La Revolución y una sola razón para que no vuleva el pasdo de ignominia a Cuba

La Revolución Cubana celebra su cincuenta aniversario, para alegría de los más y rabia y resentimiento de los menos. Durante este lapso pudiera ser interesante conocer cuántas han sido las teorías, las especulaciones, las noticias, los estudios, las conferencias, los talleres, los planes de desestabilización y de transición, etcétera, sobre el retorno de Cuba al régimen capitalista anterior al primero de Enero de 1959. No faltan quienes se han referido al desarrollo económico y otras bondades de la república neocolonial existente en aquella época, que incluyen a prelados, congresistas, políticos, disidentes, desertores, publicistas, politólogos, cubanólogos y cuanta ralea ha sido opinadora sabelotodo.

Para los que fueron contemporáneos de aquella época se trata de una desmemoria escandalosa, interesada y acentuada por los dineros y privilegios perdidos o ganados en la contienda librada entre la Revolución y la contrarrevolución. Porque si bien los desplazados del poder que se habían enriquecido fraudulentamente tuvieron que pagar su precio por los delitos cometidos, también ellos y otros tantos aventureros se enriquecieron escandalosa y aprovechadamente cobrando su precio por servir al imperio en sus campañas y planes contra Cuba. Se dedicaron a comerciar el futuro de Cuba, puesto en subasta en el libre mercado de la Roma americana y otros países aliados.

Los argumentos revolucionarios para valorar el pasado aparecen expresados en el alegato de Fidel “LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ”, pronunciado en el juicio por el Asalto al Cuartel Moncada. Considero que son suficientes para constatar cual era la situación política, económica y social real de la Cuba de entonces.

Como debo reflejar una sola razón para hacer imposible el retorno al pasado, escogeré el de la vida, ese derecho sagrado a la existencia y a partir del cual se derivan o se sustentan todos los demás: políticos, civiles, económicos, culturales y sociales.

Puedo señalar, por ejemplo, que miles de personas dependían de la zafra azucarera para el sustento económico de sus vidas y la de sus familias. Pero esa fuerza de trabajo sólo era utilizada apenas tres o cuatro meses, que era la duración de la zafra cañera. El resto del año era conocido como “tiempo muerto”, que implicaba el desempleo masivo y por tanto la penuria para gran parte de la población cubana.

Puedo añadir, por ejemplo, que no existía insulto más contundente, ni forma más real de reflejar la minusvalía o poca cosa de una persona, que espetarle que era “un muerto de hambre”. Todos sabían que se estaban refiriendo a la comparación con las personas socialmente más pobres, que era una parte significativa de la población cubana.

Pero vamos a referirnos a la vida real, como estado biológico, esa que se expresa en un nombre, en latidos cardíacos, en respiración, en funciones mentales y en relaciones sociales. Antes de la Revolución morían miles de personas por causas evitables, y que, por lo tanto, no debían ni tenían que morir. Por eso la esperanza de vida de los cubanos era de aproximadamente 60 años. Hoy, al contrario, gracias a la Revolución, es de 77 años. Pero ya sabemos que estos fenómenos son sociales fundamentalmente.

En todas las sociedades existe la práctica violenta del atentado, en sus variadas formas, a la vida humana. Pero cuando el régimen político en el poder asume esta práctica como medio de prevalecer, la situación es terrible, como son todas las experiencias grandes o pequeñas que el mundo ha conocido en épocas distintas. La tiranía de Batista, entronizada en Cuba en 1952, inauguró una etapa de siete años, que empezó encarcelando y terminó torturando y asesinando masivamente a sus opositores y a inocentes. Esta represión contra el pueblo al que le arrebataron sus derechos fundamentales mediante un golpe de estado artero y criminal, fue pábulo para la causa y la lucha revolucionaria.

La dictadura finalmente derrotada cobró u n alto precio calculado en veinte mil vidas. Pero la disyuntiva del pueblo en ese momento histórico era de libertad o muerte. Así fue posible alcanzar la libertad el primero de enero de 1959 a tan alto costo.

El sacrificio en vidas tuvo miles de escenarios a todo lo largo de la isla, las más variadas circunstancias y de métodos para efectuar los crímenes horrendos. Desaparecidos, los menos, o aparecidos muertos, los más, fueron el reflejo de la violación de las normas jurídicas y de las leyes por las autoridades del sistema político asentado a la fuerza en el poder, que fue ayudado, protegido y respaldado por los Estados Unidos, hasta después de ser derribado y se podría agregar, hasta hoy.

Un solo ejemplo puede ilustrar el grado de desprecio a la vida, la criminalidad reinante y la conciencia de la impunidad de aquellas autoridades criminales que representaban al régimen imperante.

Si hoy Ud. tuviera la oportunidad de visitar a Baracoa, la primera villa fundada por los españoles en Cuba, es decir, la Ciudad Primada, podría conocer una calle de una sola cuadra, quizás la más corta del mundo, cuyo nombre es Glicerio Blanco Lores, conocida anteriormente como callejón de la Funeraria. En su cercanía vivió el mártir cuyo nombre identifica hoy la calle.

Los sucesos ocurrieron a finales de 1958. Glicerio Blanco era un adolescente, estudiante de bachillerato. No era buscado ni perseguido por la policía por acto o actividad revolucionaria alguna. Sin embargo, una noche se presentaron personas no identificadas en su casa, le llamaron y al asomarse a la puerta fue baleado arteramente. Su madre, ya anciana, y vecinos le trasladaron con urgencia a una clínica privada, cerca del lugar, y luego de ser intervenido quirúrgicamente, al cabo de unas horas se encontraba en recuperación y fuera de peligro de muerte.

Temprano en la mañana siguiente se presentó un grupo de la policía con la orden conminatoria de proceder a su traslado al hospital civil para mantenerle bajo vigilancia o custodia.

El herido fue trasladado, a pesar de la resistencia del director de la clínica, y luego ingresado en una sala del Hospital Civil, donde se mantenía reportado como grave debido a la índole de sus heridas y la operación posterior. Al cabo de dos horas aproximadamente se presentó un piquete de soldados con la misión de sacar a la fuerza al herido. A pesar de la oposición de los médicos, le trasladaron en una camilla, previo retiro de la venoclisis, hasta un carro militar, y luego se alejaron velozmente.

Una media hora más tarde, en un sitio en las afueras de la ciudad, a unos kilómetros del hospital, procedieron al asesinato con armas de fuego de Alingo, como se le conocía al adolescente negro, deportista robusto, amistoso, que no había cometido ningún delito ni acto conspirativo contra la dictadura imperante.

Al poco rato, los vecinos de la comarca le encontraron tirado sobre las hierbas a orillas del camino, y empapado en su propia sangre. Allí donde le asesinaron con ráfagas de metralletas y disparos de pistolas, como si tiraran al blanco en un campo de entrenamiento.

Sólo después del triunfo de la revolución fue posible que la justicia condenara a los asesinos que actuaron a rostro descubierto y que gozaban de la impunidad para matar.

El resto es parte de la historia, de la memoria colectiva de un pueblo que no puede olvidar tales cosas, de un compromiso leal de que esos actos vandálicos nunca podrán repetirse, porque quienes tienen vocación para ello y serían capaces de instaurar un régimen similar, jamás podrán retrotraernos al pasado.

Así que si se quiere una sola razón para que no vuelva jamás el pasado a Cuba, esta se simboliza en Glicerio Blanco Lores –un caso repetido mil veces en otros parajes-, mi condiscípulo, un estudiante y un adolescente, que no debió morir de aquella forma bárbara en un día aciago de aquel pasado que fue derrotado para siempre gracias a la Revolución.



(1) Profesor de Mérito




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Wilkie Delgado Correa


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