Un fantasma recorre el mundo

No es aquél del Manifiesto, que, según Marx y Engels, recorría Europa en 1800 y tantos. No es una ideología ni un pensamiento cerrado. Se parece más a lo que se vivió en los años '60 con las protestas estudiantiles en EEUU contra la guerra de Vietnam, o al mayo francés, o a la primavera de Praga, o a la lucha armada en América Latina y las insurrecciones por la independencia nacional en África. Todo aquello coincidió en pocos años y supuso una mutación en el género humano. Fue, con todas las de la ley, una revolución cultural, ésta sí. Las relaciones hombre/mujer, padres/hijos, potencias/colonias, nunca fueron las mismas.

No se trata, ni entonces ni hoy, de una sincronía azaroza, de una mera casualidad. Cuando un joven de Hong Kong se tapa la cara para manifestar, y en el mismo momento hace lo propio otro joven en Santiago, cuando los chalecos amarillos protestan en París con el mismo furor que lo hicieron los indígenas en Quito, o cuando los catalanes de rebelan al mismo tiempo que los colombianos, es porque algo pasa en conjunto con los sistemas politico, económico y social de las naciones. Algún común denominador identifica a todas estas revueltas.

No es fácil ubicarlo ni caracterizarlo, pues la diversidad de las protestas es enorme: derechos de las mujeres, pensiones, regionalismos, libertades, desigualdad social, identidad sexual, refugiados, identidad cultural de las minorías étnicas, defensa del medio ambiente, etc. Pero quizá la clave está precisamente en esa diversidad. Ni siquiera considero, claro, la absurda prédica de quienes creen que una marejada social de estas proporciones pueda estar causada por la injerencia de grupos políticos o potencias interesados.

Parece evidente que el sistema político liberal y el desarrollo capitalista que conocemos hasta ahora, siendo como han sido avances civilizatorios indiscutibles tomados en perspectiva, y acaso debido a la velocidad y cantidad de los cambios que las nuevas tecnologías imponen, dejaron por fuera en su representación y en la satisfacción de sus necesidades a vastas poblaciones que ahora se toman el desquite. En cierta forma, se trata de la clásica contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción dominantes, de la que el marxismo nos hablara con tanto énfasis. Las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y los avances científicos permitirían como nunca antes incluirnos a todos tanto en los procesos políticos de decisión como en el disfrute igualitario de los beneficios materiales del crecimiento. Pero no lo están haciendo.

Me parece que la respuesta está en adaptar los sistemas políticos y económicos a estas demandas, emparejándolos a sus posibilidades. Por ejemplo:

  • ¿No permiten como nunca antes las nuevas tecnologías en la comunicación de masas la construcción de una democracia directa, de permanente consulta, incluso desde los hogares, de modo que las decisiones más controvertidas y dificiles sean legitimadas por la voluntad colectiva? Parece evidente que la aldea global de la que nos hablara McLuhan hace ya medio siglo y la democracia asamblearia ateniense, están al alcance de la mano. Si acometemos con audacia estos desarrollos, cuidando, claro, la democracia representativa como condición sine qua non de la democracia directa, ¿no encontrarían cauces de representación estas minorías que se rebelan hoy por todas partes?
  • ¿No permiten los avances científicos y tecnológicos atender las necesidades de todos? ¿Puede entenderse, por ejemplo, que la robotización de la producción suponga menos empleo en vez de menos horas/hombre de trabajo y más ocio? La abundancia, propia del desarrollo capitalista, puede y debe implicar, incluso sin afectar su naturaleza, el acceso de todos al bienestar. ¿No es hora de plantearse que los trabajadores puedan tener acceso directo a la participación accionaria de sus empresas mediante la capitalización de sus beneficios laborales y la legislación correspondiente?
  • Y más trascendente aún: ¿no es posible pensar en un desarrollo económico que, poniendo en primer lugar el destino de la especie y en segundo lugar el afán de máximo lucro de unos pocos, preserve el medio ambiente, creando masivamente y con audacia a escala planetaria nuevas fuentes de energía? Está demostrado hoy que con inventiva, y con una acción potente de los Estados por encima de los mercados, es posible, si los seres humanos reaccionamos a tiempo, torcer el rumbo desquiciado de la humanidad hacia el abismo de una incontrolable catástrofe climática.

De todo esto nos hablan las revueltas que sacuden los cimientos de la civilización por todo el planeta. Ojalá que este grito de las muchedumbres por libertad, igualdad y vida sea escuchado a tiempo.



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Enrique Ochoa Antich


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