Un examen de la
realidad de la lucha amazónica cuando van a cumplirse dos meses de
conflicto y suenan tambores de estado de sitio y toque de queda, que
sólo agravarán el problema.
Yurimaguas es un pueblo grande, más de 60,000 habitantes según el
último censo. De estos, me da la impresión que al menos el 95% son
nativos o de ascendencia nativa. Aquí cabe aclarar que un nativo
selvático no necesariamente encaja en nuestra imagen del andino de
talla más pequeña, nariz aguileña y cuello corto. Los indígenas de la
selva son descendientes de los arawacos, “indios” que pueden ser desde
muy blancos hasta muy oscuros, y lucen tan igual como cualquier mestizo
peruano, de faz trigueña. Lo normal es que sea un individuo de
constitución atlética, muy fuerte, y que su comportamiento sea muy
suelto, en contraposición con la reserva común en los andinos.
Cómo viven:
En
el Perú hay al menos 62 etnias amazónicas, muchas más que las etnias
serranas. Estas etnias se pueden considerar nacionalidades, desde que
cuentan con un idioma propio y costumbres, ritos y creencias propias,
además de contar con la conciencia de nación claramente establecida. En
la selva no existen límites visibles entre los terrenos que ocupan las
diversas nacionalidades nativas, que se ubican exclusivamente sobre la
orilla de los ríos. El concepto de territorialidad es notorio dentro de
las áreas urbanas, obviamente, pero no existe en el campo, donde el uso
y la costumbre han definido desde tiempos inmemoriales los espacios de
influencia de cada etnia. El nativo vive en paz con la naturaleza,
extrae de la selva lo que necesita y no depreda la fauna o flora
inútilmente o por diversión. La autoridad o jefatura local llamada
“Apu” no se hereda ni se consigue en función de la influencia política
o económica, ni por características físicas o materiales. El Apu es
elegido en función de su capacidad de comprensión y conciliación, por
su paciencia y trayectoria, en otras palabras: por su sabiduría. Si en
el desempeño de sus funciones el Apu muestra signos de no estar a la
altura de la responsabilidad encomendada, existen mecanismos para su
reemplazo sin violencia. La economía de estos grupos étnicos se basa en
la caza, pesca y recolección, con una agricultura incipiente. Su
concepto de la vida, el progreso y la felicidad difieren en muchos
aspectos de la que nos enseña nuestra civilización occidentalizada. Los
domingos en todas las poblaciones donde hay autoridades políticas o
militares enviadas, nombradas o reconocidas por Lima, se lleva a cabo
la ceremonia de izamiento de la bandera nacional, como reafirmación de
la presencia del Estado peruano en cada localidad.
El problema actual:
Nuestros
presidentes en general no se habían metido con la selva. Toledo dio una
“ley de la selva” que permitía “denunciar” lotes de terreno para la
explotación forestal, estableciendo ciertas pautas para la conservación
de la selva. Se propuso vender a 300 soles la hectárea, con la
obligación de comprar una determinada cantidad mínima de tierra.
Tomemos en cuenta que un solo árbol de caoba o de cedro puede valer
tanto como 15,000 soles, el negocio no tiene pérdida, se regala la
selva. Como ningún gobierno peruano ha tenido una remota idea de la
vida y existencia de nativos amazónicos, y si la tuviera tampoco le
hubiera importado en absoluto, los legisladores no tomaron en cuenta a
los nativos para nada.
Así, es posible comprar un terreno habitado por kokamas,
kokamillas, aguarunas, huitotos, mashiguengas, jíbaros, shuaros, pebas,
boras, shipibos, ashaninkas, shandoshis, challawitas, shawis, por
nombrar algunas de las 62 etnias amazónicas. Lo más probable es que los
que hicieron la ley no sean capaces de conocer los nombres de más de 3
ó 4 de las etnias que llenan nuestra selva. La ley propone titular una
cierta área para las comunidades nativas, haciendo ver que esto
alegrará a los nativos, sin entender que tribus como los huitotos,
aguarunas y jíbaros se mueven en territorios del tamaño de La Libertad
o el departamento de Lima y se extienden hasta el Ecuador. Me parece
que el gobierno peruano no tiene la menor idea de la masa humana que
vive en todos los ríos de la selva, no creo que haya habido jamás un
intento serio de censarlos, mucho menos de conocer sus necesidades y
costumbres.
Volviendo a la Ley de Toledo, éste no se atrevió a forzar la puesta
en plena vigencia de su ley de la selva, dejando el paquete para
García, quien aprobó una ley semejante, entregando tierras al grupo
Romero y una serie de “inversionistas extranjeros”, que ya empezaron a
delimitar áreas en algunas zonas de la selva por donde discurre
pacíficamente la vida de muchos seres humanos. En el hotel donde me
alojo, en Yurimaguas, hay un coreano que dice haber comprado 50,000
hectáreas con la finalidad de sembrar soya. Brasil ha destruido sus
selvas para sembrar soya y criar animales, produciendo miles y miles de
personas “sin tierras” que en su mayoría no son sino nativos
desplazados, por lo que ese país merece el rechazo mundial pues con
cada hectárea de selva se van además los pulmones de la Tierra y
cualquier cantidad de especies de flora y fauna.
“De todos los peruanos”
En
la frontera con Brasil, en Iñapari, se tiene la mejor muestra de la
tragedia que amenaza: hacia el lado de Brasil hay un desierto amarillo,
seco y muerto, hacia el lado peruano se mantiene la selva exuberante y
llena de vida. ¿Queremos que se destruya la selva para producir un
alimento para engordar el ganado? Si nos preocupa la desaparición de
especies animales como el otorongo o tigre americano, el yanapuma o
pantera americana, la nutria gigante, por nombrar algunas de las miles
de especies que van desapareciendo de las selvas brasileñas, entonces
hay que preocuparnos más por la posible desaparición y desplazamiento
de cientos de miles de seres humanos que viven actualmente en paz con
la naturaleza en nuestras selvas, cuidando de nuestros recursos sin
hacerle daño a nadie.
Decir que “la selva es propiedad de todos los peruanos y no de un
puñado de nativos” es gritar a viva voz que se desconoce o que no nos
interesa la realidad del nativo de la selva y que no nos interesa la
conservación de la selva amazónica. Es un crimen que felizmente los
nativos, con real conocimiento de lo ocurrido en Brasil, no están
dispuestos a permitir. Saben que se juegan la vida y no van a esperar
que el agua les llegue al cuello para reaccionar.
Hay 4,000 nativos en pie de lucha en la carretera
Yurimaguas-Tarapoto, hay un llamado a la guerra si no derogan las leyes
que ha dictado este gobierno aprista. Están armados, y no sólo con
lanzas y cerbatanas. La policía no puede circular pues no lo permiten
los nativos. Este gobierno no resistiría un baño de sangre. Nunca tuvo
el apoyo popular pues siempre fue “el mal menor” ante la amenaza de
acceso al poder de parte de Humala, y es tan patético que se
enorgullece de serlo.
No son tontos ni ignorantes
Las
leyes contra la selva no pasarán. Los nativos están firmes en su
posición y de nada vale que el gobierno les achaque estupideces como
que “los nativos están contra el Tratado de Libre Comercio con Estados
Unidos” y que se oponen a la explotación petrolífera en la selva. Es
posible que grupos políticos traten de medrar de los actuales
acontecimientos, pero eso no le quita fuerza a la masa de nativos en
pie de guerra, aunque se desvirtúen en parte sus motivos.
Lo cierto, de paso, es que los pueblos peruanos están hartos de que
se extraigan riquezas de sus zonas de influencia y luego no les quede
más que pobreza y desolación. Veamos el caso de Supe, Malabrigo y
Paita, por nombrar tres ejemplos de la costa, pueblos por donde pasaron
riquezas enormes en pesca y que luego de años de explotación pesquera
sólo ha quedado miseria, prostitución y abandono total. Igual cosa ha
ocurrido en la sierra, pongo como ejemplo el pueblo de San Marcos,
vecino a Antamina, donde la empresa explotadora ha construido una
placita, una escuelita y para de contar, mientras se sacan millones en
minerales.
Eso mismo se vive en la selva, solamente que en forma más
exagerada. En Andoas o Trompeteros, por citar dos ejemplos, el
explotador tiene prohibido que sus trabajadores o contratistas visiten
siquiera el pueblo vecino, donde la pobreza llega a niveles
insoportables. O sea que ni te doy ni dejo que te den, es el colmo.
Eso, amigos, lo ven y lo viven los nativos, que no son ni tontos ni
ignorantes ni estúpidos. Saben lo que traen las inversiones que
promueve el gobierno y saben que de ellas saldrán siempre perdedores.
Esta vez, sin embargo, el gobierno ha ido demasiado lejos, felizmente
no lo van a dejar pasar.