Agonía política en Argentina

A pocos días de la elección presidencial, encuestadores en tropel aseguran la victoria de un paracaidista sin partido ni apoyo formal en el gran capital. Ubican en segundo lugar, a 10 puntos de distancia, al actual ministro de Economía, integrante del trípode gubernamental completado por el Presidente Alberto Fernández y su vice Cristina Fernández. En tercer lugar, en esas encuestas ostensiblemente amañadas, aparece la candidata del Frente por el Cambio (FxC).

Después de haber convertido en héroe una figura payasesca con inequívocos rasgos de enfermedad mental, de vestirlo como “libertario” pese a su estridente definición liberticida, el periodismo comercial lo denuesta con nerviosos signos de temor. El recorrido circular de esta irracionalidad fue veloz y contundente: la conducta de Javier Milei, signada por violentas declaraciones en defensa del capitalismo y el liberalismo le valieron el apoyo de un sector juvenil. Para congraciarse con ese sector esquivo y por estrictas razones crematísticas, la industria mediática impuso a la sociedad una abrumadora presencia del bufón roquero en televisión, radios y prensa escrita. Diligentes analistas y comentaristas políticos lo entrevistaron ad nauseam, como contrapeso a la insoportable chatura de una campaña electoral iniciada dos años antes de los comicios e intensificada hasta el paroxismo en lo que va de 2023.

Al compás de la aceleración de la crisis económica y la degradación política, el partido oficialista decidió aprovechar el papel desviacionista que podía jugar el falso rebelde travestido como “libertario” (insultante calificación debida al periodismo comercial) y así el Partido Justicialista (PJ) optó por poner su aparato a su servicio. Así se llegó a las Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) del 13 de agosto. Las Paso son un invento inconstitucional al que recurrió Alberto Fernández cuando era puntal de Néstor Kirchner, quien había sido ignominiosamente aplastado en las legislativas de 2009. Se impuso así una elección en la que todos deben votar obligadamente y lo hacen en cualquier partido que se presente, estén afiliados o no. Aparte el absurdo institucional, este recurso tramposo extiende las campañas electorales al punto de que jamás el país está ajeno a la vil disputa de quienes Martín Fierro llamaría “vagos y malentretenidos”; candidatos profundamente incultos que convierten el discurso político en repetición insoportable de frases dictadas por “consultores” no menos ignorantes. Al ciudadano le restan dos posibilidades: someterse a un ejercicio cotidiano de cretinismo intelectual o apartarse del accionar político.

El caso es que en las Paso obtuvo más votos el bufón del Mercado, quien no competía con nadie. No obstante, contra toda lógica y buen criterio, la prensa en su totalidad le puso el galardón de “ganador de las Paso”.

En ese punto, la mayoría de los miembros de la Asociación Empresaria Argentina (AEA, representación del gran capital), pareció tomar conciencia de peligroso rumbo que tomaba la farsa institucional. Y los más connotados analistas y comentaristas giraron en redondo.

Probablemente sea tarde. Una elevada proporción de la ciudadanía, principalmente en la juventud, parece aceptar la propuesta de Voltaire en su célebre Cándido: “¡¡Adelante!! Si no encontramos nada bueno, al menos encontraremos algo nuevo”.

Más por desesperación que por candidez, una franja de la sociedad argentina revela en estos días una conducta semejante: “salgamos de aquí; donde quiera que lleguemos será mejor”.

En este punto ha colocado al país el peronismo, tras ocho décadas de conciliación de clases en defensa del capitalismo. La voz de mando hacia una transición socialista no se hace oír. Su lugar lo ocupa una nueva versión de la socialdemocracia, empeñada en hallar un rinconcito en la bodega del barco que se hunde. De modo que en términos electorales las perspectivas recaen sobre Patricia Bullrich e incluso Sergio Massa, quien espera alcanzar un segundo puesto apoyado en los gobernadores del interior.

 

Perspectivas

Así las cosas, el 22 de octubre el país dará un paso más en su decadencia. Es dudoso que la unanimidad mediática anunciando el triunfo de la ignota y mal llamada La Libertad Avanza (LLA) se verifique en las urnas. No obstante, imposible prever la conducta de una clase obrera desperdigada, sin organizaciones propias de ningún tipo, sumada a una clase media en vertiginosa caída, unos y otros sumidos en la decepción y el miedo. Es el caldo de cultivo para el fascismo. Sin embargo, ni aun para eso tiene vigor la sociedad argentina. Por eso, incluso en ese marco de dificultad para prever el futuro inmediato, puede ocurrir que haya una segunda vuelta entre LLA y Juntos por el Cambio (JxC). Sería como elegir entre dos calamidades con peinado diferente. Pero en tal hipótesis no es imposible que quienes en 2015 votaron a Daniel Scioli contra Mauricio Macri y en 2019, también contra Macri, escogieron a Alberto Fernández, descubran que “el mal menor” es Patricia Bullrich y voten por JxC, es decir, por Macri.

Como sea, la verdadera incógnita es qué ocurrirá con el elenco kirchnerista gobernante -hoy en total descomposición- entre el 23 de octubre y el 10 de diciembre, fecha de la asunción del nuevo gobierno. Es menos incierto lo que ocurrirá desde ese día en adelante. El cataclismo económico bullente bajo los pies se transformará, inevitablemente y sea quien sea Presidente, en explosión de la catástrofe social hoy postergada por la complicidad sin fisuras del sindicalismo y los aparatos planeros. No es indiferente que a ese punto se arribe con el mandato cumplido del actual gobierno o con la renuncia anticipada del ministro de Economía, a la vez candidato peronista que podría salir tercero, dando lugar al colapso de los Fernández (Alberto y Cristina), no por casualidad hoy desaparecidos del escenario político.

Manos atadas

Para alcanzar la chance de entrar al balotaje, JxC apeló a dos recursos extremos: la entrega por adelantado del ministerio de Economía a la Fundación Mediterránea y el anuncio de que el jefe de gabinete sería Horacio Rodríguez Larreta. Ambas medidas afectan la cohesión y continuidad de la coalición, tanto más en el caso de acceder al gobierno.

Todo esto, sin dar un solo paso en la definición pública de medidas concretas a aplicar desde el 10 de diciembre, excepto generalidades obvias. El preanunciado ministro de Economía define su propuesta como “capitalista, occidental, federal, progresista”. LLA propone dolarizar y en sus actos públicos exhibe como estrategia una motosierra. El grado de rechazo a la situación actual y a las figuras políticas que la representan es de tal magnitud, que todo desenlace es posible.

En la hipótesis de victoria, Bullrich estaría inhabilitada para actuar sin provocar una fractura de su propio elenco, al margen del conflicto social que implica avanzar en el ajuste de una economía desquiciada, con 50% de pobreza, un desbarajuste sin precedentes de precios relativos, inflación del 200% para 2023 (12,7% en septiembre), una brecha inmanejable entre el dólar oficial ($365) y el paralelo ($1010), con el siempre latente riesgo de caer en hiperinflación y el estallido social, al que entonces sí contribuirían los sindicatos y aparatos planeros. Por el contrario, si el bufón liberal accediera a la Casa Rosada, la ingobernabilidad sobrevendría de inmediato, tanto más grave en la medida en que tendría lugar tras la derrota de los partidos y coaliciones tradicionales del gran capital.

Difícil suponer que la burguesía y sus mandantes extranjeros permitan esta deriva, catastrófica también para ellos. Por eso sus portavoces han virado 180º desde hace dos meses, para atacar a LLA y apoyar a JxC. Presumiblemente, los que mandan harán algo más que hablar.

Recomposición de fuerzas

En las últimas semanas proliferaron denuncias sobre casos de corrupción más escandalosos que lo habituales. Las demostraciones de riqueza y desparpajo en el robo de dinero público obran como multiplicadores del rechazo ciudadano no sólo al gobierno, sino a todo el espectro político. Los casos involucran a funcionarios kirchneristas y aumentan la ya demasiado pesada carga de Cristina Fernández, condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua por casos probados de corrupción. Pero también envuelven a partidos de oposición, renuentes incluso en plena campaña a sumarse a la condena por los hechos revelados. Además, quedó expuesto ante la población el involucramiento de jueces y fiscales, corrompidos con el dinero saqueado a las arcas públicas y por el narcotráfico. Hamlet alertaba que “Algo huele a podrido en Dinamarca”. Argentina está anestesiada por un hedor que todo lo invade en el sistema institucional y político.

Es improbable que ese agravamiento del malestar colectivo derive en crecimiento del voto a candidatos de izquierda. Ellos no cuentan siquiera con el respaldo entusiasta del frente desagregado al que representan. Tampoco hay una propuesta de voto programático que pudiera obrar como factor de acumulación para una inexorable etapa ulterior de agravamiento de la crisis y movilización social.

Se puede esperar que, como en las Paso, haya una elevada proporción de ausentismo, voto en blanco y anulado. Desde esa endeble base habrá que partir para recuperar el pensamiento científico de la revolución social y recomponer las fuerzas dispuestas a emprender la tarea histórica de construir una nueva Argentina.

 

Irracionalidad, guerra y sus causas

La irrupción de Hamas en Israel, en la madrugada del 7 de septiembre, conmovió al mundo y cambió para siempre el futuro de ese país y toda la región. Un militar de inequívoca filiación, Hehud Barak, ex primer ministro y héroe de guerra, declaró que esta operación es “la mayor derrota de la historia” israelí.

La brutalidad criminal de Hamas ajena a todas las leyes de la guerra dio lugar a un alud de denuncias, justificadas, pero llevadas a extremos para negar toda responsabilidad de Israel en la opresión y represión del pueblo palestino. Se trata de una formidable operación de prensa de alcance mundial, destinada además a ocultar la masacre -pasado y en curso- perpetrada por el ejército israelí en Gaza (al cierre de esta nota se informa del bombardeo del Hospital Ahli Arab en la ciudad de Gaza, con un saldo de alrededor de 500 muertos).

En Argentina hay una muy numerosa comunidad judía. Caracterizada durante muchos años por sus posiciones progresistas e incluso revolucionarias, en el último período se ha visto dominada por un anacrónico retorno al sionismo. La política de este movimiento para ganar espacio en los medios ha tenido un éxito sobresaliente, sobre todo con la recuperación de muchos periodistas antes comprometidos con la verdad y la transformación social, hoy convertidos en meros propagandistas del Mossad (Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales), que además reclutó numerosos profesionales jóvenes los ubicó en los principales medios y los utiliza como títeres para repetir su propaganda.

De esta manera, los asesinatos del primer día de operaciones de Hamas han desatado un maremoto sionista que desconoce por completo el origen del problema en Palestina y prepara la justificación de una masacre de tal magnitud en Gaza que ha provocado movimientos de última hora de la Casa Blanca y las cancillerías europeas para limitarla.

En Argentina, los tres principales candidatos presidenciales se han sumado de manera indiscriminada a esta operación ultrarreaccionaria timoneada desde Tel Aviv. Si faltaba algo para enrevesar y tergiversar el cuadro político nacional la tragedia de la guerra en Israel -que tiende a extenderse a todo el Medio Oriente e incluso abre la perspectiva ominosa de una deriva nuclear- ha venido para confundir y desviar aún más a las juventudes, los trabajadores y el conjunto del pueblo de sus verdaderas necesidades y objetivos.

La guerra no deriva de la brutalidad de Hamas, sino a la inversa, es la brutalidad constante del sistema capitalista -que necesita a Israel como portaviones estadounidense en Medio Oriente- la que engendra la irracionalidad en su máxima expresión que es el empleo de métodos terroristas para imponerse frente a la opresión. Las personas aplastadas por el alud mediático que utiliza el término “terrorista” para descalificar la causa palestina, deberían saber que los fundadores del Estado de Israel eran denostados precisamente con ese epíteto por parte de Gran Bretaña.

La tradición marxista condenó desde siempre el terrorismo. No tiene por qué buscar contrapesos para defender los derechos históricos del pueblo palestino. Tampoco hay por qué responder la afirmación de propagandistas de la embajada israelí en Argentina, que han llegado a decir que ser antisionista es ser antisemita. No sólo el pensamiento revolucionario socialista, sino incluso el humanismo burgués, es por definición antisionista.

Ese concepto absurdo de la propaganda israelí lo asume una cantidad alarmante de periodistas relevantes en los medios de comunicación. Con la misma certeza de impunidad que actuaron los corruptos que hoy son desenmascarados, actúan los propagandistas del guerrerismo israelí. Esa impunidad se acabará, lo cual también vale para la sociedad argentina toda: si no logra crear una fuerza política comprometida con la clase trabajadora y el conjunto del pueblo, si no logra cambiar el oportunismo electoralista por una estrategia de emancipación nacional y social, si no puede detener la manipulación escandalosa de los medios  de prensa comercial, si no es capaz de frenar el saqueo, que lejos de limitarse a la corrupción dominante a todo nivel social está en la base del sistema económico (dicho entre paréntesis: en este año de cataclismo económico, el gobierno ha pagado 8 mil millones de dólares de intereses por su deuda), si una nueva y poderosa fuerza política de carácter masivo, democrático y anticapitalista no se impone a la degradación que todo lo abarca hoy en Argentina, la irracionalidad también se manifestará en formas violentas. Condenar crímenes de guerra y terrorismo sin condenar las causas que lo provocan es un gesto vacío, al cabo cómplice de lo mismo que se denuncia.

El naufragio del capitalismo argentino y sus instituciones está a la vista. La próxima elección presidencial lo ratificará.



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

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