¿Trágicos datos electorales o cambios estructurales en Turquía y Grecia?

El próximo domingo 28 de mayo tendrá lugar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Turquía para cerrar un ciclo electoral iniciado el 14 de mayo también con elecciones parlamentarias, en el que se han colado, también, las elecciones parlamentarias en Grecia. Examinar sus resultados nos permitirá conocer cómo se construyeron las verdaderas alternativas electorales en Turquía y Grecia. También podremos indagar en las consecuencias de las políticas de una Unión Europea que añora un tiempo y una imagen de su papel en el mundo que ya no existe. Y, sobre todo, debería hacernos reflexionar para poder construir otras alternativas de futuro. Pero antes de llegar a esas conclusiones, deberemos examinar algunos datos de las dos citas electorales y analizar algunas tendencias de fondo.

Sorpresas en las urnas

Vayamos con los datos electorales. En primer lugar, en Turquía, los resultados electorales del 14 de mayo sorprendieron por más que durante los últimos días se hubiera estrechado la ventaja de la alianza opositora liderada por Kemal Kılıçdaroğlu en las encuestas de «las elecciones más importantes del año», según The Economist. Pese a las miles de quejas electorales de la oposición, los resultados fueron claros. Hubo mayoría absoluta en el Parlamento y el propio Tayyip Erdogan venció por cuatro puntos y medio, situándose a apenas medio punto de ganar la ronda presidencial. Con una elevada participación, sólo los millones de votantes del candidato ultranacionalista Sinan Oğan podían ser el caladero de votantes para la oposición. Pero podía romper la frágil suma de intereses en torno a su alianza presidencial con kemalistas socialdemócratas, nacionalistas de centro derecha e islamistas liberales, apoyada desde fuera por las izquierdas kurda y turca. Aunque habrá que comprobar el domingo si los partidos y electorado que le apoyaron le siguen en su decisión, ayer Oğan respaldó a Erdogan. Este apoyo, sumado a las declaraciones de Kılıçdaroğlu abrazando los discursos y políticas más extremistas sobre las personas refugiadas sirias en el país, una política que en el pasado ha ampliado los resultados de la ultraderecha en otros países, no le auguran muchas opciones para la cita del domingo.

En segundo lugar, los resultados del 21 de mayo en Grecia también sorprendieron. Se esperaba una victoria del conservador partido de Nueva Democracia, pero no tan abultada frente a Syriza, que cayó 11 puntos (casi un tercio de su electorado en 2019 cuando se dejó apenas 145.000 votos sobre su victoria de 2015) y de otros partidos a su izquierda. Con una participación de apenas el 56%, fueron precisamente estos partidos de izquierda quienes sufrieron el desgaste de la última legislatura frente a los 145 escaños (a 6 de la mayoría absoluta) del partido gobernante de Kyrios Mitsotakis y del crecimiento del Pasok. Todo pese al gravísimo accidente de tren que dejó 57 muertos, incendios forestales, una trama de espionaje, el control de los medios de comunicación y las altas tasas de mortalidad de la COVID-19. Mientras las declaraciones de ayer parecían abocar a una nueva repetición electoral hacia el próximo 25 de junio, en que Nueva Democracia podría beneficiarse de la vuelta al sistema electoral mayoritario en lugar del proporcional, los debates se centraron en los buenos datos macroeconómicos de Grecia y la caída de Syriza.

Más allá del día de las votaciones

Pero, ¿sólo estos datos explican los resultados electorales? En el caso de Turquía, ¿cabe hablar sólo de las las quejas electorales en Turquía en un «sistema competitivo», como ignición la misión de observación electoral de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE)? ¿O quizá es mejor centrarse en la expulsión de observadores electorales y en la parte del informe de la citada organización que habla de una «ventaja injustificada» de Recep Tayyip Erdogan y su partido? En ese sentido, la OSCE señala la cobertura sesgada en medios de comunicación, no ya durante la campaña electoral sino durante años, como escribió Topper.

Un uso del espectro público y privado de medios que no sólo ha alabado al AKP sino que no ha dudado en usar bulos contra la oposición durante la campaña. Pero también porque, según la OSCE, la competencia de las elecciones se vio limitada por «la criminalización de algunas fuerzas políticas, incluida la detención de varios políticos de la oposición, impidió el pleno pluralismo político y obstaculiza el derecho de las personas a presentarse a las elecciones». Todo ello en referencia al proceso de ilegalización de la coalición de partidos pro-kurdos del HDP y la inhabilitación en primera instancia del alcalde de Estambul, Ekrem İmamoğlu (CHP). Pero también, al proceso iniciado desde el fallido golpe de Estado contra Recepp Tayipp Erdogan en 2016 «cuando la oposición se enfrentó a una competición electoral desigual frente a una élite dirigente que ha diluido los mecanismos constitucionales que salvaguardaban el equilibrio de poderes, ha erosionado el imperio de la ley, ha limitado notablemente el ejercicio de los derechos y libertades fundamentales, ha dispuesto de los recursos estatales para desarrollar redes clientelares y ha reprimido las voces críticas tanto en el ámbito mediático como en el político», según Carmen Rodríguez.

Desde sus inicios como demócrata-conservador, Erdogan no ha cesado de transformar un país, que desde el golpe de estado de 1980 usó la síntesis turco-islámica como estrategia central del Ejército para acabar con las derivas de izquierdas en el país. El resultado no ha sido plenamente islámico o ha sido más una nueva síntesis conservadora-nacionalista en el Parlamento. Como señala Andrés Mourenza cuentan ahora con representación parlamentaria hasta cinco partidos de ultraderecha, que han reclamado la ilegalización de asociaciones LGTBI, el recorte de derechos de las mujeres, mayor persecución a personas refugiadas e incluso algunos, con un turbio pasado de acciones violentas. El resultado es que «en los últimos años, los grupos de extrema derecha han comenzado a ganar poder e influencia a medida que se normalizaba su discurso y que a Erdogan no le bastaba únicamente con el apoyo de su partido para gobernar, dado su progresivo declive», según Mourenza.

¿Y qué podemos decir en el caso de Grecia? Vayan por delante las obvias diferencias entre ambos países vecinos mediterráneos, pero sí hay que empezar a analizar las condiciones de un país duramente golpeado por la crisis financiera, del euro y su corrupción local desde finales de la primera década del siglo XXI. Todo el mundo recuerda como para hacer frente a los recortes económicos de la troika, el país tuvo que realizar salvajes recortes que sufrió toda su población. También las posteriores huelgas generales, las manifestaciones y el alza de Syriza como grito por otra economía diferente en toda Europa. Y como, una vez en el Gobierno, en posición de inferioridad el gobierno de Tsipras decidió seguir las reglas comunitarias de recortes, las mismas por las que Jean Claude Juncker pidió perdón a Grecia al acabar su mandato como presidente de la Comisión Europea en 2019.

El resultado de sus cuatro años de Gobierno situó al país en las mejores condiciones para cumplir las recetas comunitarias, incluido el acuerdo con Macedonia del Norte, pero incumpliendo las promesas ante su electorado. Volvió a ganar Nueva Democracia, que aceleró las reformas laborales con la posibilidad de trabajar hasta 10 horas diarias, pero también aprovechó las nuevas políticas económicas expansivas fomentadas por la Comisión Europea tras la covid-19. Justo lo que se había negado en la época de Syriza. Según MeRA25, el partido fundado por Yannis Varoufakis tras su ruptura con Tsipras por no romper con las obligaciones económicas de la UE durante la crisis económica, Grecia ha sufrido una «erdoganización o urbanización» en la que Nueva Democracia ha creado hegemonía social con una «combinación de ultra-nacionalismo, conservadurismo social, agenda pro-Business y grandes dosis de autoritarismo».

Otra política para frenar un autoritarismo creciente fuera y dentro de Europa

Con estos mimbres, podemos deshacernos del mito de las resiliencias tanto de Erdogan si miramos su invento de toma de los Estados, como acaba de intentar el presidente ecuatoriano Guillermo Lasso y las revoluciones culturales anti derechos de los partidos que basados en el autoritarismo están cambiando los sistemas democráticos desde dentro, como reseña Marta Peirano. Aunque en diferentes grados, el autoritarismo está creciendo en todo el mundo, incluido dentro de la UE como señalaba la propia autora, con recortes generalizados al derecho a la protesta, a los derechos humanos más básicos y contra la ampliación de derechos para las diversidades que pueblan toda Europa. La internacional reaccionaria comparte la misma mirada ultra-reaccionaria, contra los derechos de las mujeres, las personas LGTBI y las personas de otros orígenes nacionales. También el control de medios de comunicación y redes sociales para difundir propaganda. Y, pese a las diferencias, abandera un futuro de privilegios pasados, sea para unas pocas élites, sectores o países; sea en defensa de un caduco sistema económico neoliberal. Pero choca con una diversidad que también se extiende por el Mediterráneo, empezando por la pluralidad nacional, religiosa, entre campo y ciudad que puebla un país como Turquía y que no va a desaparecer, como explicaba el sociólogo Cihan Tugal tras los resultados del 14 de mayo. O por las diferencias sociales en una Grecia que no quieren borrar las políticas económicas de Nueva Democracia.

En este 2023 de policrisis, con la amenaza de la emergencia climática, son urgentes y necesarias las reflexiones críticas dentro de la UE de sus anteriores políticas económicas, políticas, exteriores, de vecindad y en general para la región euro mediterránea. En este sentido, destaca el papel de barrera migratoria, que tanto el gobierno de Erdogan como el de Mitsotakis han cumplido en los últimos años para la UE, lo que les ha permitido reforzarse internamente cumpliendo su papel de control de fronteras y asentando la normalidad de la violación cotidiana de derechos humanos en las fronteras.

También es necesario que la UE deje de añorar otros tiempos que ya pasaron. Una posición que hasta ahora le ha servido para imaginar políticas similares a las que la UE desplegó en los años 90 o, peor aún, para encasillarse en posiciones más reaccionarias frente a los cambios fuera de sus fronteras, aún a costa de erosionar derechos habiendo aún más las compuertas a las tendencias autoritarias en mundo plagado de interrelaciones. Una perspectiva que, como escribía Pablo Bustinduy en estas páginas, sospecha de un mundo «cada vez más alejado de sí y más antagonista» y con una ausencia de «visión general del mundo por venir, y de un proyecto que ofrezca las suficientes certidumbres como para poder ser compartido». En este 2023, las políticas europeas deberían estar más centradas en defender y compartir derechos con otras personas, pueblos y países. Deberían desplegarse sin dobles raseros, miradas interesadas, extractivismo económico o sesgos coloniales, especialmente en su vecindad mediterránea y también oriental. Deberían diseñarse pensando en el largo plazo y, sobre todo, en un mundo que necesita más reglas y derechos, más multilateralismo y menos competiciones de poder. Si no, no serán los datos electorales sino las tendencias autoritarias las que seguirán creciendo fuera y también dentro de Europa.

 

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*Analista internacional y coordinador regional para el Mashreq de Novact



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