Hacia la La República Bolivariana de Colombia, hoy es santanderiana

El gobierno colombiano y el descarado lenguaje diplomático imperial

“En pocos países se presenta alguien con una mano cortada a reclamar un premio estatal” (yo diría que en ninguno), sin embargo así termina su editorial El Tiempo de Bogotá del 11 de Marzo del 2008, tratando el tema del asesino del Comandante de las FARC, Iván Ríos, el traidor Rojas. Editorial que por lo demás, no tiene desperdicio en materia de complicidad delincuencial. No obstante, el Estado colombiano se presentó ante su pueblo y ante el mundo, y no solo mostró la mano de un hombre para cobrar su particular recompensa, sino que expuso todo su cuerpo inerme, lo que se constituyó en una horrorosa orgía necrofílica, y es que este estado, y mas responsablemente su gobierno, no solo tiene una compleja disyuntiva (como lo afirma dicho editorial) jurídica, moral y política, sino que cada vez se enfrenta, inevitablemente, a las contradicciones que impone la degradación humana en la que está sumergido.

“El elocuente traidor”, como es calificado Rojas, es producto de la política de recompensas que es hija a su vez, de la otra política denominada “seguridad democrática”, diseñada con el vil propósito de “generar procesos de desmoralización que culminen en traiciones”. Semejante objetivo no puede ser sino argüido por gente desconfiable, pues “es perfectamente legítimo premiar la delación para combatir organizaciones ilegales” aunque en un acto de rubor escénico, reconocen que es “políticamente incorrecto”, fomentar el asesinato (por no hablar de las mutilaciones) porque en suma “se le envía al conjunto de la sociedad un mensaje ambiguo y peligroso”. Bueno bien, es políticamente incorrecto, pero “militarmente perfecto” como no solo valoran el asesinato del otro comandante Raúl Reyes, sino este, que por tantas aclaraciones, terminan oscureciéndolo. Y el mensaje ambiguo y peligroso, es que nadie está a salvo de ser, no solo delatado y traicionado, sino asesinado y descuartizado, pues los dólares son mas poderosos que la “legitima defensa” y el “estado de necesidad”: “¡Sálvese quien pueda!”.

Ante la disyuntiva jurídica política y moral, optan por: “A Rojas habría, pues, que pagarle, pero él, a su vez, debe pagar”. Pero por supuesto, Rojas puede reembolsar parte de su ganancia al estado que lo compró para que traicionara, y de tal manera él comprar a los que traicionen al pueblo y negocien su libertad, alegando los atenuantes “Como en cualquier homicidio” o es que acoso la comercialización de la traición funciona en un solo sentido. Los delincuentes exigen que el trato sea recíproco.

Por otro lado, El espectador, el otro muñeco de este ventrílocuo, dice, refiriéndose a la cobarde masacre de veinte guerreros oníricos, donde cayó Raúl: “La operación fue impecable desde el punto de vista militar”, pero “esta muy exitosa acción, careció sin embargo, del acompañamiento diplomático necesario”. Es decir, el cobarde asesinato de hombres y mujeres en estado de indefensión (dormidos), rematados con tiros de gracia, retirando cadáveres como botín de guerra y dejando a los heridos a su suerte en medio de la selva; la diplomacia lo puede convertir en una operación sin tacha, exenta de todo pecado, en tanto que esta tiene la virtud, con su lenguaje encubridor, y su poder de negociar al mas puro estilo mercantil, de satisfacer la deshonra sufrida por un estado (en este caso el ecuatoriano), al ser violada su soberanía, pasando por encima de las vidas humanas.

Y con alardes de sangre fría, se hace presente la alevosía: “No cabe duda que el tamaño del objetivo alcanzado supera con creces los riesgos asumidos”. Se diría que riesgos controlados o controlables. Esta prepotencia revela que nada fue azaroso como en un principio se dijo: una persecución en caliente que terminó en batalla del lado ecuatoriano. Y cierran esta parte supremamente altanera con “…que haber informado previamente del operativo al gobierno del Ecuador lo habría podido frustrar…” y “…la crisis, que se podía prever, sería grave, pero manejable, no terminara en la catástrofe diplomática que ha resultado”.

Este lenguaje alambicado utilizado por la cancillería colombiana, según el padrino Uribe, es el mismo que manosea la vocería del gobierno. En otras palabras, es su maquinaria propagandista, aquellos encargados de autenticar la realidad, los que dan fe de la única verdad, los que legalizan la sociedad criminal que satura el estamento oficial colombiano: sus medios de comunicación.

Así la humanidad entera, ha tenido que acostumbrase a un lenguaje diplomático que la deshumaniza y la despoja del talante combativo en contra de lo que, por medio del verbo, les es incubado a la actitud de la gente, envileciendo a generaciones enteras, que el fondo no terminan de aceptar eso de “Asesinatos selectivos” o aquello de “Guerras preventivas”, “Daños colaterales”, “La responsabilidad de proteger y la necesidad de reconstruir” conceptos francamente descarados.

En fin, detrás de toda esta trápala diplomática, se esconde un internacionalismo inconfundiblemente norteamericano. En tal sentido la lucha contra el imperio hasta su derrota final, es el soplo vital de nuestro tiempo. Nadie escapa a ello, por una u otra razón, sea quien fuere, tenga la posición que tenga, credo o raza, sexo o edad, consciente o inconsciente. Es una cuestión de supervivencia. La especie humana depende de ello. En suma, la revolución es el oficio de la humanidad.


miltongomezburgos@yahoo.es


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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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