Alquimia Política

En un mundo líquido invadido por la posverdad

Hay un decir, entre humanos, que nadie es indispensable que todos somos sustituibles y que la dependencia en el mesianismo o imagen de una persona es desvirtuar el verdadero sentido de esa causa originaria por la cual vivimos y transitamos esta dimensión epocal. Pero hay figuras a las cuales uno tiene que ir y venir releyendo, en el caso de los investigadores e intelectuales, que tuvieron la visión transcendental de ver más allá de su realidad física y alcanzaron mostrarnos, mientras vivieron, cuáles escenarios nos vendría y cuáles, a su juicio terminarían influyendo sobre nuestra moral y nuestras circunstancias.

Ese es el caso de Zygmunt Bauman (1925-2017), quien no deja de sorprender por su anticipación a las realidades geopolíticas y societales que hoy día nos está marcando el nuevo sendero bélico y económico del mundo. Es triste ver como conciudadanos venezolanos apuestan, de manera alocada y frenética, por una intervención armada extranjera; por ejércitos de ocupación que acaben con lo poco o mucho que se tiene, pero que hagan lo que nosotros no somos capaces de hacer. Es lo que llamó Bauman, "la dependencia vital del ser humano". Es decir, depender siempre de las habilidades de otro para brillar, para tener libertad o para satisfacer una venganza explosiva y morbosa. Claro está, al "César lo que es del César", el comportamiento del liderazgo oficialista (o chavista) no ha sido el más adecuado; en los últimos años ha estado impregnado de una jocosidad burlesca que ha minado la capacidad de aceptación y tolerancia de otro grupo social fuerte y masivo que siente que se le violan sus derechos y que no tienen una figura de Estado que les represente; por eso sus actos contrarios al patriotismo nacionalista y su respaldo a la ocupación de otros ejércitos. Acá debe haber una revisión del aparato político central del Gobierno, es necesario revisar sus políticas comunicacionales y comenzar a vender competencias de Estado, no la cursilería de un discurso incendiario donde un líder tiene toda la fuerza para avasallar a las grandes potencias pero no tiene voluntad política para minimizar la especulación y la actividad de bachaqueo que hoy "desangra", literalmente, al pueblo venezolano.

Bauman (en un ensayo muy visionario titulado "Vida de consumo", México, FCE, 2007), destaca que los Estados modernos, en cuya tipología está el Estado venezolano, con socialismo o sin él, los liderazgos se han "…abocado a la transformación del capital y de recursos, déficit resultante de la exposición de los capitales locales a la durísima competencia generada por la globalización del capital, el trabajo y los mercados de materias primas, y por la difusión a escala planetaria de nuevas formas de producción y comercialización, así como el déficit acusado por los astronómicos costos del Estado benefactor, instrumento primordial y hasta indispensable para la transformación del trabajo en producto o mercancía".

En síntesis, el Estado al no definir con transparencia y generosidad hacia su pueblo el papel que está asumiendo el capital como principal protagonista de la modernidad, coarta a ese pueblo de asumir su libertad y verdadera independencia. En el mundo moderno el valor de una persona se cuantifica por su capital y si no logra comprender que tiene una vida para generarlo y garantizar etapas de calidad de vida para sí mismo y los suyos, circunscribiéndose solamente a las políticas sociales del Estado, terminara su existencia ausente de los insumos básicos para subsistir y con el agrio sabor de dejar una descendencia en etapa crítica de pobreza y marginalidad. El Estado debe promover la producción, el libre ejercicio del talento y la creatividad, dosificar las reglas de juego y proponer esquemas mutuales de intercambio e interacción con sus semejantes, pero no debe encerrarse en la idea vaga, "estúpida" de que "papá Estado" me dará casa, comida y trabajo, porque la seguridad es personalísima el Estado lo que hace es servir de centinela, quien se protege es cada ciudadano no exponiéndose al hampa o a la violencia.

En este tenor, se da la necesidad de definir una postura ideológica y política que si bien no represente a raja tabla el Estado moderno global y capitalista, al menos se permita modelar dicho Estado y condimentarlo con nuevos atractivos de reconocimiento y beneficio social. Bauman en otro aparte dice: "…En la mayoría de los países, aunque no en todos, y por lo menos hasta el momento, la desregulación y la privatización del trabajo parecen ser mucho más radicales que las del capital, que sigue extrayendo sus negocios, casi exclusivamente y en creciente número de casos, de los yacimientos inagotables de las arcas gubernamentales…" Y a eso se suma, expone Bauman, el hecho de que el Estado toma como tarea socavar "…la capacidad y voluntad del capital de comprar trabajo, haciendo lo imposible por mantener bajos los costos laborales, desmantelando los mecanismos de negociación colectiva y de estabilidad laboral e imponiendo barreras legales a las acciones defensivas de los sindicatos…" A esto se debe sumar, en el caso del Estado neoliberal venezolano, el ataque a los medios de comunicación social independientes cerrándoles cualquier vía que les permita mostrar al colectivo las dos caras de la moneda.

Al proyectar el Gobierno, a través del Estado, una conducta de incomodidad y de susceptibilidad epidérmica hacia el cuestionamiento de la prensa independiente, se coloca en tela de juicio su legitimidad y de allí los ataques que se han venido presentando desde los Estados Unidos de Norteamérica y la Comunidad Europea. Se hace más visible un quiebre en las acciones de normalidad que se aspira presentar al colectivo para no llegar a tener una confrontación bélica que se imponga ante la paz. Una paz, hasta ahora, de "esclavos" y no de hombres verdaderamente libres; la paz no puede etiquetarse ni carnetizarse, es un asunto de convicción humana, de respeto a la dignidad de los hombres; en este punto debe haber un acto de constricción del liderazgo oficialista, se ha equivocado en la táctica.

En este sentido se está en un tiempo líquido, en términos de Bauman, donde las instituciones han perdido su solidez ética y política, se ha ido desvaneciendo su moral y quedan especie de caparazones que subsisten entre el caos y la incertidumbre. En esa realidad aparece un término que da la impresión de ser rebuscado pero realmente tiene un lugar real y activo en la experiencia humana de la realidad sociopolítica venezolana, se trata de la "posverdad"; ésta representa o describe el interés del Estado y de algunos medios de comunicación críticos al Estado, de interesarse más por el impacto emotivo de un hecho objetivo que por el hecho mismo. Como expresa el bloguero David Roberts, a quien se le atribuye haber usado el término a comienzo de los noventa del siglo XX, para hacer referencia a que la verdad ya no importaba a los Estados, o los grupos de poder, sino la opinión que esos Estados o grupos de poder tienen acerca de esa verdad, siempre amoldándola a los intereses particulares que privan sobre los colectivos.

En concreto, como Estado moderno neoliberal, con interés en llegar a ser socialistas, nos estamos dejando arrastrar por la posverdad, estableciendo las condiciones para una era planetaria en la cual la violencia y el sectarismo corrupto se aniden de manera bestial quedando poco espacio para maniobrar en nombre de la solidaridad y del Estado de Justicia que, pienso yo, nos lo merecemos por tantos muertos y por tanta sangre derramada de manera inútil y lastimosa. Es tiempo de repensar la táctica, no importa si la estrategia sigue siendo romper con el viejo modelo tradicional liberal que nos colonizó y nos desmembró por siglos.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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