Qué tormentosas resultan las dudas y más cuando son razonables

Leyendo en estos días un artículo del ya archiconocido profesor Lupa sobre los temores de un señor por allí, con ese sabroso, contundente y bien tejido estilo inferencial con que lo escribiera, pensaba que las dudas razonables indiscutiblemente resultan borrascosas y, mucho más, cuando juegan en contra de camaradas. A este servidor, por lo menos le pasa, porque nunca quisiera tener que presumir mal [debido a razonables dudas] de los seres que aprecia sobre todo con dilección.

Y resulta que hay una vieja locución que señala que ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón. Y cambiando lo que se deba, para que pueda tener cabida dentro de la penosa conjuración de este artículo, pudiera decirse también que especulador que especula acerca de otro peor, pudiera tener doscientos años de perdón en vez de cien. Su rima, como se ve resulta irregular, pero no por ella menos autorizada.

Pero la verdad es que luego de que el gobierno hubiera invitado cordialmente a la DEA a salir del país, debido entre otras razones a que aquí no se incautaba nada, de que tampoco se agarraba a nadie, y que nada luego se sabía del destino de muchas enormes entregas controladas que iban para el paraíso de allá arriba, se comenzó entonces a tener conciencia cabal, a través de posteriores incautaciones cuantiosas y de los numerosos y seguidos apresamientos de jerarquizados capos del tejemaneje, de que aquí pues crepitaba una hoguera.

Y el asunto no hubiera resultado tan grave y delicado, si no fuera porque en su guerra contra Venezuela en manifiesto contubernio por cierto con la contrarrevolución vernácula y, sobre todo con su media operativa, se hubieran impuesto como objetivo estratégico contaminar la Revolución venezolana de polvo blanco y otras modalidades alucinatorias, tal como en una infausta oportunidad lo pretendieron hacer con la cubana para insertarla en un malévolo club delincuencial… Sobre todo en la Venezuela de hoy, donde, y sin ningún empacho, los medios de comunicación de la contrarrevolución apoyan con enfermizo ardor a cuanto delincuente o a cuanta actividad delictiva Dios hubiera podido criar dentro de los lindes de esta tierra de gracia.

Entonces me surge esta desagradable pregunta: ¿Si existe una pública y comunicacional colusión conspirativa entre el imperio, la contrarrevolución y sus medios de propaganda, amén de la continua incautación de alijos y de la apología que se hace a la vez de sus carnales expresiones y sobre todo del glamour de sus capos, dónde debiera presumirse entonces con fundada razón que deben estar los mentores concluyentes de toda esta tenebrosa confabulación?

Sospecho que hay que actuar, con mucho más profundidad, para evitar que logren colombomejicanizar a Venezuela. Ese es, sin duda, el desvelado plan de ellos. Porque pa luego pudiera ser tarde.


canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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