La democracia de la globalización

El nuevo sistema político parta gobernar a las masas se construyó desde el primer momento como un instrumento formal al servicio del capitalismo. Aparcó aquello del personalismo monárquico, que venía dominando el panorama, se dedicó a arrinconarlo, pero sin destruirlo, por si podía llegar a ser útil y para no desconectar con el pasado; el hecho es que aquella medida provisional al objeto de no romper con la tradición, se ha ido prolongando en algunos países, hasta el presente. La llamada democracia capitalista no renuncio a la presencia política de las monarquías —aunque cortara algunas cabezas en los momentos de la irracionalidad revolucionaria—, pensadas para ilusionar al auditorio, revivir la solemnidad, justificar las diferencias, cultivar el boato y alentar un sistema de poder alejado de lo común. Todavía hoy, sigue teniendo cierto significado como aparato de utilidad política, sin pasar de ser solamente una referencia histórica acoplada a algunas constituciones para darla cierto valor; lo que ha permitido seguir cultivando el elitismo y dar mayor relevancia al principio de autoridad en manos de las minorías, frente al sentir de lo común. Lo que realmente ha venido interesando al capitalismo de la democracia moderna es su condición de producto ilusionante para la muchedumbre, la posibilidad de llenar vacíos de poder y otorgar mayor solera a los Estados, así como la facilidad de manejo a conveniencia de sus intereses. Al margen de la pervivencia de tal institución obsoleta, el hecho es que la mal llamada democracia, en cierta forma continuista, construida desde sus comienzos sobre la partitocracia, sumisa del capital, no ha sido nada más que un formalismo político legitimado por el voto popular, utilizado para engañar al pueblo dándole ciertos aires de gobernante, mientras el capitalismo obtenía excelentes resultados, ya que lograba la estabilidad social, con vistas al mercado, al tratar de hacer creer al pueblo que aportaba unas oligarquías algo más razonables que en el pasado.

Con tantos adornos de los que se sirve, hablar de democracia real, a menudo ha parecido una utopía más, si se piensa en lo que debiera ser. Se ha mostrado como la panacea porque, aunque el elitismo es incompatible con el sentido de pueblo, se ha visto que las masas son incapaces de gobernarse por ellas mismas y casi siempre tuercen la cerviz y acuden a una elite a la que entregan ciegamente su poder colectivo para que aquella luego obre a voluntad. Por si se escapaba de control en las urnas, los partidos vinieron a decir quienes estaban capacitados para conducir los destinos de las gentes, y estas se lo creyeron, ya que han venido careciendo de entendimiento político, entregando a los profesionales de la verborrea la dirección política de sus respectivos países. A menudo se trataba de simples caciques del lugar, la vieja nobleza venida a menos, los profesionales y los nuevos capitalistas que aspiraban a aumentar su patrimonio, en definitiva nadie que viniera a representar los intereses del pueblo más allá de lo que convenía a los propios. Sin embargo, en el panorama político pululaban libremente las ideologías, que, situadas a ambos extremos del espectro político, trataban de dar algo de sentido a toda aquella palabrería de quienes querían pasar por políticos. Podía hablarse de derechas e izquierdas; unas, defendiendo los intereses de los ricos, para que fueran mas ricos y, otras, los ilusiones de los pobres, para querían llegar a ser ricos El resultado era que el pensamiento estaba vivo y la democracia representativa podía llegar a aspirar a ser, en ocasiones, algo que se aproximaba a la democracia real, siempre que la burguesía no impusiera, en interés de su orden, la oligarquía del capital. La garantía, aunque fuera más formal que real, reposaba en el Derecho positivo y en la solemnidad que acompaña a las leyes, cuando son razonables, tratando con ello de poner límites a discrecionalidad de otras épocas, para entregarse a una nueva discrecionalidad.

Lo que se ha llegado a considerar un avance significativo de la democracia, vino con los efectos políticos del proceso de la llamada globalización. A diferencia de otras épocas, en la que apenas cuajaba, herida por los personalismos, en los nuevos tiempos, la democracia se exhibe como un rótulo de progreso y bien-vivir de las gentes de los países que la asumen. Hasta tal punto ha arraigado tal creencia que se la rinde culto, todos quieren presumir de democracia, porque aquellos etiquetados como no democráticos quedan automáticamente excluidos del concierto internacional. Ha pasado a ser casi un lema, que se repite a la menor ocasión como una letanía entre los llamados países avanzados o ricos, lo que anima a montar democracias entre los pobres para poder alternar a nivel mundial, ya que así lo aconseja el proceso de globalización. De manera que lo que empezó como un asunto económico, buscado por las empresas capitalistas para vender mejor, liberándose de las trabas del Estado-nación, quedaron resueltas, arrollando a estos últimos y alimentando una nueva forma de entender la política. Podría decirse que con la globalización, en el aspecto político, se ha impuesto la democracia a nivel mundial o, al menos, se camina en esa dirección.

Dejando a un lado la propaganda política y la publicidad comercial del sistema, que trata de convencer al público desde la verdad oficial, hay una cuestión de base a considerar, es decir, si hoy, inmersos en la globalización, esa democracia de partidos que detentan la representación de la ciudadanía, puede continuar llamándose, cuanto menos, democracia del voto y en un mundo animado por el progreso es posible decir que la democracia ha mejorado caminando por la senda debida, con la pretensión de llegar a ser democracia directa. Rascando un poco en la apariencia con la que se envuelve el sistema, la situación no parece favorecer su avance, entendido este como su caminar hacia la racionalidad. En tiempos pasados, notables, burgueses, aristócratas, ideólogos y personal diverso controlaba la tendencia del voto a su manera, a base de favores, sobornos, comilonas, palabrería o promesas, pero no lo hacía de manera radical ni usando los sofisticados medios actuales. En esta fase de la globalización, en la que campean a sus anchas por el mercado mundial las megaempresas, iluminadas por la inteligencia de los representantes del gran capital real, no puede decirse que haya pluralidad, sino una línea ideológica única, servida como doctrina del capitalismo, a la que no es posible oponerse, porque los intereses económicos dominan el mundo. Habría que añadir que la globalización exige el desmantelamiento político del Estado-nación, para pasar a ser un instrumento administrativo más al servicio de la burocracia internacional, lo que supone despedirse de la posibilidad del gobiernos de todos sus ciudadanos, puesto que no es posible caer en la utopía de la universalidad.

Todo gira en interés del mercado, y las gentes solo viven por y para el mercado. El ídolo del dinero, sinónimo de poder, no deja espacio para otras razones, y la doctrina capitalista es el credo dominante a todos los niveles. Dicho esto, tan evidente, poco más se podría añadir. La democracia de la globalización no puede ser otra que la democracia del gran capital, es decir, el que dispone del control absoluto de las finanzas, y este no son varios, sino alguien que opera como uno. Desde su centro de poder dicta cómo se ha de gobernar el mundo, eso sí, desde la democracia por él controlada. Sin embargo, este hecho totalitario aparece hábilmente disfrazado, pasando a suministrar la ideología de la falacia, Tal es así que la democracia solo es un nombre que suena bien a los oídos de la muchedumbre, porque se le ha asignado la representación del progreso político. Con eso basta, y no se hace obligado reflexionar si realmente se trata de un progreso hacia atrás. Este nombre, vacío de contenido, desde el inicio de la época moderna, ahora ya no opera, como en sus comienzos, desde el principio oligárquico, sino desde esa dirección única. La superelite del poder es la inteligencia rectora de la democracia, pensada para dar estabilidad al mercado y rendir culto al capital en sus manos. El principio del mundo global ha facilitado el declinar de las viejas oligarquías locales porque, aunque subsisten, han quedado atadas al dictamen de esa dirección única. Mientras, las masas siguen eligiendo forzosamente a sus respectivos oligarcas devaluados, y estos siguen la dirección marcada por la dirección del sistema.

La etiqueta democrática responde a un escenario en el que las masas votantes, dada su condición de protagonistas del mercado, parecen dirigir el gobierno de los países, cuando en realidad están siendo manipuladas desde los modernos aparatos de influencia, como las redes sociales con sus robots o la simple propaganda computacional, al final solamente votan en la dirección en que han sido dirigidas por estos instrumentos y la alta tecnología, debidamente utilizada por quien dispone en mayor cantidad de la moneda oficial. La acción de gobierno de quienes cuentan con del carnet de políticos, dada su insignificancia en el plano global, no pueden ir por libre, porque, primero, deben ser patrocinados por el mandante superior, seguir fielmente su doctrina y darle cuentas. En el método de comunicación política, aunque persiste el mitin y la propaganda de gran difusión, han adquirido relevancia los mensajes de las redes sociales, que llegan directamente al personal. También ha mudado la estrategia ideológica, ya que el dinero, que en otras épocas fue claro conductor de la democracia de pega, ahora se esconde tras el instrumental de influencia e incluso se le minusvalora, alimentando a la masa de vulnerables o desfavorecidos de la fortuna con panfletos institucionales que dicen pretender acabar con la pobreza y las desigualdades. Pura demagogia, hipocresía barata, basada en el prometer electoral y no dar en el terreno real, asistida con pequeños remiendos a situaciones provocadas por quien dice querer acabar con la pobreza, utilizando instrumentos diversos como las crisis periódicas de trasfondo económico. Tales manejos solo se los puede permitir aquel que se sitúa en lo alto de la pirámide escalonada, porque es consciente de que nadie ascenderá hasta él para apearle del poder.

A la vista está, que con la globalización aparece una nueva etiqueta de democracia dirigida desde arriba, simple humo para ocultar la realidad de fondo, distante del pueblo y más fiscalizada que su precedente, que se muestra en línea con el proceso totalitario del gran capital que domina el mundo y controla a sus gentes desde el mercado y la política. El nuevo modelo de gobierno viene a sustituir a las dictaduras democráticas tradicionales, en las que el grupo dictador parecía identificado, ahora el dictado que se impone emana desde la sombra, ejercido por la superelite del poder, cuyo objetivo, amparada en el efecto mercado, es totalizar a las masas para que pasen a ser fieles corderillos de sus manejos, mientras el capital sigue creciendo, y con ello su poder.



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Antonio Lorca Siero

Escritor y ensayista. Jurista de profesión. Doctor en Derecho y Licenciado en Filosofía. Articulista crítico sobre temas políticos, económicos y sociales. Autor de más de una veintena de libros, entre los que pueden citarse: Aspectos de la crisis del Estado de Derecho (1994), Las Cortes Constituyentes y la Constitución de 1869 (1995), El capitalismo como ideología (2016) o El totalitarismo capitalista (2019).

 anmalosi@hotmail.es

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