Cumaná cumple 500 años

Mañana 27 se cumplen 500 años de la fundación Cumaná: con premura he recogido dos trabajos o crónicas que debían haber sido incluídos en un libro pero, por razones de espacio, dejé fuera. Les coloco ahora por el cumpleaños y porque no me cansaré nunca de expresar, de la mejor manera que me permiten mis limitaciones, el amor que profeso por esa bella y noble tierra. Tan atractiva y buena madre que, estando en el sur, allá en altiplano boliviano y cumpliendo funciones de presidente, el Mariscal dijo, ¡Dejaría toda esta gloria y responsabilidad por volver a Cumaná, recorrer sus calles y encontrarme con mis amigos!

I

¡Feliz cumpleaños madre inolvidable!

               José  Antonio López, cumanés de nacimiento, invidente, uno de los tantos provincianos aventados a Caracas por esa viveza centralista de invertir allá el ingreso nacional, compuso la  bella  canción, casi himno de la ciudad que retoza  entre  el Manzanares y el Pan de Azúcar, titulada "Alma Cumanesa". Y en la canción del verso "rio Manzanares déjame pasar", López recogió la tradicional  copla  que empieza diciendo: ¡Ay Cumaná  quien  te viera!

               Allá bien lejos, en el brumoso altiplano andino, a donde llegó tras los pasos de su comandante y paisano, un humilde y anónimo  soldado cumanés de las tropas del  Gran  Mariscal  de Ayacucho  - Toñito Sucre -, una fría tarde de diciembre, con  el acompañamiento  de  cuerdas, cantó con  nostalgia en  la  segunda década del siglo XIX:

               ¡Ay Cumaná quién te viera!

               y por tus calles paseara....

               En su Manicuare natal, el poeta de los azules, Cruz Salmerón Acosta, sumergido en la tragedia de la vida que se  iba lentamente  sin  que le diese tiempo para madurar y  asentar  más hondo sus huellas sobre la tierra amada, miraba hacia Cumaná  con la  aguda  y escrutadora mirada del marino y cantaba  y  pintaba azules  sobre  la ciudad "hacia la cual  mi  pensamiento  vuela". Porque  el estoico poeta de la otra costa, a su  manera,  también como el cantor del siglo XIX, en la tierra lejana, fría y  brumosa, añorante expresó:

                 ¡Y a San Francisco fuera

                 a misa de madrugada!

               Y  en México, en la mitad del siglo  veinte,  ese mismo siglo que apenas hace década y media expiró, Andrés Eloy Blanco, en  una de las  tantas  navidades de su exilio, mezcló con  uno  de  sus poemas la bella copla cumanesa nacida allá, en las  proximidades del ecuador  terrestre.  Y cantó al parral en  medio  del  patio andaluz de la casona oriental como queriendo revivir sus soleados días infantiles.

               En  la  "cabeza  del puente", en  el  mismo  donde dieron  muerte  al  bachiller, estudiante de  la  universidad  de Caracas,  Armando Zuloaga Blanco, alzado contra Gómez, las  filas de muchachos  que  venían desde la catedral, en  la  década  del cincuenta,  justo al final de cada misa de aguinaldos, se  unían  a quienes bajaban de San Francisco en una sola masa e iban a disolverse  en  el grupo que esperaba a las puertas de la  iglesia de Altagracia. Y todos, alegres y despiertos, felices con la felicidad  que habitualmente embargaba a los jóvenes en  los sencillos días navideños, iban como siguiendo el destino fatal del Manzana­res  a desembocar en Puerto Sucre. Y quienes lejos  estaban, por las  tantas  razones que había para estar lejos,  cantaban  a su ciudad.

               A la ciudad mártir, de tragedias, acciones  heroicas incontables,  pestes, y tantas  muertes  injustificadas.  De partos felices  pero dolorosos. Víctima de ni  se  sabe  cuántos terremotos y cambios que ni ella misma ya se reconoce.

               Pero  no se olvida nunca de aquel mediodía del  año 1929,  cuando una vez más la tierra, su suelo se le abrió aquí  y allá; el mar se fue reculando hasta lo lejos y de repente, impetuoso y con furia se lanzó sobre ella provocando una nueva estampida.  Y de nuevo se quedó sin sus hijos, como cuando  Boves,  el terrible asturiano,  la  sometió a vejámenes,  suplicios  y   la asoló. En los montes cercanos, en los áridos cerros de su entorno y  en  los más apartados lugares donde les  llevó  la  tragedia, muchas veces cantaron con un amor sereno y resignado:

                 ¡Ay Cumaná quien te viera

                 y por tus calles paseara!

                 Y a San Francisco fuera

                 a misa de madrugada!

               La Nueva Andalucía o la más andaluza y caribe del oriente, la que se le hizo costumbre ver como sus hijos crecían  afuera, con su patrona Santa Inés del Monte, su castillo y su tesoro  de recuerdos, ahora cumple 500 años de fundada.

¡Orgullo de sus hijos!

               ¡Felicitaciones  doña de malagueñas y  folías!  

II

Cumaná y  el Falke

                 Hay unos cuantos barcos  que  uno nunca va a olvidar. La Santa María, la Pinta y la Niña, porque  formaron la flota  en que Colón nos embarcó en la historia.

                Finalizando el siglo XVIII, el generalísimo Francisco de Miranda viajó a las costas de Venezuela, en un frustrado intento de invadir al país, en un buque   que llamó  Leander,  nombre de uno de sus hijos.

              Hubo uno, cuyo  nombre no recuerdo,  que al General José Rafael Gabaldòn, Gustavo Machado, Urbina y hasta Miguel Otero Silva, les llevó  a Curazao, con la intención también de invadir a Venezuela.

               Y  Cumaná conoce muchas historias de barcos. Por algo es, como la llamase Andrés Eloy, una ciudad marinera, además de mariscala. .

               Pero el Falke, aquella vieja embarcación alemana, rebautizada Anzoátegui por los expedicionarios, que el 11 de agosto de 1929 ­ arribó a las costas de Cumaná, por los lados del Salado, es como un buque insignia en la historia moderna de la ciudad. En él llegaron desde Francia, el  general Ramón Delgado Chalbaud y sus hombres. Lo recordamos más que al yate Mànamo, aquel que nos llevaba rauda y casi poéticamente hasta La Guaira. Dos veces, de ida y vuelta, hice ese viaje como bucólico, calificado así porque en fin de cuentas, para un costeño, el mar es su campo.

            En un café de los Campos Elíseos, en la ciudad de París, comenzó a organizarse la aventura. Ramón Delgado vendría a Venezuela, desde un lugar indefinido del país galo, con una tripulación en parte mercenaria y algunos venezolanos  militantes antigomecistas, entre éstos Armando Zuloaga Blanco, un exiliado estudiante caraqueño. El plan era sencillo, invadirían a Cumaná, apoyados por los cañonazos del viejo barco.  Según lo acordado, desde los lados de Cumanacoa, el guerrillero Pedro Elías Aristiguieta, remontaría las serranías  y  caería sobre la ciudad en apoyo de los invasores. Es decir, atacarían por  dos lados y sorpresivamente.

             Suponían a Gómez ignorante de sus proyectos; pero a aquel zorro general de La Mulera,  al tanto estaba de los planes de Chalbaud, pese  la discreción que éste había puesto en el asunto.

              Aquel 11 de agosto, recientemente se cumplieron 86 años, el General Rafael Emilio Fernández, llevaba varios días encargado de la Gobernación. Su misión, frustrar los planes del general Delgado y de paso enterrarle.

              Los invasores fueron los sorprendidos. En la ciudad se les esperaba. En el Castillo de San Antonio de la Eminencia, soldados aunque mal armados, atrincherados estaban para hacerle frente a los soñadores del Falke. En la calle larga, de trecho en trecho, el General Fernández había  colocado francotiradores y aún, al otro lado del puente Guzmán Blanco, otros furtivos tiradores aguardaban.

             Uno a uno fueron cayendo, heridos o muertos, los atrevidos viajeros. En una esquina, un balazo atravesó a Armando Zuloaga Blanco Y al mismo General Delgado, dos balas salidas de un viejo y mohoso fusil, le quitaron la vida. Pedro Elías Aristiguieta y sus indios guaiqueríes, en el camino se perdieron, nunca llegaron. Un disparo loco abatió también al General Fernández

              El Falke levó anclas y se alejó de las costas de Cumaná. Pero aquí, con los hechos y los muertos, entre estos dos generales, quedó su recuerdo para siempre. Y para completar el drama, ese año, a mi ciudad la asoló el terremoto. El bachiller Armando Zuloaga Blanco quedó sembrado en la memoria cumanesa, pese ser oriundo de Caracas, con su nombre bautizaron la vieja biblioteca pública que bautizamos “Salón de Lectura”.              

 



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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