Los alucinólogos

Los comunicólogos no: los alucinólogos. Y no me equivoco sino que quisiera –ay, si pudiera– instaurar un término para estos, no muchos, herederos, dueños de los medios de comunicación y sus ejecutores, serviles, crueles y difamadores. La meta está clara: erosionar, socavar y –¡ay, si pudieran!– vencer la revolución bolivariana. Los alucinólogos actúan. Todavía hay quienes creen en sueños que son infundios y en rebeldías de pacotilla. Arriesgan la vida por Rctv, o por los inhabilitados, o contra la revalorización de la faja bituminosa del Orinoco. Los candidatos oposicionistas persisten en su papel, bien ceñidos. Hablamos de los líderes mediáticos, sonrientes, con sus asesores de imagen y sus dientes recién estrenados.

Siguen, a pie juntillas, a su guionista, persisten en su papel, aun si las ediciones y las tomas en vivo, por más que piquen o se ladeen o no sé qué término técnico de "nuestro camarógrafo", las imágenes demuestran la escualidez de sus causas, el bajo efecto de su accionar mediático, la baja asistencia a sus convocatorias.

Ellos no se lo preguntan, los alucinólogos siempre superan la realidad. Recientemente, fijaron la desconfianza en la Reforma Constitucional y urdieron la mentira. Despertaron nuestros miedos, suculentamente, desde el surco cultural que han dejado labrado, vivo aún, en nuestros cuerpos, somos también los que fuimos.

Los alucinólogos insisten. Los estudiantes llaman a incendiar el país, exigen que se los escuche y han hablado hasta en cadena nacional.

El poder mediático es parte constitutiva del cambio de época que vivimos, de la globalidad, la lógica correspondencia de lo múltiple y lo diferente. La percepción del todo, la experiencia de la simultaneidad se impone. Cómo desplazar la grandeza cultural de la China, demostrada en la ceremonia inaugural de las Olimpíadas en Beijing. Ni los fanatismos ni la territorialidad nos darán más fuerza sobre los otros. Zafémonos de las malévolas estridencias de la competitividad exaltada como estrategia. Persistamos en el humor, en la parodia como crítica a las formas. Salgamos de la lógica del espectáculo, llenemos la escena de belleza, deslumbrémonos ante su poder.

Bla, bla, bla... los alucinólogos están muy claros. Las encuestas y una inimaginable cantidad de incongruencias justifican a los oposicionistas y su un tanto atropellado método para la elección y promoción de sus "candidatos" que posan con la Constitución azul y pequeña en la mano. Siempre en la infamia, en el plagio.

Promueven el ejercicio y defensa de una supuesta democracia participativa verdadera, es decir, un lobo disfrazado de cordero. Los alucinólogos no piensan: actúan. No son éticos, son efectivos. Nada mejor que lo absurdo, la confusión, el desorden y, si somos afortunados –dicen–, la violencia, necesaria para tumbar al régimen.

Diez años no son nada si sacas bien tu cuenta. Pero yo de matemática, ¡ay!, poco entiendo.

Y sí es un hecho que, como nunca antes, el Presidente dice públicamente, participa al pueblo, hasta en cadena nacional, los pormenores de la inversión estatal, eso, poco o nada importa. Estamos bajo la lupa inclemente de los alucinólogos que pretenden tornar lo real en el reflejo de sus propias miserias.

Los alucinólogos no tienen escrúpulos, está dicho, sólo audiencia, e insisten, no han leído siquiera las leyes de la habilitante y ya juran que son un desastre.

–¡Tú te imaginas: el pueblo administrando sus propios dineros! Esos ladrones. Esos malandros...

Y por allí, se sigue y se sigue hasta exigir la omisión indígena y el rechazo a los negros, mitigado apenas, y gringamente, con el término afroamericano.

Dice Chuang Tzu: "La gran sabiduría es amplitud. La sabiduría pequeña es discriminación".

Escritora


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Stefania Mosca


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