El discurso de Raúl en Camaguey y las perspectivas del socialismo en Cuba

No tengo la menor duda: derrumbar la Revolución Cubana desde Miami y Washington, sin borrar la isla del mapa, sin exterminar a ese pueblo, es misión imposible.

Su dirección histórica, sus cuadros políticos y militares, su militancia revolucionaria, su pueblo, han acumulado demasiado valor, demasiada dignidad, demasiada voluntad de ser independiente, de construir su propio destino.

La legitimidad de su actual liderazgo nacional es muy extensa y muy profunda, con un inmenso poder de convocatoria nacional e internacional para cualquier despliegue de heroísmo necesario.

La educación y el entrenamiento de sus fuerzas militares y del pueblo llano en la concepción (de inspiración vietnamita) de la “guerra de todo el pueblo”- expresión de la más profunda democracia en materia de defensa y seguridad nacional- hace impensable la toma militar de la isla de Cuba por ejércitos imperiales sin destruir totalmente esa sociedad y devastar su geografía.

Raúl Castro tiene toda la razón del mundo cuando hizo suyo el pasado 26 de julio en Camaguey el optimismo de Fidel en ese plano: por la vía de la fuerza los imperialistas jamás podrían deshacerse de la “pesadilla” que para ellos representa el proceso revolucionario cubano, el primero en abrir la ruta de la segunda independencia de nuestra América.

* El riesgo es otro.

El problema actual de la Revolución Cubana y de su proceso de orientación socialista es otro y tiene relación con lo dicho por Fidel en la Universidad de La Habana en aquel impactante discurso del 5 de noviembre de 2005, advirtiendo sobre lo riesgos de “reversibilidad” de ese proceso por causas internas; esto es, a consecuencia de “errores” cometidos por sus propio actores (as), entre los que destacó la corrupción.

La revolución –según el propio Fidel- no puede ser derrotada desde fuera, pero si desde adentro. Y esto, dicho desde tan alta autoridad política y moral, volvió a motivar serias inquietudes y reflexiones sobre el futuro de la revolución cubana en una fase en que su liderazgo histórico, fuente fundamental de la legitimidad y de la relación democrática entre dirigentes y pueblo, está en fase de declinación físico-biológica por razones de su avanzada edad.

La reversibilidad, la posibilidad de restauración capitalista e imposición imperialista, en procesos de de tránsito al socialismo –donde ya había sido reemplazado el liderazgo histórico y entró en crisis su modelo burocrático- ya fue confirmada por la vida en ocasión del derrumbe del denominado socialismo real euro-oriental, a final de los ´80 y principio de los ´90 del siglo pasado.

Independientemente de que no son realidades ni paralelas ni idénticas, mucho ha tardado la vanguardia del proceso cubano en examinar a fondo las causas de aquellos fracasos para sacar conclusiones consensuadas a través de procesos de discusión que involucren a todo la sociedad.

El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), realizado en octubre de 1997 –el último realizado hasta la fecha- no incluyó en su agenda tan importante tema, a pesar de las implicaciones teórico- políticas, no solo económicas, de la quiebra de los modelos y las estructuras creadas en el curso de la transición al socialismo en la URSS y en los demás países de Europa Oriental.

No incluyó ese debate ni en relación directa a esos procesos en particular, ni tampoco en cuanto al impacto negativo de ellos contra la originalidad de la Revolución Cubana.

Esto último, claro está, con su debida matización, dado que no se trataba de situaciones iguales ni procesos idénticos. Pues la Revolución Cubana, además de contar con un liderazgo legitimador de alta sensibilidad social y vocación libertaria, siempre estuvo cruzada por el choque entre su originalidad y los efectos de la copiadora pro-soviética, por el peso del dogma y la resistencia de la herejía revolucionaria, por la dinámica entre la burocratización y el peso de su creativo estilo guerrillero.

De todas maneras el modelo estatista- burocrático logró echar fuertes raíces en Cuba y por eso es posible detectar elementos estructurales comunes entre esos procesos, aunque tambien es válido subrayar que pese a eso en el caso cubano se han expresado menores grados de corrupción y privilegios, al tiempo que ha tenido lugar un mayor y más justo poder distribuidor de ingresos de su Estado junto a conquistas sociales superiores a las logradas en los países de Europa Oriental, así como más libertades en el plano artístico-cultural y mayor creatividad en muchos aspectos.

De todas maneras entonces –y ahora más aun- era pertinente entrar en ese análisis y proceder a los cambios preventivos.

Por eso, antes de ese V Congreso, algunos años después de haber participado junto a otros cinco secretarios generales de Partidos Comunistas de América Latina y el Caribe (Schafik Handal-El Salvador, Rigoberto Padilla-Honduras, Patricio Echegaray-Argentina, Humberto Vargas Carbonel-Costa Rica y quien esto escribe por el PCD de República Dominicana) en el examen de las causas del cataclismo político del “socialismo real” europeo, me atreví a escribirle una carta a Fidel trasladándole algunas de mis inquietudes en relación con el proceso cubano y su relación con lo acontecido en Europa del Este.

Ya antes, inmediatamente después de esos encuentros latino-caribeños, en una extensa reunión que sostuvimos colectivamente esos cinco secretarios generales con Fidel, Raúl, Carlos Rafael Rodríguez, Carlos Lage, Manuel Piñeiro, Carlos Aldana, Leonel Soto, Luís Suárez Salazar y otros dirigentes e intelectuales cubanos, habíamos insistido en el carácter estructural de esa crisis y en la necesidad de examinar sus causas más allá de sus efectos, así como en la necesidad de renovar e enriquecer el proceso cubano.

No voy aquí a restarle en lo más mínimo valor a la determinación fundamental de resistencia expresada entonces por Fidel y lo demás dirigentes de la Revolución Cubana.

Hay que de nuevo reconocer la hazaña que implica haber resistido y sobrevivido como revolución desde aquellos días hasta la fecha, hasta empalmar incluso con la nueva oleada de cambios que tienen lugar hoy en nuestra América y muy especialmente con el nuevo proceso hacia la revolución que se escenifica en Venezuela, donde se insiste en el tránsito hacia un nuevo socialismo a tono con las experiencias y los cambios registrados al iniciarse este siglo XXI.

Pero hay que decir tambien –y ahora con más presión y razón que antes- que el peligro de la reversibilidad del proceso sigue pendiente y podría tornarse más agudo y complejo en caso de permitirse que todo siga mas o menos igual hasta que se consumen los efectos deslegitimadores de la pérdida del liderazgo histórico y/o hasta esperar que la crisis estructural en desarrollo logre afectar sensiblemente las posibilidades de auto-superación y renovación socialista.

* Rebrotan las inquietudes.



Es esto lo que explica que dentro de la calma y estabilidad del proceso –hecho significativo aun después del relativo relevo de Fidel por Raúl- estén presente al interior de la revolución, en sus cuadros sus dirigentes y en sus intelectuales orgánicos, tantas inquietudes, reflexiones e ideas transformadoras.

El bloqueo de EEUU ciertamente- como dice Raúl- hace infinitos daños: afecta sensiblemente el transporte, la alimentación y la salud del pueblo. Pero no ha tenido, ni tendrá, capacidad para acabar con la revolución.

Ni siquiera logró hacerlo cuando a él se sumaron los devastadores efectos económicos del colapso de la URSS y los países del Este europeo, pese a representar la eliminación vertiginosa de más del 80% del comercio exterior de Cuba.

El periodo especial no concluye todavía, pero se va superando progresivamente.

El peligro es otro y sobre el se viene reflexionando ahora con más atención e intensidad: es interno, es un problema estructural. Es el conjunto de males crónicos que genera el modelo de tránsito al socialismo todavía vigente en Cuba, fuertemente –aunque no totalmente- influido en determinadas vertientes por la modalidad que predominó en la URSS y los países del llamado socialismo real.

El ajuste de cuenta no se ha hecho ni respecto a lo que pasó por allá, ni tampoco en cuanto a los factores transplantado desde esos modelos fracasados a la Cuba revolucionaria. Esto a pesar de que el tema ha ido profundamente debatido en América Latina, el Caribe y el mundo, y pese que existen numerosos volúmenes dando cuenta de las causas profundas del colapso de esos modelos estatistas-burocráticos.



* Los límites de los cambios en el periodo especial.



A raíz y después de la desintegración de la URSS y del “campo socialista” europeo, la dirección de la revolución cubana se centró en dar una respuesta que garantizara la sobre vivencia económica y militar del proceso, sin introducirle cambios estructurales al modelo vigente.

En ese orden el modelo hegemónico coexistió con una apertura dirigida a captar divisas, con reformas parciales, facilidades a la inversión extranjeras, cambios en métodos de planificación y administración, reapertura de los mercados campesinos y del “cuenta- propismo”… que si bien apuntaron en dirección a cambios necesarios, no tenían posibilidades de superar el modelo.

Esas reformas, al no estar enmarcados dentro de un definido modelo alternativo al estatismo dominante, ha dado lugar a una “economía dual” (la parte estatal-planificada burocráticamente convive con la parte de las sociedades anónimas con mercado), lo que a su vez provoca serias distorsiones y desequilibrios sociales; todo esto en el contexto de un sistema político rígido y de una institucionalidad altamente burocratizada (fusión partido-estado-organizaciones sociales, anquilosamiento parcial de los órganos de poder popular, dogmatización creciente en detrimento del marxismo creador).

Esto hace recurrente- en un proceso que conserva capacidad de denuncia, formas de expresión de las inconformidades y fuertes nostalgias respecto a su originalidad inicial, así como determinados líderes y cuadros no dogmatizados- las reacciones críticas y autocríticas frente a los males acumulados y la admisión de serios problemas inexplicablemente no superados.

Fidel en el referido discurso de la Universidad de La Habana habló con amargura y dramatismo de la corrupción.

Raúl en el discurso de Camaguey reitera esa denuncia, admite la absoluta insuficiencia del salario que reciben los (as) trabajadores (as) y los fenómenos de corrupción e indisciplina laboral que esto genera; habla con crudeza de la ineficiencia y la irresponsabilidad de funcionarios y dirigentes, describe la dependencia alimentaria y el consiguiente crecimiento de las importaciones en renglones que pueden producirse en Cuba, y critica acremente las grandes deficiencias productivas de la economía de ese hermano país.

* De nuevo: respuestas insuficientes.



Sin embargo, las recetas ofrecidas –ya escuchada muchas veces a lo largo de las últimas décadas- aunque tienen valor en sí mismas, se limitan a plantear la necesidad de más trabajo organizado, más exigencia, más rigor, más orden y más disciplina en todo lo relativo a la producción y a los servicios.

Insistió en la eficacia, la responsabilidad, la sensibilidad y la valentía política para superar éstos y otros problemas, lo que sin dejar de tener valor, no va al meollo del asunto.

Exhortó al “sentido crítico y creador, sin esquematismo ni anquilosamiento” y planteó la necesidad de “cambios estructurales y conceptos”, pero sin definir su contenido y su alcance.

Citó a Fidel en aquello de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, pero sin precisar lo que hay que cambiar ni señalar el cómo hacerlo.

Es claro que los problemas son tan evidentes y golpeantes como para señalarlos sin rodeos y es claro tambien que tales palabras muestran un grado significativo de honesta preocupación y de conciencia de la necesidad de no dilatar los cambios.

Vale mucho dentro de todo esto su llamado a pensar, a reflexionar, a debatir… Y

eso ciertamente ya comienza a hacerse sentir en ciertas áreas de la sociedad cubana.

Vale más aun su afirmación de que no está presente en las fuerzas fundamentales de la revolución y de la sociedad cubana la actitud de renuncia a construir el socialismo.

Y esa determinación lo lleva, al momento de pensar en un nuevo régimen para la inversión extranjera, a insistir en la preservación del papel del Estado y de la propiedad socialista y a exaltar la extraordinaria fuerza potencial del poder popular.

* Interrogantes incómodas.



Pero todo esto a su vez nos incita a formular y a responder ciertas interrogantes incómodas.

¿Son la corrupción, la ineficiencia, el salario precario, la indisciplina, la dependencia alimentaría, la baja producción y productividad, el crecimiento de las importaciones de alimentos….efectos o causas de una determinada crisis?

¿Qué se entiende por cambios estructurales y cambios de conceptos?

¿Qué eficacia puede tener dentro del actual contexto cubano el llamado al rigor, al orden, a la disciplina, al control, a la responsabilidad y a la eficiencia?

¿Cuál papel del Estado es el que hay que preservar?

¿Qué se entiende por propiedad socialista?

¿Cómo desplegar la extraordinaria fuerza del poder popular?

¿A cuál socialismo no se renuncia?

* Causas y efectos.



La corrupción, la ineficiencia, la perdurabilidad de salarios cada vez más precarios, la búsqueda de ingresos extras por otras vías, la indisciplina, la baja producción y productividad, la limitada producción de alimentos y la necesidad de grandes importaciones, la burocratización de los procesos productivos, de una parte de los servicios públicos y del funcionamiento institucional, son efectos y no causas estructurales de la crisis de un determinado modo de producción, distribución y gestión económica y política.

Esas causas hay que buscarla en la estatización en gran escala de la propiedad de los medios de producción, distribución y recursos nacionales, sin cogestión ni autogestión empresarial y social, en el predominio de la propiedad estatal centralmente y antidemocráticamente administrada sobre la propiedad social…

En el proceso de burocratización de la gestión pública y el desarrollo de los privilegios burocráticos, en la dogmatización ideológica funcional a ese sistema, en la progresiva y creciente fusión del partido de vanguardia con el Estado y de ambos con las organizaciones sociales y los órganos de poder popular, en la superposición de funciones políticas, estatales y sociales…

En la atrofia de las funciones de la sociedad civil, en la separación de los productores de la propiedad y el control de los medios de producción-distribución, y la continuidad de la explotación del trabajo asalariado, con la diferencia respecto al capitalismo clásico de que el poder sobre el excedente lo tienen los funcionarios públicos y no la burguesía privada.

Es la típica crisis de estructuras y modelos de transición que algunos tratadistas han denominado “socialismo de Estado” (aunque de socialismo no tenga mucho) y otros “estatismo burocrático”.

La propiedad socialista es la propiedad colectiva de los(as) trabajadores(as) controlada por la sociedad.

Es la cooperativa socialista.

Es la empresa agraria o urbana de carácter asociativo.

Es la propiedad pública autogestionada y/o cogestionada por los (as) trabajadores (as).

Es equivalente a la propiedad colectiva en todas sus modalidades, es la propiedad de los medios socialmente apropiada y controlada.

El tránsito al socialismo está llamado a avanzar hacia el predominio de la propiedad social en sus diversas formas, sobre la propiedad capitalista; a socializar la economía y los órganos de poder en dirección a abolir el Estado.

Hablar de nuevos cambios estructurales de orientación socialista en una sociedad como la cubana, donde se expropiaron a favor del Estado una gran parte de los medios de producción, distribución y de las riquezas naturales, equivale a convertir progresivamente en social la propiedad estatal (vía empresas cooperativas, asociativas, colectivas, autogestionadas y cogestionadas…).

Equivale a reducir el peso del Estado a favor de la sociedad, a separar las funciones y roles del partido, del Estado y de las organizaciones sociales en pro de la mayor democratización, del control social de las instituciones públicas, de la democracia participativa y la democracia directa.

Equivale, sin debilitar las funciones de la defensa nacional frente a la agresión imperial

–y potenciado a un más la participación popular en esa defensa- a trazar las pautas y normas que conduzcan a la reducción paulatina del poder coercitivo interno del Estado y que favorezcan las perspectivas de sus extinción.

Equivale a pensar el tránsito al socialismo, que esta lejos de ser el socialismo mismo, como un proceso continental y mundial; comprobada la imposibilidad histórica de construir el socialismo en un solo país o un grupo X de países.

Es así, solo así, como podrá desplegarse la extraordinaria fuerza del poder popular, potenciado a su vez el proyecto histórico del no poder, de la sociedad plenamente libre.

* Qué negar y qué afirmar.



De ahí la importancia del preguntarnos:

¿A qué herencia renunciamos?

¿A cuál transición denominada impropiamente socialismo?

¿A la modalidad estatista que se llamó socialista en el siglo XX y que realmente fracasó por la falta de socialismo en el camino hacia él?

¿A cuál socialismo renunciamos? ¿A cuál nos aferramos?

¿Al llamado “socialismo de Estado”?

¿O a aquel que rescate los valores del socialismo científico y de sus fundadores para enriquecerlos sin cesar en función de las experiencias vividas y los cambios acaecidos?

¿Al estatismo reformado en el sentido capitalista, abierto a la transnacionalización y coexistente con el gran capital privado, bautizado como “socialismo de mercado”? ¿A la vía China o pro-China actual?

Esos son los dilemas de la Cuba actual, descartada categóricamente por perversa y destructiva la vía Washington.-Miami; o sea, la brusca imposición de la contrarrevolución capitalista-imperialista, equivalente a la anexión de la isla.

Pienso que hay que renunciar progresivamente, con mucha determinación, pero tambien con mucha prudencia y talento, al estatismo heredado de los desvíos y deformaciones de las revoluciones pro-socialistas del siglo XX.

Pienso que hay que hacerlo y no precisamente para convertir lo estatal en privado, ni para hacer coexistir lo estatal con una gran inyección de capitalismo privado transnacional y nacional, sino para socializarlo progresivamente por la vía de la autogestión, la cogestión, la cooperativización y la colectivización de la propiedad pública.

Pienso que hay que hacerlo sin recurrir a la colectivización forzada de la pequeña y mediana propiedad existente, más bien facilitando su incursión en ciertas áreas donde impera absurdamente la propiedad estatal e induciéndola a formas cooperativas y empresas asociativas autogestionadas; facilitando su usufructo para iniciativas particulares productivas y de servicios sujetas a regulaciones y estímulos asociativos.

* Vía inversa en la misma dirección.



Esta sería una vía inversa, pero en la misma dirección, a la que necesita el resto de nuestra América para transitar al socialismo que, entre otras cosas, en eso casos equivale a la conversión de la gran propiedad privada dominante en propiedad social.

Este sería el camino de la socialización progresiva de lo público-estatal y de todos los factores de poder.

La socialización progresiva equivale no solo a socialización de la propiedad y de la economía, equivale tambien a un tránsito integral (incluida su transformación en una economía de equivalencias y no de mercado), a una transformación multi-direccional que entraña socializar y democratizar procesualmente el sistema político, las instituciones, las relaciones hombre-mujer y jóvenes-adultos, la vida familiar, los vínculos interculturales, la relación Estado-sociedad, los vínculos seres humanos y medio ambiente. Todo esto repito, en dirección a la extinción o desaparición del Estado.

Cuba tiene mucho terreno ganado en diferentes direcciones de las mencionadas. Pero ciertamente necesita definir tanto la esencia de los cambios que exige la crisis estructural del modelo vigente, como las características de su opción de reemplazo y las nuevas tareas de la revolución cultural conducente a completar todas las liberaciones.

No creo –y lo digo con un cierto sobresalto en el corazón- que la tentación en favor de la denominada “vía China”, amén de las enormes diferencias (incluidas las relaciones históricas con EU), conduzca a la socialización, sino a un híbrido de estatismo y capitalismo privado donde el capitalismo tendría todas las de ganar; acompañado además de un sistema político bastante rígido.

La heroica resistencia de la revolución cubana, su grandiosa hazaña de sobrevivir al derrumbe de la URSS, le ha brindado la promisoria oportunidad de empalmar con la ola de cambios que tiene lugar en nuestra América; el histórico “chance” de encontrarse con el inédito proceso venezolano que, pese a todos sus límites y herencias negativas, ha actualizado la posibilidad de nuevas revoluciones en el continente y en el mundo, y ha puesto a la orden del día el debate sobre al renovación del socialismo, sobre un socialismo diferente al denominado socialismo real del siglo XX.

En verdad es una oportunidad de oro para ajustar cuenta con todo lo que hay que cambiar sin tener que adoptar rutas pro-capitalistas. Una gran ocasión para recuperar y reincorporar los valores más positivos de la propuesta socialista original, para recrear el proyecto de transición, para actuar a favor de un proyecto socialista de largo aliento y de valiosas cualidades, para incorporar a Cuba y situarla a la vanguardia de la renovación revolucionaria y del proyecto socialista a tono con los requisitos del siglo XXI, para pensar e impulsar el tránsito al socialismo en términos continentales y mundiales.

* El Costo de la herejía.



Se que estas ideas son muy controversiales. Lo han sido en Cuba desde hace tiempo, aunque a mi entender nunca como ahora. Como tambien nunca antes este debate había tenido tanta pertinencia y tanta urgencia.

Ha vivido y sufrido reacciones cargadas de intolerancia respecto a planteamientos parecidos o del mismo corte conceptual, los cuales he venido haciendo desde hace bastante tiempo, no solo respecto al proceso cubano sino sobre toda esta problemática.

En cuanto a las relaciones con el Partido Comunista de Cuba, con su Área o Departamento América, con su Sección de Relaciones Internacionales –sobre todo después de la muerte del inolvidable compañero y amigo Manuel Piñeiro (Comandante Barbarroja)- esto me ha costado no pocos sinsabores, tensiones, disgustos y exclusiones.

No han faltado quienes desde la pequeñez de su alma han llegado hasta a la descalificación de quienes así pensamos, aunque nunca he sentido que tales reacciones hayan estado avaladas por los(as) dirigentes históricos de ese proceso, con quienes siempre he tenido una relación de respecto, solidaridad y cariño.

A veces esas instancias cargadas de mucha intolerancia respecto a la inevitable diversidad revolucionaria y de absurdas lealtades respecto a ciertos dogmas, me han criticado el hecho de plantear en determinados eventos de las izquierdas, y públicamente, estas ideas; siempre con mucha altura, y siempre como componente obligado de un debate abierto no por voluntad propia, sino por el peso de los acontecimientos y el impacto inevitable de las más variadas opiniones.

Siempre lo he hecho desde una irrenunciable postura de defensa y solidaridad sin límites hacia esa revolución pionera de la alborada continental; a la cual, por demás, le debo en parte mi compromiso revolucionario inicial y a la cual me ligan sentimientos muy profundos y preciados.

Por ella- lo he dicho y lo he demostrado- estoy dispuesto a hacer todos los sacrificios humanamente posibles; salvo uno: renunciar al esfuerzo de contribuir a rearmar la utopía a que siempre he aspirado, renunciar a ideas que podrían ayudar a recuperar, enriquecer y renovar el sueño emancipador que nos motiva a combatir y a reemplazar al capitalismo, renunciar a ser más socialista y más revolucionario, renunciar a revitalizar el ideal socialista que tanto ha maltratado y estropeado la burocracia y el dogma. ¡A eso no!

Estoy sí siempre dispuesto a renunciar a las malas herencias, pero no a la búsqueda de la verdad y la bondad dentro del proceso liberador de la humanidad, a es no, de ninguna manera.

Estoy incondicionalmente presto a sacrificar cualquier comodidad mental o material para enfrentar a los enemigos de cualesquiera de las variantes revolucionarias y socialistas, pero jamás aceptaré renegar de la herencia crítica, de la vocación hereje de seres tan admirados por mí como Marx, Engels, Lénin, Trosky, Gramsci, Mariátegui, Rosa Luxemburgo, Ernesto Guevara, Camilo Torres, Carlos Fonseca Amador, Monseñor Romero, Schafik Handal, Orlando Martínez, Kiva Maidanik…

¡A ESO NO! ¡NUNCA JAMÁS!

Reclamar respeto a esta actitud irrenunciable para mí, no es en mi opinión nada exagerado.

Pero de todo modo es válido en este aspecto, sobretodo en mi caso, precisar más aun mi actitud frente a toda intolerancia: allá aquellos(as) que insistan en la misión imposible de taponar por vía administrativa un debate vital o de intentar marginar opiniones contestatarias de estructuras y conceptos en crisis.

Ciertamente esos(as) camaradas no motivan en mí la menor animadversión, simplemente lástima y vergüenza ajena.


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Narciso Isa Conde


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