El Yo confieso de Gustavo Tovar Arroyo

El poeta inconcluso Gustavo Tovar Arroyo, mesonero y lambiscón de la tristemente célebre fiesta mexicana, es ahora un culto y honorable hombre de letras, emulo de Zola, y auto definido libertino ingenuo.

Tal vez sea un libertino, por ahí asoma la cabeza cuando se compara con la reina blanca, y se enorgullece de ser una especie de Juan Gabriel , pero la ingenuidad en política no existe.

Pensar que este orgulloso sacristán de las más sagradas blasfemias, pega mordidas a hombres de negocios para montar alegres reuniones, y comerse unos tacos con chile, como buen descendiente mexicano, es equivocarse con esta especie de Dandy de la reality polític.
Lo que sí es seguro como la más segura certidumbre diría Whitman el uranista, es que no es el jefe de la cofradía que organizó la Fiesta Mexicana. Es un burdo mensajero de alguna de las trasnacionales que están detrás del intento de derrocar al gobierno bolivariano.
Ese papel de auto designarse jefe esconde la más abyeta de las servidumbres, aquella que se impone entre los que aportan las morocotas, y quienes la reciben, y que en tiempos de la colonia se conocían como los paga peos.

No es ni mucho menos un idealista comprometido con causas nobles, es puramente un pedestre comisionista de negocios, que asume los riesgos, esperando ser retribuido con las migajas que los amos del poder acostumbran a dejar en los fondos del plato.
No necesita disfrazarse de poeta con su boina universitaria, su aderezado desaliño, su pose de poética ausencia, ni esconderse tras una selfie para simular que es un pendejo. En los corrillos políticos opositores se le define así tajantemente.

Para muchos opositores Aveledo, con sus macanudas citas sobre la guerra española, sus lucubraciones sobre el estado, y sus símiles de beisbol, es mucho más culto y más simpático.

Severo Sarduy, padre del neo barroco diría que el mimetismo de éste mesonero literario es defensivo: anamorfosis, trompe-l’oeil. Su papel es esconder a los verdaderos mafiosos, porque la teoría de la simulación intenta hacer de la transpolítica un ejercicio cotidiano, con el objetivo de esconder a través de los medios globales el rostro obscuro de los sujetos políticos.

Los que pagan la fiesta y utilizan la inocua y ausente figura del bucólico e inconcluso poeta, buscan ofrecer a los medios un perfomance barato, y repetitivo al estilo de los videos de MTV, es decir desviar la atención de los culpables reales, por si acaso la operación de golpe suave falla, seguir con sus negocios. Ellos parten de una moraleja muy venezolana: “todos los días sale un pendejo a la calle”, que vista boina y recite versos es lo de menos.


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Luis Figuera


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