Mancuso, ¿quién le dio la orden?

 Desde las profundidades del territorio colombiano, una sombra maligna emergió, una maquinaria implacable que implantó el terror: ¡El paramilitarismo! un monstruo que surgió de las tinieblas flamígeras de Mix, que todavía devora la esperanza y la tranquilidad en los campos colombianos. Sus garras siguen despedazando la inocencia de los campesinos, dejando a su paso violaciones y mutilaciones, marcas indelebles en el alma de una nación herida. El señor Salvatore Mancuso, no actuó solo, ni de manera autónoma. Tuvo a todo el poder colombiano como aliado (expresidentes, políticos, militares, banqueros, industriales, multinacionales y medios de comunicación; estos últimos les limpiaban las manos impregnadas de sangre a los supuestos guardianes de la democracia criolla) ¡sí!, esos mismos que en plena oscuridad de la noche, arrojaban a sus víctimas a los criaderos de caimanes, en donde el miedo y la muerte danzaban en un macabro ritual. Cientos de campesinos eran acusados de ser auxiliadores de la guerrilla y como hojas al viento, eran arrojados a los hornos crematorios, y estos a su vez se taponaban con la grasa de aquellos cuerpos inocentes, consumidos por las llamas de una injusticia que devoró sus sueños y su existencia.

Las mujeres, guardianas de la vida y líderes sociales, eran violentadas y violentados en cuerpo; sus dignidades pisoteadas por la brutalidad de quienes solo conocen el lenguaje de la barbarie. La política en Colombia aún está infestada por la corrupción y el hedor de los cadáveres insepultos. Todavía está presa de la cooptación de los agentes de la motosierra, en el Congreso de la República, mancillando la dignidad de un pueblo, que debería guiar a la verdad, justicia, reparación y no repetición. Las masacres paramilitares pintaron de rojo los campos colombianos, sembrando luto y desolación en cada rincón del país. El desplazamiento forzado se convierte aún en el amargo pan de cada día para miles de familias campesinas, obligadas a abandonar sus hogares en busca de un refugio, lejos del alcance del terror. Así, entre llantos ahogados en los silencios de las víctimas, Colombia enfrenta las cicatrices abiertas por el paramilitarismo. Una herida que clama por sanar en el abrazo solidario de una sociedad que anhela la paz.

En los anales oscuros de la historia colombiana, Mancuso se erigió como un alquimista perverso, un maestro en el arte de tejer la barbarie, contemplar la muerte y sembrar el terror. Hoy, las víctimas del paramilitarismo yacen sumidas en un boquete de injusticia, donde el olvido y la impunidad se ciernen como sombras interminables. Mancuso, quien fuera uno de los diestros de las motosierras, convertidas en instrumentos de horror, cercenando vidas entre pies y cabezas de humildes campesinos que solo anhelaban labrar la tierra. Las hijas de ellos fueron ultrajadas y empaladas en una danza macabra de crueldad que estremeció el alma.

En los serpentarios del Magdalena Medio, un infierno terrenal cobró vida. Niños cándidos, tildados injustamente como colaboradores de la insurgencia, fueron arrojados a una muerte lenta y atroz provocada por el veneno de las serpientes. Sus llantos se perdieron en el silencio agónico de un destino marcado por la vileza y el desamparo. Así, entre la penumbra de la memoria y los susurros de aquellos que claman por justicia, las cicatrices del paramilitarismo marcarán para siempre las cicatrices imborrables en la historia colombiana, exigiendo ser sanadas con la luz de la verdad y el abrazo solidario de una sociedad que alza su voz contra la barbarie.

¿Cómo fue posible que esta horda de terror se alzara en nombre de la democracia en Colombia, causando el miedo y la desolación a su paso? Aún hoy esta patria está desgarrada, marcada por las heridas profundas causadas por aquellos que traicionaron su deber de proteger y servir al pueblo. ¡Señor Mancuso!

¿Quién le dio la orden para cortar el jardín de la vida, para marchitar la esperanza y sembrar espinas en lugar flores? Las manos manchadas con sangre inocente claman por justicia, por el peso de la verdad que debe caer sobre aquellos que orquestaron esta sinfonía de horror desde las altas esferas del poder.

En el eco eterno, la memoria colombiana resuena lamentos... aquellos que fueron arrebatados por la violencia desatada en nombre intereses mezquinos. Que la luz de la verdad disipe sombras, engaños y silencios. Es un clamor de las víctimas, que encuentran un eco en cada rincón del país, para que nunca más se repita esta oscura página de la historia del país del Sagrado Corazón de Jesús.



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Jhon Jairo Salinas

Dirigente Social, Promotor de Derechos Humanos, Activista del Movimiento Social por la Paz en Colombia, Poeta y Escritor.

 jjsalinas69@gmail.com

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