La batalla de Margarita

El sembrador margariteño


Esto trata de otro ser humano, que una vez habitara donde hoy pulula el tráfico insensible, gana espacio el apego neoliberal, en los mismos confines que lo ocupaba el abuelo, bisabuelo, tatarabuelo del margariteño actual, con otras inquietudes, famoso por su dicharacheras, su eterna sonrisa, su contagio, amor al canto, pero por encima de todo, famoso por su autonomía e independencia.  

Posiblemente haya sido el sembrador margariteño el más creativo y especializado del territorio venezolano. Sembrador porque en Margarita la tierra la atendían tanto campesinos, pescadores como citadinos. La condición de peso de su carácter insular, obligaba cierto distingo de criterio cercano con la tierra, desconocido en tierra firme. El margariteño daba un trato personalizado a sus faenas, lo que le daría cierta especialización autodidacta ante los demás pobladores del territorio, por lo que recogió rendimientos que se manifestaban a la hora de los cotejos con otras cosechas al presentarse en los mercados donde eran esperados con acato sus productos. En verdad que la actividad pesquera aunada a la solidaridad isleña proporcionaban esa ventaja, y, aunque los margariteños no podían ofrecer cantidad, nunca dejó de respetarse todo lo proveniente del campo insular.

Sumamente independiente, muy pocas familias podían considerarse tan mantuanas como las de tierra firme –durante la colonia digo-, a menos que tuvieran posesiones allende sus playas, como los Mariño, con propiedades hasta en Trinidad, lo que daba una limitación que la autonomía insular supo sortear, formándose y especializándose autodidacta su diligente población, a punta de observación. Por lo que peñeros, balandras y goletas salían de los astilleros “domésticos”, que no solo para sí las construían, Guayana y La Guaira también las solicitaban, dado que su experiencia provenía de los anteriores andaluces, quienes también proliferarán la siembra de robledales que hoy ostenta la isla para ganar autonomía maderera. Claro, inmensos bosques de ceibas centenarias y primarias que poblaban lo que hoy es El Yaque hasta Pampatar, serán el costo para calar la enseñanza.

El amor a la tierra fue impregnado desde muy temprano. Pero no solo eso. Con el tiempo, el margariteño en su dedicación, sus gustos culinarios lo emplazarán elegir preferencias, donde los tubérculos, verduras, algunas frutas fueron ganando espacio, hasta lograr espacios que no alcanzaron otros sembradores. Así tenemos que no era extraño ver enormes variedades de yuca, ocumo, ñame, mapuey, batata, auyama de 5, 8, 12 kilos una sola pieza. Tomates de dos libras cuyas plantas atendían con un celo como si de mascotas se tratase. Hoy apenas llega el eco de algunos “ejemplares”, de tomate sobre todo que parecían auyamas. Pero lo mismo ocurría con todo lo del campo, tratase de berenjenas o mazorcas.

Si de la fauna se tratara, el amor de los margariteños por sus pájaros era muy reconocido en todo el territorio. Los periquitos “Cara Sucia” domesticados eran tan buenos vigilantes como hoy los mejores caninos, cuyos graznidos ponían en alerta al más pintado. Cada casa tenía sus propias mascotas, todas margariteñas, de las que los guacos, loros y cotorras ganaban complacencia. Pero también algunas que otras extravagantes con macaureles, morrocoyes, perezas, monos o lapas, distanciaban algunos hogares, manías comparables sólo a la de los guayaneses. Era costumbre poner comederos a las chulingas (paraulatas), guayamates (cardenalitos), reinitas, turpiales y gonzalitos. Los pájaros competían con los gallos a la hora madrugadora. Costumbre era espantar los conejos que pretendían comerse las hortalizas de los conucos, o atravesarse con algún sorprendido coche (venado) en algún trayecto. Los conejos por ejemplo venían aderezados según comentaban porque su planta preferida era el orégano de monte.    

Nunca faltaron las frutas para los pequeños insulares. La había de sobra. Y variedades que todas juntas daban una peculiar y frugal mesa, cuidado si no de las más sanas del país. Tamarindos y dátiles competían las ofrendas en las fiestas del Valle, el pandelaño con la batata, las castañas con las papas, de modo que el pan de trigo no tuvo la rápida aceptación como en las otras vecindades, si al rodeo le agregamos la arepa, cachapa, bollos de mazorca y el popular casabe. Añadamos ahora ponsigués, pomas lacas, mangos, anones, guanábanas, coco, ciruelas, jobos, nísperos, No nos extraña entonces el retrato que hiciera Morillo de los que le hicieron frente en Matasiete, Paraguachí, El Maco, Pedregales y resistencia en Juangriego, no solo por su determinación sino también por su corpulencia: “Pasaban de 500 rebeldes de la canalla más atroz y desalmada de la isla (los defensores de Juangriego), los que defendían, hombres feroces y crueles, famosos y nombrados entre los piratas de las flecheras, el terror de las costas de Venezuela, y facinerosos, que cada uno contaba muchos asesinatos y estaba acostumbrado a mirar la vida y la existencia con mayor desprecio. Estos malvados llenos de rabia y de orgullo, con su primer ventaja en la defensa, parecía cada uno de ellos un tigre, y se presentaban al fuego y las bayonetas con una animosidad de que no hay ejemplo en las mejores tropas del mundo (…) Estos llegaron al ultimo extremo de la desesperación y apuraron todos los medios de defensa. No contentos con el fuego infernal que hacían, arrojaban piedras de gran tamaño, y como eran hombres MEMBRUDOS Y AGIGANTADOS (el resaltado es mío), se les veía arrojar una piedra enorme con la misma facilidad como si fuese una pequeña. Así tuvimos algunos muertos y heridos a pedradas (…) Nuestra caballería, que para el momento de ocupar el reducto ya estaba prevenida, recibió a los que salieron de él, en unas lagunas poco profundas, donde todos se arrojaron, y allí pereció a sablazos aquella banda de asesinos feroces que ni imploro la clemencia ni hubo que diera señales de timidez en medio de la carnicería que en ellos se hizo (…) De esta suerte se concluyo una acción tan sangrienta y empeñada, allí quedaron tendidos mas de quinientos forajidos, que ni aún en el ultimo momento quisieron rendirse ””

http://arismendi-nuevaesparta.gob.ve/portal-alcaldias/historia2.html?id=547

No puedo avanzar en otros ámbitos donde la autonomía margariteña despuntaba como en la cultura, donde los músicos tal cual los larenses se me ocurre, construían sus propios instrumentos. Ese es el ser que hizo resistencia al invasor español. Los genes supongo yo, por designios de un tiempo que le arrebató su decisión de hacer, están al acecho de nueva sangre, estímulo para recoger la energía que se dispensa como válvula en desarreglo. Ya lo veremos mejor en la próxima solapa: El Puerto Libre, cabecera de playa del TLC.    



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Arnulfo Poyer Márquez


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