vez que las tormentas visiten el país de vez en cuando para que pueda volársele el camuflaje a la inmensa pobreza que existe, como ha espetado el influyente alcalde de Los Ángeles.

Pero es que además resultan tan mendaces y de marranadas (con razón es así la oposición de aquí), que no obstante la gravedad del asunto del cambio climático, donde ellos tienen la mayor responsabilidad por cierto, sin embargo pretenden desacreditar el informe de la ONU publicado en París en días recientes a través de uno de sus lobis perversos (el American Enterprise Institute fundado por la ExxonMobil y a la cual encuéntrase Bush vinculado con mucha vastedad), y todo pagándole diez mil dólares a cada científico o economista que se preste al sucio negocio de la destrucción a través también de la palangre. ¿Cuánto le pagarán a políticos, periodistas y empresarios de conocida ralea mortecina aquí y allá para que intenten desacreditar la hermosa Revolución Bolivariana, y sobre todo a su líder insigne?

Y para no hacer tan extenso este curioso rosario de asquerosidades, voy a mencionar este último protagonizado por la reincidente Condollezza, quien en una comparecencia ante el Congreso dijera entre otras cosas que Chávez estaba destruyendo a Venezuela y que la conducía hacia una transición peligrosa y que, en ello, había contado con el apoyo decidido de la Conferencia Episcopal Venezolana –no sabiéndose aún a través de qué dispositivo alentador pero intuible- y que fuera negado con llamativa rotundidez por su vicepresidente, el siempre vehemente y como picado de conjura, monseñor Lücker, quien la llamara mentirosa por todo el cañón como respuesta extraña pero contundente.

¿Pero cómo no sería posible que ocurrieran todas estas cosas allende, si hay un gobierno de gente muy bien vestida y de buenos modales, pero con un nivel ético en cero o menos?

Por eso es que la Casa Blanca, sobre todo con Bush atapuzado dentro de ella, es como la rafflesia, la flor más grande del mundo, sí, pero pestilente ella en la misma proporción que lo son sus siete kilos de impronta...


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Raúl Betancourt López


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