Los zapatos de Manacho son de cartón ¿y los del periodista iraquí qué?

Millones de personas, de ambos sexos, de varias razas, de diversas edades y de distintas creencias del pensamiento social, rieron –incluso a carcajada limpia y en directo- el momento en que un periodista árabe le lanzó dos zapatazos al presidente Bush, quien velozmente los esquivó. Sin duda, de acuerdo a un análisis de Marx, esa risa –en la generalidad- puede ser considerada como una crítica a la política intervencionista, expansionista, invasionista, guerrerista, asesina y perversa del señor Bush y del imperialismo estadounidense en los asuntos internos de otras naciones y, especialmente, en Irak.

 Medios de comunicación, a unos cuantos días del suceso de los zapatazos, continúan trasmitiendo esa imagen para crear risa e incluso rechazo a la política exterior estadounidense. Eso no está mal. Sin embargo, muy pocos especialistas internacionales o políticos que adversan la política de guerra del presidente Bush se han detenido en analizar la profundidad psicológica, ideológica y hasta política que llevó o lleva en su entraña los célebres “zapatazos” del periodista árabe contra Bush, justo en un país en que se realiza, a diario, una guerra de resistencia a la invasión que se caracteriza, esencialmente, por las acciones de terrorismo individual o de grupo contra el terrorismo de Estado.

 Si los zapatos de Manacho son de cartón, como lo dice la canción, los zapatos del periodista árabe, así todo lo indica, eran de suela y cuero que de pegar, con el tacón, en la cara del presidente Bush ha podido, era una opción cierta, producir una pequeña herida o, por lo menos, una pequeña hematoma en algún lugar de su monstruosa cara de criminalidad. Bush salió ileso físicamente pero desde el punto de vista político, nadie duda, que fue derrotado aun esquivando con éxito los dos zapatazos. Algún trastorno psicológico padeció el señor Bush aunque no lo reconozca ni la psicología –como ciencia- se ocupe de analizarlo. Lo que sí es cierto es que esos zapatos valen una fortuna y son dignos de entrar en un museo donde sólo se conservan las obras de grandes artistas.

 Desde que el imperialismo estadounidense con todos sus acólitos juntos, invadieron Irak, se han producido miles de acciones políticas o de guerra de diversas expresiones de violencia, destacando las de carácter terrorista de un lado y del otro. Los grandes estudiosos de la lucha de clases y, especialmente, de la violencia social, no conocen aún un conflicto armado que se haya resuelto –favorablemente a una causa determinada- haciendo del terrorismo su forma principal de lucha política, aunque sin la aplicación de algunos actos de terrorismo de Estado, por ejemplo, la Revolución Francesa no hubiera estado en capacidad de consolidarse y defenderse de todos sus enemigos exteriores e internos. En política, hasta cierto límite, no cabe bien el dicho que dice: “De esta agua no beberé”.

 Vivimos una era de profundas crisis en diversos tópicos de la vida social por lo cual se acostumbra, con mucha frecuencia, institucionalizar en la mentalidad de la población una serie de fenómenos –efectos y no causas- como los culpables de la situación y que ciertamente no son el meollo de la cuestión, tal es el caso de achacar al terrorismo como el causante de los grandes males que padece el régimen capitalista de producción y que repercuten éstos desfavorablemente en la vida de los pueblos. Esa es la consigna que guía el espíritu guerrerista y expansionista del imperialismo, sea estadounidense o sea inglés, alemán o de otra naturaleza.

 En verdad, el terrorismo necesita un poder tal de concentración de la energía humana en un momento especial que sea acompañado de una sobrestimación de la importancia del heroísmo individual, lo cual viene siendo como una conspiración tan hermética que, según los grandes estudiosos del marxismo, excluye por completo la agitación y el trabajo de organización en el interior de las masas (pueblo). El terrorista -al hacer explotar una bomba o un explosivo que lleva insertado en su cuerpo- se marcha de este mundo creyendo que su acción liberará por siempre a su pueblo de los males de un determinado régimen económico-social. Ese es el típico terrorismo individual. El terrorismo de Estado capitalista, en cambio, cree que consolida su régimen lanzando a diestra y siniestra bombas sofisticadas, matando miles de miles de personas estén o no incursas directamente en la lucha de clases, arrasando con infraestructuras para someter por hambre y sed la población que se quiere dominar y someter a los designios del imperialismo o del invasor. Sin duda existe una diferencia muy grande aunque la noción del efecto del terrorismo sea la misma en uno que en el otro.

 En ese contexto es interesantísimo (política, ideológica y hasta psicológicamente) analizar los famosísimos zapatazos del periodista árabe a Bush. Sin duda alguna la acción de los zapatazos es genuinamente un hecho relevante de política no sólo de rechazo a la injerencia estadounidense en los asuntos internos de Irak, de oposición abierta y franca a la guerra imperialista contra el pueblo iraquí, sino también –muy especialmente- de resistencia a la agresión imperialista. Y para realizar esa acción se requiere esa dosis que lleva por dentro el terrorista individual de concentrar su energía en el momento de la rueda de prensa, aunque no le preste ninguna importancia a la sobrestimación del  heroísmo personal. Pero a diferencia de una acción terrorista, producto de hacer explotar un explosivo que produce muertes, la acción de los zapatazos no acarreó desorientación ni en los círculos dirigentes ni en las masas que hacen lucha de resistencia contra la invasión estadounidense en Irak. Si hubo algunos perturbados por los zapatazos no fueron, precisamente, ni el pueblo iraquí ni los terroristas que andan detrás de la caza de enemigos invasores, sino en el señor Bush, en los invasores, en el gobierno iraquí epígono del imperialismo y en los gendarmes “criollos” que se encargan de torturar, apresar y asesinar a sus propios hermanos para favorecer la política de Estados Unidos en contra de la sociedad –en general- de Irak.

 Sabemos, como lo dijo un notable marxista, que el Estado capitalista no reposa sobre ministros y no puede ser destruido matándole sus ministros, pero no quede duda que la perturbación creada, en los círculos gobernantes de Estados Unidos y de Irak por los zapatazos que no eran de Manacho ni de cartón sino de un periodista iraquí, han acarreado una gravedad que aún no ha sido bien analizada por los ideólogos del imperialismo. Para el presidente Obama, obligado a corregir los profundos y graves desaciertos de la política exterior de Bush, los zapatazos deben convertirse en una enseñanza de gran valor, por lo menos, psicológico.

Si la lucha política de clases dependiese siempre de acciones de terrorismo, de una bomba o de un revólver para matar a un adversario y lograr el objetivo estratégico de una lucha política, habría que preguntarse, ahora en este tiempo de globalización capitalista salvaje: ¿qué papel juegan los zapatos en la lucha política? Si es suficiente un poco de pólvora o de plomo para destruirle la cabeza a un enemigo sin importarle la organización clasista, estamos obligados a preguntarnos: ¿qué papel juegan los zapatos que van directamente lanzados a la cabeza de un mandatario que hace guerra imperialista para neocolonizar un pueblo? Si los hacedores de guerra pueden ser intimidados por el ruido de un explosivo sin tomar en cuenta para nada el partido revolucionario, tenemos necesidad de preguntarnos: ¿qué papel juegan los zapatos en una conferencia de prensa donde se felicita a los asesinos de un pueblo? Lo que sí es cierto es que si bien el terrorismo individual o personal rebaja las masas ante sí mismas, los zapatazos lanzados contra Bush las reconcilian con la fuerza de la resistencia y las orientan en la perspectiva y la esperanza de todo un pueblo que tiene la misión de derrocar al invasor para que se le respete su derecho a la autodeterminación.

Sin crítica de ninguna naturaleza a la resistencia –que es admirable por el ángulo desde que se le mire- de los iraquíes ante el invasor que disfruta y eyacula cometiendo toda clase de atrocidades y criminalidades, los zapatazos del periodista lanzados contra el genocida Bush, ha logrado calar e impactar mucho más en la opinión mundial que muchísimas de las acciones que han costado centenares de vidas humanas. Claro, a punta de zapatazos no se expulsa un invasor, pero la opinión generada en el mundo, como efecto de los zapatazos, ha causado un movimiento de simpatía sin igual por la causa del pueblo iraquí. La tortura irracional a que ha sido sometido el periodista lo que ha hecho es agrandar la solidaridad con la causa de la resistencia iraquí contra el invasor estadounidense. Por eso la política, como ciencia de la lucha de clases, no es una panacea que tiene la fórmula igual para todas las circunstancias de tiempo y lugar. Unos zapatos pueden lograr lo que mil cañones, tronando a diestra y siniestra, no conquistan con sus disparos en un momento determinado de la lucha de clases o entre una nación contra un invasor. De ahora en adelante, podría ser esto una conclusión de nuevo tiempo, cada revolucionario debe portar un par de zapatos (que no sean los de Manacho) en su morral para lanzarlo en un determinado momento –muy especial- contra el enemigo, aun cuando el imperialismo considere una inmoralidad o un acto de terrorismo individual el lanzamiento de los zapatos contra sus funcionarios.

Quien renuncie a ese género de “terrorismo”, lanzamiento de zapatos o zapatazos, como una medida de protesta más que de intimidación contra el enemigo, debería de renunciar igualmente a la lucha revolucionaria por la conquista del poder político para el proletariado. ¡Vivan los zapatos no de Manacho sino del periodista iraquí!

Sin duda alguna del Derecho el juicio a los zapatazos traspasará todos los linderos de los tiempos. Como nunca unos jueces y fiscales tendrán –siendo mirados de frente- a miles de millones de ojos para condenarlos tan pronto condenen al periodista que los lanzó a la cara de Bush. No se requieren abogados ni expertos en derecho penal para defender al periodista, sólo se necesita, para condenarlo o absolverlo, situarse al lado o en contra de una causa noble y justa: la expulsión del invasor estadounidense del suelo de Irak. Zapatero a su zapato.



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Freddy Yépez


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